Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.
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10- El apellido
🔴ELENA
Nahuel abrió la puerta sin tocar y supe, antes de que abriera la boca, que algo se había roto.
Tenía la remera arrugada, el pelo revuelto, y esa cara que ponía cuando quería protegerme de algo. La misma cara de la ruta. La misma cara de anoche, después.
—¿Qué pasó? —pregunté, agarrándome la sábana contra el pecho. Todavía olía a él. Todavía lo sentía en la piel.
Se sentó en el borde de la cama, sin tocarme. Eso me asustó más que cualquier cosa.
—Tenés familia —dijo, y se le quebró la voz—. Están vivos. Tu papá... tu papá te está esperando.
El mundo se paró.
¿Mi papá?
Durante cinco meses fui NN. Fui "querida", fui "la chica", fui la prometida falsa de un heredero. Anoche, por primera vez, fui Elena en los brazos de alguien que me quería por mí, sin apellido. Y ahora me decían que tenía un apellido. Y un padre.
—¿Cómo se llama? —susurré.
—Jerardo Duarte —dijo Nahuel—. Tu padrino está abajo. Germán Duarte. Es hermano de tu papá. Te vio en las noticias.
Duarte.
El nombre me cayó encima como un balde de agua helada. No porque lo recordara. Porque vi la cara de Nahuel al decirlo.
—¿Los conocés?
—Todo el mundo conoce a los Duarte —se rió, sin humor—. Son los dueños de medio norte. Puertos, agro, logística. Los enemigos históricos de mi abuelo. Si Octavio odia a alguien en este país, es a un Duarte.
Me vestí con las manos temblando. La remera de Nahuel, un jean prestado que me quedaba grande. Me miré en el espejo. Piel dorada, ojos color miel hinchados, el pelo castaño hecho un desastre, los labios carnosos todavía marcados. ¿Así iba a conocer a mi familia? ¿Con la boca hinchada por el nieto de su enemigo?
Bajé agarrada de la mano de Nahuel. No me la soltó en toda la escalera.
Germán Duarte estaba de pie en el salón, mirando por la ventana con las manos en la espalda. Cuarenta años, traje gris perfecto, canas en las sienes. Cuando se giró y me vio, se le rompió la cara.
—Elena —susurró.
No fue una pregunta. Fue un reconocimiento. Como si me hubiera visto crecer.
Yo no lo reconocía. Quería hacerlo. Dios, quería correr y abrazarlo y que me dijera "hija, estás en casa". Pero no sentí nada. Solo miedo.
—¿Usted es... mi padrino?
Asintió, con los ojos llenos de lágrimas. No se acercó. Hombre inteligente.
—Germán Duarte. Hermano de tu papá. Te cargué cuando tenías tres días. Te enseñé a andar en bici a los seis. Te defendí cuando a los quince le dijiste a tu papá que no te querías casar con nadie.
—¿Casarme?
—No —negó rápido—. Eso fue después. Eso fue idea de tu madrastra.
Ahí estaba. La palabra. Madrastra.
Me contó todo, de pie en el salón de los Ibarra, con Octavio mirando desde su despacho como un buitre y con Nahuel agarrándome la mano tan fuerte que me dolían los huesos.
Mi mamá murió cuando yo tenía doce. Mi papá, Jerardo Duarte, se volvió a casar hace tres años con una mujer con una hija de mi edad. Todo bien, hasta el accidente. Hace cinco meses. Un camión en la ruta de Formosa. El chofer murió. A mí me dieron por muerta, el cuerpo nunca apareció. Mi papá cayó en coma esa misma noche cuando le dieron la noticia. Sigue en coma, en una clínica en Buenos Aires.
—¿Y mi madrastra? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Se fue a la semana —la voz de Germán se volvió hielo—. Vació dos cuentas y desapareció con su hija. Abandonaron a Jerardo enchufado a una máquina. Yo manejo la empresa Duarte desde entonces, hasta que mi hermano se recupere.
Cinco meses secuestrada por Ramiro. Cinco meses drogada. Cinco meses mientras mi papá se moría en una cama sin saber si yo estaba viva.
Me solté de la mano de Nahuel sin darme cuenta. Me tapé la boca. Un sollozo se me escapó, feo, roto.
Nahuel me agarró por los hombros.
—Elena, respirá —me dijo al oído—. Estoy acá.
Germán nos miró. A mí, temblando. A Nahuel, con las manos en mi cintura, con esa marca roja en el cuello que yo le había dejado anoche.
Entendió todo en un segundo. Es un Duarte. Son rápidos.
