En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
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Capítulo 20: Alianza peligrosa.
El aire en la habitación se sentía distinto, ya no cargado de dudas ni secretos, sino de una resolución fría y decidida que parecía haber impregnado cada rincón. Lyssa y Christhian estaban frente a frente, con las manos entrelazadas sobre la mesa donde descansaba el antiguo libro de las maldiciones. Todo lo que habían descubierto —las mentiras de Serena, la forma en que se alimentaba de ellos, los recuerdos de la madre de Lyssa, la naturaleza misma de la condena— había dejado de ser solo información para convertirse en el mapa de su camino. Un camino que ambos sabían que era peligroso, estrecho y probablemente mortal, pero que ya no tenían intención de abandonar.
—Ya no hay vuelta atrás —dijo Christhian, rompiendo el silencio, con la voz firme pero cargada de la gravedad de lo que iban a hacer—. Desde que llegaste, todo ha cambiado. Antes, yo solo sobrevivía, esperando el día en que ella se cansara de mí o en que la muerte me liberara. Pero ahora… ahora sé que hay algo más. Sé que podemos luchar. Pero también sé que cada paso que damos hacia la verdad, cada intento de romper lo que ella ha construido, nos acerca un poco más al final. Sea el que sea.
Lyssa apretó sus manos, sosteniendo su mirada sin parpadear, sin miedo. Los recuerdos que habían regresado, las palabras de su madre, el destino de su familia… todo estaba claro ahora. No estaba allí por curiosidad, ni por una búsqueda simple. Estaba allí para cumplir lo que generaciones antes habían empezado y no habían podido terminar.
—Lo sé —respondió ella con la misma determinación—. Sé que ella no va a permitir que sigamos descubriendo más cosas sin atacarnos con toda su fuerza. Sé que ahora que sabe que ya no nos controla con miedo ni con mentiras, usará todo lo que tiene para destruirnos. Pero no importa. Prefiero morir intentando romper esta condena, que vivir un día más sabiendo que podíamos haberlo hecho y nos quedamos quietos.
Se acercó más, inclinándose sobre la mesa, y sus ojos brillaron con la luz de quien ha aceptado el riesgo, pero elige avanzar de todos modos.
—Te propongo esto: hagamos una alianza. No como dos personas atadas por magia, ni como prisionero y salvadora, ni como víctima y destino. Sino como compañeros. Como iguales. Tú conoces a Serena, conoces sus trucos, su forma de pensar, sus debilidades y sus fuerzas, porque has vivido con ella toda tu vida. Yo tengo los conocimientos de mi familia, tengo este libro, tengo la sangre que ella necesita y la conexión con todo lo que se creó hace siglos. Juntos, tenemos todo lo que se necesita para vencerla. Pero separados, estamos muertos.
Christhian escuchaba cada palabra, y en su rostro se mezclaba el miedo por lo que implicaba esa unión y una esperanza que, aunque frágil, era más fuerte que cualquier otra cosa que hubiera sentido antes. Sabía que lo que ella decía era verdad. Él solo no podía hacer nada; siempre había sido solo un peón en el juego de ella. Ella sola tampoco podría, porque no conocía el terreno ni las trampas ocultas. Pero juntos… formaban la única cosa que Serena temía: la verdad unida a la experiencia, el amor unido al conocimiento.
—Una alianza —repitió él lentamente, como saboreando la palabra, sintiendo el peso y el valor que tenía—. Sabiendo que cada paso que demos, cada secreto que desenterremos, cada plan que hagamos, la enfurecerá más. Sabiendo que ella va a golpearnos donde más nos duela. Sabiendo que es muy probable que al final no salgamos vivos de esto.
Hizo una pausa, mirándola a los ojos con una intensidad que le llegó al alma, y luego añadió con voz suave pero firme:
—Acepto. Porque prefiero caminar hacia la muerte a tu lado, sabiendo que luchamos por ser libres, que seguir viviendo cadenado a ella y lejos de ti. Desde este momento, Lyssa, no hay secretos entre nosotros. No hay miedos que nos separen. Todo lo que yo sé, todo lo que recuerdo, todo lo que ella me ha dicho o me ha hecho… te lo diré. Y tú me dirás todo lo que encuentres, todo lo que recuerdes, todo lo que intuyas. Somos un equipo ahora. Y lo que ella creó para atarnos, lo usaremos para destruirla.
Lyssa sintió cómo una corriente de energía recorría sus cuerpos al mismo tiempo, una corriente que ya no era dolorosa ni pesada, sino viva y potente. El vínculo que compartían, esa marca oscura en sus muñecas que antes era señal de esclavitud, ahora brillaba con una luz distinta, como si reconociera que su propósito había cambiado. Ya no era un lazo de posesión, sino un lazo de lealtad.
—Entonces empecemos ahora mismo —dijo Lyssa, abriendo de nuevo el libro de las maldiciones, pasando las páginas hasta llegar a las partes que hablaban de los rituales, de los orígenes y de los puntos débiles—. Sabemos que ella se alimenta de emociones, que odia la verdad y el amor libre. Sabemos que necesita nuestra unión para volverse invencible, pero que esa misma unión es lo único que puede destruirla. Pero hay algo más. Mi madre sabía cosas. Ella tenía pactos, o deudas, o acuerdos con Serena. Si queremos romper todo de raíz, tenemos que saber exactamente cuál era su relación, qué prometió y qué es lo que se suponía que debía cumplir.
Christhian asintió, y se sentó a su lado, inclinándose sobre el libro, dispuesto a ayudar, a leer, a recordar.
—Hay algo que ella me decía siempre, algo que nunca entendí bien hasta ahora —empezó a contar él, concentrado—. Serena decía que la magia tiene un precio, pero que también tiene un equilibrio. Que lo que se da, se puede pedir de vuelta, pero solo en el momento justo y con las palabras exactas. Ella siempre esperaba la noche de luna llena, pero no solo por su poder. Creo… creo que la luna llena es el momento en que la magia está más expuesta, cuando las reglas que crearon todo esto se pueden ver claras y se pueden cambiar.
Se detuvo un instante, mirando las líneas antiguas escritas por Marina, y señaló un dibujo en el margen: dos círculos entrelazados, uno de ellos lleno de olas y el otro de fuego.
—Tu antepasada escribió: «Lo que se une con sangre y mar, solo se rompe cuando lo que está dentro decide salir». Yo siempre pensé que significaba que teníamos que querer ser libres. Pero quizás significa algo más. Quizás tenemos que ir al lugar donde todo empezó. Al lugar donde Serena dejó de ser humana y se convirtió en esto.
Lyssa sintió un escalofrío, no de miedo, sino de emoción por estar tan cerca.
—La cueva —dijo ella en voz baja, recordando lo que había leído en cartas anteriores—. Hay una cueva, al final de los acantilados, a la que solo se puede entrar cuando la marea está baja y la luna está llena. Allí fue donde Marina hizo el hechizo. Allí fue donde todo cambió. Mi madre escribió que allí es donde se guarda la esencia del poder. Y si queremos romperlo todo… tenemos que ir allí.
Levantó la vista hacia Christhian, y ambos sabían lo que eso significaba. Ir a la cueva era meterse en el corazón del dominio de Serena. Era caminar directamente hacia su guarida, donde su poder era más fuerte, donde ella podía verlo todo, donde las probabilidades de sobrevivir eran mínimas.
—Ella estará esperándonos —dijo Christhian, diciendo lo obvio, lo aterrador—. Si vamos allí, ella lo sabrá antes de que demos el primer paso. Nos estará esperando con todo su poder, con todas sus mentiras, con todo lo que tiene. Y si entramos, es muy probable que no salgamos. O que salgamos convertidos en lo que ella quiere que seamos.
Lyssa cerró el libro con suavidad, pero con firmeza, y puso su mano sobre la de él.
—Lo sé. Es la parte más peligrosa de todas. Cada paso que hemos dado hasta aquí nos ha acercado a la muerte. Pero este paso… este paso es el definitivo. Si vamos, jugamos todo o nada. O somos libres, o dejamos de existir.
Christhian se puso de pie, y al hacerlo, su postura había cambiado. Ya no era el prisionero encorvado por el miedo. Era un hombre que había decidido luchar, que había decidido que su destino estaba en sus manos, aunque fuera para perderlo.
—Entonces iremos —dijo él, con voz tranquila y decidida—. Hemos hecho una alianza. Y en esta alianza, no hay cobardía, ni vuelta atrás. Mañana, cuando baje la marea y la luna siga llena… iremos a la cueva. Iremos al lugar donde todo comenzó, para terminar con ello.
Se acercó a la ventana, mirando hacia el mar oscuro y brillante, sabiendo que Serena podía estar escuchando cada palabra, sabiendo que el desafío estaba lanzado.
—Que sepa lo que vamos a hacer —añadió él, con una sonrisa pequeña y desafiante—. Que sepa que vamos a ir a buscarla, a buscar la verdad, a buscar nuestra libertad. Que sepa que ya no somos sus juguetes. Que somos su mayor peligro.
Lyssa se puso de pie a su lado, mirando hacia la misma oscuridad, sintiendo cómo el miedo se había transformado en fuerza, cómo la incertidumbre se había transformado en plan.
—Cada paso nos acerca a la muerte, sí —dijo ella en voz baja, pero con una seguridad absoluta—. Pero cada paso también nos acerca a la vida. A la vida real, a la libertad real. Y eso… eso vale cualquier riesgo.
Se giraron el uno hacia el otro, y en ese momento, sellaron su alianza no con palabras ni con magia, sino con una mirada llena de confianza, de entendimiento y de amor. Sabían que el camino que tenían por delante era el más peligroso de todos. Sabían que podían perderlo todo, incluso sus vidas. Pero también sabían que, estando juntos, habiendo descubierto la verdad y uniéndose para luchar, ya habían ganado algo que ella nunca podría quitarles: habían dejado de ser presas, y se habían convertido en guerreros.
Y fuera, el mar rugía, pero ya no con el rugido de una dueña que controla todo. Rugía con la furia de una criatura que empieza a entender que, por primera vez en siglos, sus planes, sus mentiras y su poder absoluto tenían un rival que no estaba dispuesto a rendirse.