Durante diecisiete años, Woo-jin ha vivido sin salir casi nunca de su propiedad, cumpliendo cada enseñanza y promesa que le dejó su padre antes de fallecer: cuida los huertos, prepara remedios con hierbas de la zona, mantiene las defensas y nunca revela que puede transformarse. Cree que el mundo sigue igual hasta que empieza a ver humo en el horizonte, encuentra animales muertos con marcas extrañas y descubre visitantes que no deberían estar ahí. Al abrir por fin la zona sellada del sótano, lee los informes completos: el virus de la Niebla Gris se extendió hace meses, la corporación Hanbiotech busca apoderarse de su investigación y él lleva todo este tiempo completamente aislado sin saberlo. Ahora deberá poner a prueba todo lo que aprendió, usar su secreto por primera vez y proteger su hogar con sus propias manos.
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Capítulo 21: Los que susurran entre las rocas
El viento del Paso del Viento Cortante golpeaba sus cuerpos con la fuerza de mil puños invisibles, cargado de partículas de hielo afiladas como agujas que les cortaban la piel expuesta y les nublaban la vista cada pocos segundos. Era un lugar terrible, un cañón de roca negra y vertical de más de tres kilómetros de largo, encajonado entre dos paredes que se perdían en las nubes grises, donde el aire nunca se detenía y donde el ruido del torbellino era tan fuerte que había que gritar para que la persona al lado pudiera oír una sola palabra. Allí estaban Woo-jin y Ji-won, apoyados el uno en el otro, jadeando con los pulmones ardiendo por el esfuerzo y el frío, mientras la pequeña memoria de metal que Joon-ho les había escondido en la chaqueta quemaba contra el pecho de Woo-jin como un trozo de carbón encendido.
A sus espaldas, mucho más abajo, seguían viendo las llamas rojas y negras que devoraban la orilla de los lagos altos, el último rastro de la familia que acababa de dar la vida por ellos. Woo-jin tenía los ojos secos y ardiendo, sin lágrimas que le quedaran por llorar; sentía un vacío helado en el estómago, una voz interior que le susurraba una y otra vez que todo era su culpa, que cada persona buena que se le acercaba terminaba muerta solo por haber estado cerca de él. Miró sus manos, que ya no temblaban de frío sino de rabia y cansancio, y pensó en todos los nombres que ahora cargaba sobre su espalda: Min-joon, la señora Han, Dong-min, Soo-jin, Dae-jung, Soo-ah, Tae-oh, la abuela Seo, Hae-won, Joon-ho. Eran ya demasiados. Demasiadas vidas apagadas para que la suya siguiera encendida.
Ji-won, que caminaba a su lado apoyándose en un bastón de madera que había arrancado de un árbol muerto, notó su desánimo y le apretó el hombro con fuerza, aunque su propio rostro estaba pálido y cubierto de un sudor frío que no era solo por el frío. Desde la explosión en la mina, la herida vieja que tenía en el costado se había vuelto a abrir, y una infección silenciosa le recorría el cuerpo poco a poco, minando sus fuerzas cada hora que pasaba. Pero se lo ocultaba a Woo-jin con todas sus fuerzas: sabía que el muchacho ya llevaba demasiado peso encima como para añadirle también la certeza de que su único compañero vivo estaba condenado a morir pronto.
—No te detengas ahora —le gritó por encima del aullido del viento, señalando hacia adelante con el bastón—. Joon-ho dijo que este paso es el único lugar donde sus sensores no funcionan. Si logramos cruzarlo enteros, ganaremos al menos medio día más. Y más adelante… más adelante está el Refugio del Águila Blanca. Tu padre hablaba de él. Era el lugar más seguro de toda la cordillera.
Woo-jin asintió sin decir palabra, ajustó el arco sobre su espalda y empezó a caminar delante, eligiendo cada paso con sumo cuidado sobre las piedras lisas y resbaladizas cubiertas de escarcha. El dispositivo de Tae-oh que llevaban consigo ya no servía de nada: la electricidad estática que flotaba en el aire del Paso lo había dejado muerto, como si la misma montaña quisiera protegerlos de cualquier mirada ajena. Pero esa misma protección era también su peor enemigo: no podían ver más de tres metros delante, no podían oír nada que no fuera el viento, y cualquier descuido podía hacerlos caer al vacío de cientos de metros que se abría a sus lados.
Llevaban ya una hora avanzando con dificultad cuando Woo-jin se detuvo de golpe, alzando la mano para que Ji-won se quedara quieto. Había notado algo, algo que su instinto, afinado por años de vida en soledad, captó antes que su razón: entre el rugido del torbellino, había sonidos más suaves, más finos, como susurros de voces humanas que llamaban su nombre por entre las rocas. No eran los Engañosos, que imitaban a las personas que amabas; eran susurros sin rostro, que se mezclaban con el viento hasta que no podías distinguir dónde terminaba el aire y dónde empezaba la amenaza.
De repente, tres figuras delgadas y oscuras cayeron desde lo alto de la pared derecha como sombras desprendidas de la roca misma, moviéndose con una agilidad imposible, casi flotando aprovechando las corrientes de aire. Eran altos, casi esqueléticos, con la piel grisácea y pegada a los huesos, los brazos demasiado largos terminados en garras finas, largas y afiladas como hojas de navaja, y la cara sin ojos ni nariz definidos, solo una abertura por donde salía ese susurro hipnótico que te hacía dudar de todo lo que veías.
—¡Son los Susurradores del Viento! —gritó una voz femenina desde una grieta alta en la roca izquierda, justo antes de que una de esas criaturas lanzara sus garras hacia el cuello de Woo-jin. Él alcanzó a lanzarse hacia atrás un segundo antes, sintiendo cómo el aire cortante le rozaba la piel y le desgarraba un trozo de la túnica—. ¡Cúbranse los oídos lo más que puedan! Su voz te nubla la mente hasta que te quedas quieto, y entonces te despedazan sin que te des cuenta.
Desde las grietas y repisas ocultas salieron tres personas que habían estado observándolos: una mujer fuerte de unos treinta y cinco años con el cabello corto y una cuerda de escalador siempre atada a la cintura, un hombre con unas gafas rotas y unos auriculares grandes sobre la cabeza, y una niña pequeña de no más de siete años, envuelta en un abrigo demasiado grande para ella, que los miraba con unos ojos grandes y tristes que parecían haber visto demasiado dolor para su corta edad.
La mujer, que se llamaba Yoon Mi-rae, había sido guía oficial de alta montaña del parque nacional durante más de diez años, conocía cada grieta, cada corriente de aire y cada piedra suelta de ese Paso como si fueran parte de su propia casa. El hombre, Kim Chul-min, era técnico en comunicaciones y había logrado armar un receptor de radio con piezas de vehículos destrozados, capaz de captar las frecuencias secretas de Hanbiotech incluso en medio de la tormenta eléctrica del lugar. La niña, Ye-eun, era hija de dos guardabosques que habían muerto defendiendo a los demás cuando la niebla llegó a las alturas, y tenía un don extraño que nadie sabía explicar: podía sentir la presencia de cualquier ser transformado, incluso a kilómetros de distancia, antes de que nadie más viera ni oyera nada.
—Llevamos aquí encerrados casi un mes —les explicó Mi-rae mientras los cuatro luchaban espalda con espalda, rechazando a los Susurradores que caían una y otra vez desde todas las alturas—. Estos seres aparecieron hace semanas, cuando la Niebla Gris tocó las cumbres más altas. No son fuertes como los Escudos, ni rápidos como los Corredores, pero son invisibles en este viento, no hacen ruido al moverse y pueden esperar colgados de la roca durante días sin comer ni moverse, hasta que alguien baja la guardia.
Woo-jin, viendo que la pelea no terminaba y que cada vez bajaban más criaturas de las sombras superiores, tomó una decisión rápida: se apartó un momento a un hueco protegido del viento, se aseguró de que nadie lo viera y dejó que su cuerpo hiciera el cambio hacia su apariencia femenina. Allí, en esas repisas de apenas unos centímetros de ancho, donde el más mínimo error significaba la muerte, su menor peso, su mayor agilidad y su capacidad de moverse con una fluidez que su cuerpo masculino no tenía, eran su única ventaja. Salió de su escondite, trepó por la pared vertical como si llevara años haciéndolo, ayudándose solo de las puntas de los dedos y de las pequeñas hendiduras de la roca, y llegó hasta la cornisa superior donde se agrupaban la mayoría de los Susurradores antes de lanzarse al ataque. Allí, usando la mezcla de fuego que Dae-jung le había enseñado a preparar, encendió tres antorchas pequeñas que ardían con una llama dorada imposible de apagar con el viento, y las lanzó contra los grupos amontonados. El fuego fue su única salvación: esas criaturas odiaban la luz más que nada en el mundo, y al tocarla sus cuerpos se consumían con una rapidez aterradora, soltando un grito agudo que se mezclaba con el aullido del Paso.
Mientras tanto, Chul-min había logrado conectar su radio de nuevo y escuchó algo que le heló la sangre en las venas. Se acercó a Ji-won gritando por encima del ruido, con el rostro desencajado por el terror:
—¡Escuché sus órdenes! ¡El Escuadrón Negro no viene solo! Traen el Protocolo Limpieza Total: en menos de doce horas van a rociar toda esta zona de la cordillera con una versión concentrada del virus, mucho más fuerte y rápida que la Niebla Gris. Quieren matar TODO lo que esté vivo en estas montañas, mutaciones, sobrevivientes, todo… solo para asegurarse de que nadie pueda ocultar a Woo-jin de ellos. ¡Si no salimos de este Paso antes del mediodía de mañana, moriremos todos sin remedio!
La noticia cayó sobre ellos como una losa de piedra fría. Ya no tenían horas: tenían minutos para cruzar lo que quedaba del cañón, antes de que el enemigo cerrara todas las salidas. Pero los Susurradores seguían llegando, cientos de ellos ahora, como si toda la montaña estuviera despertando para devorarlos. Chul-min miró hacia un lado, donde un gran saliente de roca suelta se sostenía apenas por unas pocas raíces viejas, y tomó una decisión de la que no volvería.
—Mi-rae, tú llévalos por el túnel lateral que empieza diez metros más adelante —les gritó mientras cargaba tres de las antorchas de fuego puro y se ataba una cuerda gruesa a la cintura—. Yo me quedo aquí. Voy a hacer caer esa cornisa. Bloquearé el Paso entero para que ninguna de esas cosas pueda seguirles, y también retrasaré al Escuadrón Negro por lo menos seis horas.
—¡No puedes hacerlo solo! —le gritó Mi-rae con los ojos llenos de lágrimas, intentando agarrarlo del brazo—. ¡Morirás aplastado!
—Alguien tiene que pagar el precio para que los demás lleguen —respondió él con una sonrisa triste, mirando por última vez a la pequeña Ye-eun, que le hacía señas para que volviera—. Cuídala por mí. Era como la hija que nunca tuve.
No les dio tiempo a decir nada más. Corrió hacia la pared opuesta, encendió las antorchas contra la base de la roca inestable y empezó a golpear los puntos débiles con un pico que llevaba consigo. En menos de un minuto, toda la ladera empezó a temblar y a desmoronarse con un estruendo que cubrió incluso el rugido del viento. Woo-jin, Ji-won, Mi-rae y Ye-eun corrieron hacia el túnel lateral justo antes de que toneladas de piedra y tierra cayeran sobre el Paso, cerrándolo para siempre y enterrando bajo ellas a Chul-min y a cientos de Susurradores que no alcanzaron a escapar.
El túnel era estrecho, húmedo y oscuro, pero al menos allí el viento no los golpeaba y podían respirar con algo más de calma. Caminaron durante una hora por debajo de la montaña, guiados solo por una pequeña luz que Mi-rae llevaba consigo, hasta que volvieron a salir al exterior en un punto más alto y seguro, desde donde podían ver todo el valle extendido a sus pies. Pero su descanso duró muy poco. Ye-eun, que había estado callada y seria todo el tiempo, agarró de repente la mano de Woo-jin con mucha fuerza y susurró con una voz temblorosa:
—Hay más. Muchos más. Vienen por el túnel de atrás. Se metieron por una grieta antes de que se cerrara todo.
No habían terminado de hablar cuando una docena de Susurradores salieron de las sombras de las rocas que los rodeaban, más rápidos y furiosos que nunca, enfurecidos por la pérdida de los suyos. Mi-rae se interpuso de inmediato entre ellos y la niña, blandiendo su piolet de escalada como si fuera una espada, luchando con una fuerza desesperada que nacía del amor por aquella pequeña a la que había prometido proteger con su vida. Logró derribar a tres de ellos, pero uno que venía por detrás de una grieta alta le clavó sus garras en toda la espalda de un solo tajo, atravesándole incluso el hueso. Woo-jin corrió hacia ella y la alcanzó a medias cuando caía de rodillas, con la sangre tiñendo rápidamente su ropa de un rojo oscuro.
—Llevenla a salvo —les susurró Mi-rae con la voz rota, sacando de debajo de su abrigo un pequeño mapa tallado con muchísimo cuidado sobre un trozo de hueso de ciervo, y se lo puso en la mano a Woo-jin—. Ahí está la ruta exacta al Refugio del Águila Blanca. Solo su padre y yo la sabíamos. No dejen que muera aquí dentro. No dejen que todo lo que hemos hecho sea en vano.
Y con esas palabras, cerró los ojos para siempre, con una sonrisa tranquila en el rostro, sabiendo que había cumplido su promesa hasta el último aliento.
