Alma Rivera jamás imaginó que una beca cambiaría su vida. Al ingresar a la prestigiosa Academia Blackwood, descubre que algunos estudiantes desaparecen sin dejar rastro... y que nadie se atreve a mencionarlos. Junto a Adrián Lancaster, el alumno más brillante y distante de la escuela, comenzará una investigación que desenterrará secretos ocultos durante años. Pero en Blackwood, conocer la verdad tiene un precio, y alguien está dispuesto a matar para mantenerla enterrada.
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primeras impresiones
El silencio desapareció en cuanto Alma cruzó las puertas principales de Blackwood.
El inmenso vestíbulo estaba iluminado por una enorme lámpara de cristal que colgaba del techo. Dos escalinatas de mármol ascendían hacia los pisos superiores, mientras decenas de estudiantes caminaban de un lado a otro con total naturalidad, como si aquel lugar fuera un hotel de lujo y no una escuela.
Alma se quedó inmóvil unos segundos.
—Vaya...
Había visto fotografías en internet, pero ninguna le hacía justicia.
—¿Primera vez aquí?
La voz la sobresaltó.
Una mujer de unos treinta años, de cabello rubio recogido en un moño perfecto y un traje azul oscuro, sonreía sosteniendo una carpeta.
—Sí.
—Alma Rivera, ¿verdad?
Ella asintió.
—Soy la señorita Collins. Trabajo en Asuntos Estudiantiles. Ven conmigo.
Mientras caminaban por los interminables pasillos, Collins le explicaba el funcionamiento de la academia.
—Blackwood alberga a poco más de cuatrocientos estudiantes. Todos viven dentro del campus durante el año escolar. Las clases comienzan a las ocho, el toque de queda es a las diez y media y hay zonas restringidas a las que ningún alumno puede acceder.
—¿Zonas restringidas?
—Laboratorios antiguos, archivos y el ala oeste.
Alma arqueó una ceja.
—¿Y por qué?
La mujer sonrió de manera educada.
—Son normas de la institución.
No respondió realmente la pregunta.
Alma decidió no insistir... por el momento.
Llegaron hasta la residencia femenina.
Era tan elegante como el resto de la academia.
Las habitaciones estaban distribuidas alrededor de un enorme salón común con sillones, una chimenea y una biblioteca.
—Compartirás habitación con otra estudiante.
—¿Ya llegó?
—Hace unas horas.
Collins abrió la puerta.
—Espero que se lleven bien.
Dentro, una chica de cabello rojizo acomodaba ropa en uno de los armarios.
Al escuchar la puerta giró de inmediato.
—¡Hola!
Su sonrisa era tan amplia que Alma sintió que toda la tensión desaparecía.
—Tú debes ser Alma.
—Sí...
—Soy Olivia Bennett.
Se acercó para ayudarla con la valija antes de que pudiera responder.
—Déjala aquí. Yo me quedo con esa cama, así que la otra es tuya.
Alma observó la habitación.
Era enorme.
Dos camas.
Dos escritorios.
Un ventanal con vista al bosque.
Y un baño privado.
—Es... preciosa.
—Yo también pensé eso cuando llegué.
Olivia comenzó a hablar sin parar.
Que si venía de otra ciudad.
Que si estaba nerviosa.
Que si el uniforme picaba.
Que si esperaba que la comida fuera buena.
Alma apenas podía seguirle el ritmo.
Pero le agradaba.
Por primera vez desde que llegó sentía que no estaba completamente sola.
Una hora después, ambas caminaban por los jardines rumbo al comedor.
—Dicen que aquí hacen el mejor chocolate caliente del país —comentó Olivia.
—¿Y también dicen que los profesores son unos genios?
—Sí.
—¿Y que la biblioteca tiene más libros que una universidad?
—También.
Alma sonrió.
—¿Y algo malo?
Olivia hizo una mueca.
—Bueno...
Miró hacia ambos lados antes de bajar la voz.
—Hay un montón de rumores.
—¿Qué clase de rumores?
—Que hace años un estudiante desapareció.
Alma dejó de caminar.
—¿Desapareció?
—Nadie habla del tema. Cada vez que alguien pregunta, los profesores cambian de conversación.
—¿Y la policía?
—No lo sé. Solo son historias que cuentan los alumnos mayores.
Antes de que pudiera seguir preguntando, una campana resonó por todo el campus.
El almuerzo había comenzado.
El comedor era tan grande que parecía el salón de un palacio.
Largas mesas de madera.
Candelabros.
Ventanales que dejaban entrar la luz del mediodía.
Los estudiantes hablaban animadamente mientras el personal servía la comida.
Alma tomó una bandeja.
Notó enseguida que algunas personas la observaban.
No era difícil adivinar por qué.
La insignia plateada de Becaria destacaba sobre el uniforme.
—Ignóralos —susurró Olivia.
—Lo intento.
Cuando estaban buscando dónde sentarse, tres chicas les bloquearon el paso.
La que iba al frente llevaba el cabello rubio perfectamente peinado y una sonrisa que no transmitía ninguna amabilidad.
—Así que tú eres la famosa becada.
Alma la miró con calma.
—Supongo.
—Soy Victoria Beaumont.
Esperó unos segundos, como si creyera que su nombre debía impresionar.
Alma simplemente respondió:
—Mucho gusto.
La sonrisa de Victoria se tensó.
—Espero que entiendas cómo funcionan las cosas aquí.
—¿Cómo funcionan?
—Cada quien sabe cuál es su lugar.
Olivia dio un paso adelante.
—Déjala en paz, Victoria.
—Solo intento ayudar.
Victoria volvió a mirar a Alma.
—No confundas haber ganado una beca con pertenecer a este lugar.
Las tres chicas se alejaron riéndose.
Alma soltó el aire lentamente.
—Bueno...
—¿Estás bien?
—Sí.
Tomó su bandeja.
—He conocido personas peores.
Pero, por dentro, sintió que aquellas palabras le habían dolido más de lo que quería admitir.
Mientras se sentaban al fondo del comedor, Alma levantó la vista por un instante.
En el balcón del segundo piso había alguien observando el salón.
No distinguía su rostro debido a la distancia.
Solo vio una silueta masculina apoyada sobre la baranda.
Un segundo después, aquella persona se dio la vuelta y desapareció entre los pasillos.
Alma frunció el ceño.
No sabía por qué...
Pero tuvo la extraña sensación de que Blackwood escondía mucho más que simples rumores.
Olivia: