Abigail ha pasado años tallando la vida perfecta: una carrera prestigiosa como diseñadora de joyas de alta gama y un matrimonio que creía inquebrantable con Julián. Sin embargo, la perfección se astilla cuando descubre que su esposo y Mónica, su mejor amiga y socia, no solo mantienen un romance clandestino, sino que han estado conspirando para robar sus diseños y dejarla en la quiebra.
En medio del colapso de su mundo, reaparece Sebastián, un antiguo amor de la juventud que ahora es un magnate de la industria minera de gemas. Mientras Abigail planea su venganza —una tan fría y elegante como un diamante—, deberá decidir si permite que el fuego del pasado con Sebastián purifique su corazón o si las heridas de la traición la han vuelto tan dura e impenetrable como la piedra que diseña
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 8
El Gran Salón del Hotel Alvear destellaba con una opulencia que, esa noche, a Abigail le resultaba obscena. El evento de la "Gala de Oro de la Arquitectura y el Diseño" era el escenario donde debía consolidar su máscara tras el descubrimiento de la empresa fantasma de Mónica. Abigail vestía un diseño de seda líquida en color azul medianoche; un color frío, distante, como su estado de ánimo.
El aire olía a perfume caro, champagne premium y ambición. Abigail sostenía una copa de cristal, pero no bebía. Sus dedos, finos y nerviosos, delineaban el borde del vidrio mientras recorría la sala con una mirada analítica. Cada saludo era una transacción, cada sonrisa una jugada de ajedrez.
Mónica estaba a unos metros, rodeada de inversores, moviéndose como una reina en su tablero. Abigail sentía la vigilancia constante de su mentora, una presión invisible que le recordaba que cada centímetro de su éxito estaba bajo el nombre de una corporación que no existía.
Entonces, el murmullo de la sala cambió de frecuencia. No fue un ruido fuerte, sino una onda de choque silenciosa que hizo que varias cabezas giraran hacia la entrada principal.
Abigail lo sintió antes de verlo. Fue una punzada en la base de la nuca, un instinto primario que le gritó que el pasado acababa de entrar por la puerta.
Sebastián no caminaba; dominaba el espacio. Diez años habían transformado al joven rebelde de bocetos y sueños compartidos en un hombre de una presencia imponente. Llevaba un traje a medida de tres piezas, gris humo, que acentuaba su porte atlético. Su rostro, antes suave, ahora estaba marcado por líneas de experiencia y una mandíbula que parecía fundida en bronce.
La mirada: Ya no buscaba aprobación. Sus ojos eran oscuros, analíticos y cargados de una seguridad que rayaba en la arrogancia.
El éxito visible: No necesitaba joyas ni logotipos. Su éxito se leía en la forma en que los directores de las constructoras más grandes del país se apartaban para dejarlo pasar.
Había dejado de ser el fuego que quema para convertirse en el hielo que corta.
Abigail intentó apartar la vista, refugiarse en una conversación inexistente con un colega, pero fue tarde. Sebastián barrió el salón con la mirada hasta que sus ojos colisionaron con los de ella.
El impacto fue devastador. En ese microsegundo, los diez años de distancia se colapsaron. El ruido de la fiesta se desvaneció en un zumbido blanco. Abigail sintió que su armadura de diseñadora exitosa se volvía de papel.
"Hay miradas que no preguntan cómo estás, sino que te recuerdan exactamente quién eras antes de que el mundo te rompiera."
Ella vio en él el eco de aquella última discusión bajo la lluvia, el peso de las cartas nunca enviadas y la furia de una ambición que los separó. Él, por su parte, no apartó la vista. La sostuvo con una intensidad que le quemaba la piel a Abigail, una mezcla de reconocimiento y un reproche silencioso que ella no estaba lista para procesar.
Dentro de Abigail, se desató una tormenta de contradicciones:
Humillación: Se sentía "expuesta". Sebastián la conocía antes de los trajes caros y las mentiras corporativas. Él conocía a la Abigail que dibujaba en servilletas de papel.
Quería que él viera lo alto que había llegado, pero le dolía saber que su "imperio" era, en realidad, una jaula construida por Mónica.
Deseo residual: A pesar del odio y la distancia, su cuerpo recordaba la gravedad de Sebastián. El aire se volvió pesado, difícil de inhalar, como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por electricidad estática.
Sebastián comenzó a caminar hacia ella. No pidió permiso, no dudó. Cada paso que daba sobre la alfombra de terciopelo era un golpe al corazón de Abigail. Ella apretó su copa con tanta fuerza que temió que el cristal estallara.
Mónica, notando el cambio de energía, se posicionó al lado de Abigail, colocando una mano posesiva sobre su hombro.
—"¿Conoces al ingeniero del momento, Abi? Sebastián Black. Dicen que ha venido a comprar media ciudad", susurró Mónica con una sonrisa de tiburón.
Sebastián se detuvo a menos de un metro. El calor que emanaba de él contrastaba con el aire acondicionado del salón. Ignoró por completo a Mónica, manteniendo sus ojos fijos en los de Abigail.
—"Abigail", dijo él. Su voz había bajado una octava, era más profunda, con una textura de terciopelo y lija.
Ella sintió que el nombre, pronunciado por él, recuperaba un significado que ella había intentado enterrar bajo capas de hormigón y diseño moderno.
—"Sebastián. Ha pasado mucho tiempo", respondió ella, logrando que su voz sonara estable, aunque por dentro sus cimientos se estuvieran desmoronando.
No se dieron la mano. No hubo contacto físico. Sin embargo, la tensión entre ambos era tan tangible que las personas a su alrededor empezaron a guardar una distancia prudencial.
Era el encuentro de dos fuerzas de la naturaleza: la diseñadora que vivía en una mentira de cristal y el hombre que había vuelto para reclamar, o quizás para destruir, todo lo que ella creía haber construido.
La Presencia de Mónica: Ella actúa como el recordatorio constante de la deuda de Abigail, aumentando la presión del encuentro.