Hay lugares que nunca se olvidan. Para Rubi, aquel pequeño pueblo siempre había sido el lugar al que regresaba cada verano. El rancho de sus abuelos, los mismos caminos de tierra, los caballos, las tardes interminables y una familia que prácticamente había crecido junto a la suya. Y luego estaba él. Wyatt Carter. Durante años fue simplemente el hermano mayor de su mejor amigo. El cowboy que siempre parecía estar cubierto de polvo, que sabía montar cualquier caballo y que tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de meterse en problemas. Pero han pasado años desde el último verano. Y algunas cosas cambiaron. Ella no esperaba volver a encontrar el pueblo exactamente como lo había dejado. Mucho menos esperaba que Wyatt tampoco fuera el mismo. Porque quizás regresar al lugar donde comenzó todo no sea tan sencillo como recordar viejos veranos. Y quizás este verano tenga algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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Un plan mucho más sencillo
Rubí seguía molesta.
No con Logan.
Tampoco exactamente con Wyatt.
Estaba molesta con todo.
Con la caja.
Con los poemas.
Con la fotografía.
Con aquella maldita estrella tallada en un árbol.
Y, sobre todo, con el hecho de que cada vez que creía estar cerca de una respuesta, aparecían tres preguntas nuevas.
Aquella tarde había terminado en el pueblo con Logan, sentada en una de las mesas exteriores de la cafetería que ambos frecuentaban cuando eran niños.
Frente a ella había un enorme licuado de frutilla.
Logan tenía uno de chocolate.
Rubí removía el suyo con la pajita mientras miraba fijamente el vaso.
—Vas a hacerle un agujero.
—¿Qué?
—Al vaso.
Rubí levantó la mirada.
—Estoy pensando.
—Eso ya lo noté.
—No puedo entenderlo.
—¿Qué cosa?
—Todo.
Logan tomó un sorbo de su licuado.
—Eso es bastante específico.
—La caja.
—Ah.
—La estrella.
—Ajá.
—Las iniciales.
—Claro.
—La promesa.
Logan dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Qué promesa?
Rubí lo miró.
—Eso es lo que intento descubrir.
—Pensé que tú sabías.
—¡No!
Una pareja de la mesa de al lado los miró.
Rubí bajó la voz.
—No recuerdo ninguna promesa aparte de la de volver cada verano.
Logan sonrió.
—Esa era bastante importante.
—¿Solo esa?
—Que yo recuerde.
Rubí suspiró.
—Perfecto.
—¿Sigues enojada porque te caíste al lago?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—Porque ayer dijiste que ibas a descubrir todo por tu cuenta.
—Y lo voy a hacer.
—Entonces deja de fruncir el ceño.
Rubí intentó relajar la expresión.
—No estoy frunciendo el ceño.
—Sí lo estás haciendo.
Ella tomó otro sorbo.
—Cállate.
Logan soltó una carcajada.
Después miró hacia la entrada de la cafetería.
Su expresión cambió.
Rubí siguió su mirada.
Una chica acababa de entrar.
Era una de las jóvenes que trabajaban en la pequeña librería del pueblo. Rubí la había visto un par de veces desde que regresó.
Logan se acomodó inmediatamente en la silla.
Rubí lo miró.
—No.
—¿Qué?
—Ya conozco esa cara.
—¿Qué cara?
—La de “voy a intentar hablarle y probablemente voy a arrepentirme”.
—No sé de qué hablas.
Rubí sonrió.
—Te gusta.
Logan miró rápidamente hacia otro lado.
—No.
—Sí.
—No.
—Logan.
—Está bien.
Él bajó la voz.
—Un poco.
Rubí apoyó los codos sobre la mesa.
—Entonces ve a hablarle.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué decir.
—Tienes veintitantos años, no cinco.
—Eso no ayuda.
Rubí se rio.
—Solo invítala a salir.
—¿Así de fácil?
—Sí.
—¿Y si dice que no?
—Sobrevives.
Logan se quedó pensando.
—¿Y si dice que sí?
—Entonces sales con ella.
—Eso también es complicado.
—¿Quieres que vaya yo?
Logan abrió los ojos.
—¡No!
—Entonces hazlo tú.
Él respiró profundamente.