Woo-jin guardó el mapa junto a todos los demás tesoros que cargaba, tomó a Ye-eun de la mano y empezó a correr de nuevo, con Ji-won detrás de ellos, cada vez más débil y pálido, forzando su cuerpo a seguir moviéndose por pura fuerza de voluntad. Corrieron durante media hora por senderos estrechos y peligrosos, hasta que llegaron a una pequeña plataforma de roca plana, protegida por altos muros de piedra, donde por fin parecían estar a salvo. Woo-jin se agachó para descansar un momento y miró a la niña, que seguía callada, con su pequeño muñeco de trapo hecho con un trozo de la bandera del parque nacional apretado contra el pecho. Ella le sonrió con una dulzura que le partió el corazón, y le dijo bajito:
—Gracias por no dejarnos solos. Mi mamá decía que algún día vendría alguien bueno que nos ayudaría a todos.
Woo-jin sintió que se le rompía el alma en mil pedazos. Iba a responderle, a decirle que pronto estarían a salvo, que ya no tendrían que sufrir más, cuando una sombra oscura cayó desde lo alto de la pared que tenían justo encima. Un último Susurrador, que los había seguido sin que nadie lo sintiera, ni siquiera la propia niña, lanzó sus garras hacia ella antes de que Woo-jin pudiera siquiera reaccionar. Él se lanzó hacia adelante con toda su fuerza, pero llegó demasiado tarde: la criatura hirió a la pequeña en el pecho con un solo golpe preciso, y luego se lanzó al vacío antes de que pudiera alcanzarlo.
Woo-jin recogió a Ye-eun en sus brazos, sintiendo cómo su sangre caliente empapaba sus manos y su ropa. La niña lo miró a los ojos por última vez, sin llorar, sin gritar, solo con esa tristeza vieja que llevaba dentro desde que perdió a sus padres. Le puso su muñeco de trapo en la mano, apretándole los dedos para que no lo soltara, y susurró apenas audible:
—Dile… dile al mundo que intentamos. Que fuimos buenos.
Y se quedó quieta para siempre, con su cabeza apoyada suavemente sobre el pecho de Woo-jin, como si se hubiera quedado dormida de golpe.
Se quedó allí arrodillado mucho tiempo, sin moverse, sin hablar, abrazando el cuerpo pequeño y frío de la niña contra él, mientras el viento seguía aullando alrededor como si la propia montaña llorara con él. Por primera vez en todo este tiempo, sintió que no podía más, que quería dejar caer todo y quedarse allí hasta que el mal viniera a buscarlo también. ¿Para qué seguir caminando si todo lo que tocaba se convertía en muerte? ¿Para qué seguir luchando si cada paso que daba dejaba atrás un cadáver más de alguien que solo había querido ayudarlo?
Ji-won se acercó despacio, tosiendo fuerte y tapándose la boca con la mano para ocultar la sangre que le salía ya cada vez más a menudo, y se arrodilló a su lado. No le dijo que todo estaría bien, porque sabía que sería una mentira cruel. Solo le puso una mano sobre el hombro y le dijo con la voz quebrada:
—Ella confió en ti. Todos confiaron en ti. No les falles ahora. No dejes que sus nombres se pierdan en el viento.
Woo-jin levantó la mirada, y en sus ojos ya no había tristeza ni duda: solo había un fuego oscuro, frío y terrible, que nunca antes había estado allí. Dejó el cuerpo de Ye-eun con cuidado sobre un lecho de musgo suave, cubriéndolo con su propia capa para que el frío no le hiciera daño, guardó el muñeco de trapo junto al mapa de hueso, a la brújula, a la memoria y a los cuadernos de su padre, y se puso de pie con una dignidad que parecía mucho más grande que sus años.
—Tienes razón —dijo con una voz tan fría y cortante como el propio viento del Paso—. No voy a fallarles. Voy a llegar hasta el final. Y cuando lo haga, todo esto va a terminar de una vez por todas.
Caminaron los dos juntos, sin mirar atrás, hacia el sendero que el mapa de Mi-rae marcaba como camino al Refugio del Águila Blanca. Muy a lo lejos, detrás de las nubes, escucharon por primera vez el sonido lejano de los helicópteros de Hanbiotech acercándose lentamente hacia las montañas. Ya no había más trampas, ya no había más aliados que aparecieran de entre las rocas para salvarlos. A partir de ese momento, solo quedaban ellos dos contra todo el mal que el mundo había sido capaz de crear. Y ambos sabían, aunque ninguno se atrevía a decirlo en voz alta, que muy pronto, uno de los dos también tendría que quedarse atrás para que el otro pudiera seguir caminando.
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