—Elena —dijo, suave—. Tu papá está en la clínica Favaloro. Estable, pero... lleva cinco meses sin un estímulo real. Los médicos dicen que si hay algo que lo puede traer de vuelta, sos vos. ¿Querés verlo?
Claro que quería. Era mi papá. Mi sangre. La única pista real de quién era yo antes de la ruta, antes de Ramiro, antes de Nahuel.
Miré a Nahuel. Tenía 22 años y la cara de un chico al que le están quitando lo único bueno que tuvo en la vida.
—¿Vas a venir conmigo? —le pregunté.
Octavio apareció en la puerta de su despacho como si lo hubieran invocado.
—No va a ir a ningún lado —dijo—. Los Duarte y los Ibarra no se mezclan. Y menos ahora que tu amiguita resulta ser la heredera de Jerardo. ¿No ves lo que es esto, Nahuel? Te la pusieron en la ruta a propósito.
—¡Cállese! —grité yo. Yo. Con 20 años, sin memoria, en su casa, con su ropa—. ¡Cállese, no sabe nada de mí!
Octavio me miró, sorprendido. Nadie le gritaba a Octavio Ibarra.
Germán dio un paso adelante, entre su sobrina y el viejo.
—Señor Ibarra —dijo, con esa calma helada de los empresarios que van a la guerra con una sonrisa—. Mi ahijada va a ver a su padre. Ahora. Si su nieto quiere acompañarla, es invitado en mi auto. Si intenta retenerla, llamo a mis abogados, a la prensa, y a la policía que todavía tiene a su amigo Ramiro declarando quién le pagó para hacer desaparecer a Elena Duarte.
Octavio se puso rojo. Luego blanco. Luego se dio la vuelta y cerró la puerta de su despacho de un portazo.
Nahuel me miró.
—Andá —dijo—. Tenés que ir. Es tu papá.
—¿Y vos?
—Voy atrás —me agarró la cara con las dos manos—. En mi auto. A diez metros. Toda la ruta. No te pierdo de vista, ¿me oís? No te pierdo más.
Le creí. Porque anoche, cuando me dijo mi nombre contra la piel, no era el heredero Ibarra hablando. Era Nahuel. Solo Nahuel.
En el auto de Germán, rumbo a Buenos Aires, miré por la ventana y vi la camioneta negra de Nahuel en el retrovisor. Todo el camino. Sin adelantarse, sin atrasarse. Ahí.
Germán me pasó una foto arrugada. Un hombre de unos 39 años en una cama de hospital, con cables por todos lados. Al lado de la cama, una chica de 19 años, con el pelo castaño con ondas grandes suelto, los ojos color miel llorosos, los labios carnosos apretados. Yo.
—Es de la noche antes del accidente —dijo Germán—. Fue la última foto que le sacaron juntos. Tú padre siempre sufrio de presión alta... Por mantener su empresa que la vio crecer desde que la ideamos en el garage de nuestra casa de la adolescencia.
Me toqué la cara en la foto. Era yo. Elena Duarte. 20 años. Hija de Jerardo Duarte. Heredera de una de las fortunas más grandes del país. Enemiga de sangre de la familia del hombre que me había salvado la vida dos veces y que anoche me había hecho sentir viva por primera vez.
Llegamos a la clínica al anochecer. Habitación 412. Mi papá estaba ahí, flaco, pálido, con los ojos cerrados, respirando con ayuda.
Me acerqué temblando. Le agarré la mano. Estaba fría.
—Papá —susurré—. Soy yo. Elena.
Nada. Ningún recuerdo. Ningún milagro de telenovela.
La puerta se abrió. Era Nahuel, sin aliento, como si hubiera corrido las escaleras.
Nuestras miradas se cruzaron por encima de la cama de mi padre en coma.
Yo tenía un apellido ahora. Tenía una empresa, una fortuna, un padre que me esperaba. Tenía una identidad.
Y tenía miedo. Miedo de verdad. Porque por primera vez en cinco meses sabía quién era: Elena Duarte.
Y Elena Duarte no podía quedarse con Nahuel Ibarra. No si quería recuperar a su padre. No si quería recuperar su vida.
Pero tampoco podía soltarlo. Porque en sus brazos, anoche, fui simplemente Elena. Sin Duarte, sin Ibarra, sin millones de por medio.
¿Con quién me quedaba? ¿Con mi nombre, o con el hombre que me amó cuando no tenía nombre?
No lo sabía. Solo sabía que le apreté la mano a mi papá con una mano, y con la otra busqué a ciegas la de Nahuel.
Y él estaba ahí. Siempre estaba ahí.
Como la secuestro y desde cuando lo hizo 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Veremos que pasa si la ayuda Nahuel ella se decidirá aceptar la propuesta
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