—Está bien.
Se levantó.
Dio dos pasos.
Se detuvo.
Volvió a sentarse.
Rubí lo miró incrédula.
—¿Qué haces?
—Necesito practicar.
—¿Practicar qué?
—Lo que voy a decir.
Rubí dejó el licuado.
—A ver.
Logan se aclaró la garganta.
—Hola, soy Logan.
Rubí lo miró.
—Ella sabe quién eres.
—Cierto.
—Intenta de nuevo.
—Hola, ¿te gustaría salir conmigo?
Rubí hizo una mueca.
—Demasiado directo.
—Tú dijiste que fuera directo.
—Sí, pero no como si estuvieras negociando un contrato.
Logan se pasó una mano por el cabello.
—Entonces hazlo tú.
Rubí sonrió.
—No.
—Por favor.
—Está bien.
Se inclinó hacia él.
—Solo dile: “Hola, ¿tienes planes este fin de semana?”.
—¿Y después?
—Si dice que no, la invitas a tomar algo.
—¿Y si dice que sí?
—Entonces ya tienes una cita.
Logan asintió.
—Eso parece fácil.
—Porque lo es.
—Tú hablas como si fuera sencillo.
—Lo es.
Logan la señaló.
—Tú no tienes a nadie que te guste.
Rubí se quedó callada.
Por alguna razón, la primera persona que apareció en su mente fue Wyatt.
Recordó el lago.
Sus brazos alrededor de ella.
La chaqueta sobre sus hombros.
Su voz tranquila.
«Yo te recuerdo de una manera.»
Rubí apartó rápidamente ese pensamiento.
—No estamos hablando de mí.
Logan sonrió lentamente.
—Ajá.
—Ve.
—Voy.
Esta vez sí se levantó.
Rubí lo observó caminar hacia la chica.
La conversación comenzó torpemente.
Logan dijo algo.
La chica sonrió.
Él se puso rojo.
Rubí tuvo que contener la risa.
Después de unos minutos, Logan regresó.
—¿Y?
—Creo que salió bien.
—¿Creo?
—Me dijo que sí.
Rubí abrió los ojos.
—¡Lo sabía!
—Tengo una cita el sábado.
—¡Logan!
Ella le chocó los cinco
—Estoy orgullosa de ti.
—No exageres.
—Mi pequeño Logan está creciendo.
—Rubí.
Ella se rio.
Volvieron a sentarse.
Pero justo cuando Logan comenzaba a contarle qué habían acordado hacer, una camioneta conocida pasó lentamente frente a la cafetería.
Rubí la reconoció inmediatamente.
La camioneta de Wyatt.
Él iba conduciendo.
Y durante apenas un segundo, sus ojos se encontraron con los de ella a través de la ventana.
Wyatt levantó ligeramente la barbilla a modo de saludo.
Rubí hizo lo mismo.
La camioneta continuó su camino.
Logan siguió hablando.
—Entonces el sábado voy a llevarla a cenar y después…
Rubí ya no estaba escuchando.
Miró hacia la calle por donde Wyatt acababa de desaparecer.
Y sintió algo que le molestó todavía más que no entender las pistas.
Le había gustado que él la mirara.
—¿Rubí?
—¿Sí?
—¿Me estás escuchando?
—Sí.
—¿Qué dije?
Rubí parpadeó.
—Que… tienes una cita.
Logan la observó unos segundos.
—Eso ya lo sabías.
—Entonces no era necesario escucharlo otra vez.
Logan entrecerró los ojos.
—Estás rara.
Rubí tomó su licuado.
—Estoy cansada.
—Siempre dices eso cuando no quieres contarme algo.
Ella sonrió.
—Y tú siempre haces demasiadas preguntas.
Logan se inclinó hacia ella.
—Somos mejores amigos. Es mi trabajo.
Rubí negó con la cabeza, divertida.
Pero mientras volvía a mirar su vaso, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Quizás Logan tenía razón.
Quizás necesitaba dejar de buscar respuestas por un momento.
Quizás podía simplemente disfrutar del verano.
El problema era que cada vez que intentaba hacerlo…
Wyatt Carter aparecía para recordarle que ese verano estaba empezando a convertirse en algo muy distinto a lo que había imaginado.