Darly Mosquera es una mujer colombiana de 32 años que aprendió desde muy joven que la vida rara vez regala caminos fáciles.
Estudió cosmetología y estética, y gracias a años de esfuerzo, sacrificio y largas jornadas de trabajo logró construir el sueño que parecía imposible: abrir su propio spa en su ciudad natal. Sin embargo, el éxito profesional nunca logró llenar por completo los vacíos que llevaba en el corazón.
Mientras lucha cada día por cuidar a su madre, quien padece una enfermedad congénita que se ha agravado con el paso de los años, Darly intenta mantenerse fuerte y seguir adelante. Soñadora, noble y creyente del amor a la antigua, siempre imaginó una historia de amor sincera, de esas que duran para toda la vida.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de una dolorosa separación ocurrida hace apenas cuatro meses, decidió cerrar las puertas de su corazón. Cansada de las decepciones, prometió no volver a enamorarse y dedicarse únicamente a disfrutar la vida sin compromisos
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19: Entre la distancia y los sentimientos

—Qué hermosa estás.
Santiago se acercó lentamente y rodeó mi cintura con sus brazos.
Ya ambos estábamos listos para salir. Las maletas descansaban junto a la puerta y el reloj parecía avanzar demasiado rápido.
Era el momento que ninguno quería que llegara.
Le sonreí intentando ser fuerte.
—Gracias.
Por unos segundos ninguno dijo nada.
Simplemente nos quedamos observándonos.
Como si quisiéramos memorizar cada detalle del otro.
Como si supiéramos que después de ese momento todo sería diferente.
—Ya llegó la hora de despedirnos —dije finalmente mientras lo miraba a los ojos.
Sentí cómo mi voz se quebraba un poco.
Santiago bajó la mirada y suspiró.
—Sí.
Su respuesta fue corta, pero cargada de tristeza.
Volvió a mirarme.
—No quisiera alejarme de ti.
Aquellas palabras atravesaron mi corazón.
—Gracias por estos días que me regalaste. Fui muy feliz... más feliz de lo que había sido en mucho tiempo.
Sentí que mis ojos comenzaban a humedecerse.
—Yo también fui muy feliz contigo.
Santiago acarició mi rostro.
—Nunca voy a olvidar estos días.
Nos abrazamos con fuerza.
Ninguno quería soltar al otro.
Por un momento deseé que el tiempo se detuviera.
Que el vuelo se cancelara.
Que el mundo entero desapareciera y solo quedáramos nosotros dos.
Pero la realidad era otra.
Y ambos la conocíamos.
—Si algún día vuelvo a encontrarte en uno de mis conciertos —dijo sonriendo levemente—, estés con quien estés, te voy a subir a la tarima para bailar conmigo.
Solté una pequeña risa.
—¿Ah sí?
—Sí, princesa.
—Entonces tendré que ir preparada.
—Y quiero pedirte algo.
—¿Qué cosa?
—Cada vez que cantes una de mis canciones, quiero que me etiquetes.
Aunque sea como una fan.
Sonreí.
—Está bien. Lo haré.
Santiago acercó su frente a la mía.
—Prometido.
—Prometido.
Entonces me besó.
No fue un beso lleno de pasión.
Fue mucho más difícil que eso.
Fue un beso lento.
Tranquilo.
Doloroso.
Como si ambos estuviéramos intentando guardar ese momento para siempre.
Cuando nos separamos ninguno pudo ocultar las lágrimas.
Tomé mi maleta.
Respiré profundo.
Y me obligué a caminar hacia la puerta.
Si me quedaba un segundo más probablemente no tendría fuerzas para irme.
—Adiós, Santiago.
—Adiós, princesa.
Salí de la habitación sin mirar atrás.
Porque sabía que si lo hacía regresaría corriendo a sus brazos.
Afuera ya me esperaba el taxi.
Subí al vehículo.
El conductor arrancó.
Y apenas la finca desapareció de mi vista ya no pude contenerme más.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Una tras otra.
Me sentía vacía.
Como si hubiera dejado una parte de mí en aquel lugar.
Mientras tanto, Santiago permaneció varios minutos inmóvil observando la puerta cerrada.
Sintiendo un dolor extraño en el pecho.
Uno que nunca antes había experimentado.
Escuchó que alguien tocaba la puerta.
Se secó el rostro rápidamente.
—Adelante.
Carlos entró.
—Hola, Santiago. ¿Ya estás solo?
—Sí. Darly se fue hace poco.
Carlos observó la expresión de su amigo.
—¿Y cómo te sientes?
Santiago soltó una risa amarga.
—No lo sé.
Se dejó caer en una silla.
—Siento que algo me falta.
Carlos permaneció en silencio.
—La extraño y apenas se acaba de ir.
—Eso suele pasar cuando alguien te importa de verdad.
Santiago bajó la mirada.
—Mañana quiero que compres un iPhone 17 Pro Max y se lo hagas llegar.
Carlos arqueó las cejas.
—¿Un celular?
—Sí.
—Está bien.
—También te enviaré una carta para que vaya junto al regalo.
Carlos asintió.
—¿Y ustedes qué decidieron?
—Nada.
—¿Van a seguir viéndose?
Santiago negó lentamente.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no puedo ofrecerle una relación seria.
Y ella merece algo mejor que una historia incompleta.
Carlos suspiró.
—Es una gran mujer.
—Lo sé.
—Y se nota que te quiere.
Santiago cerró los ojos unos segundos.
—Por eso mismo debo dejarla ir.
Horas después ambos partieron rumbo al aeropuerto.
Aquella noche yo llegué a Bucaramanga con el corazón roto.
Y Santiago regresó a Medellín sintiendo exactamente lo mismo.
Dos días después intentaba concentrarme en el trabajo.
Pero era imposible.
Todo me recordaba a él.
Una canción.
Un perfume.
Una fotografía.
Incluso una simple taza de café.
Habían pasado apenas cuarenta y ocho horas y ya lo extrañaba demasiado.
Estaba revisando unos documentos cuando mi asistente apareció en la oficina.
Llevaba una elegante caja entre sus manos.
—Dar, te llegó esto.
La observé confundida.
—¿A mí?
—Sí. Acaba de llegar.
Dejé el café sobre el escritorio.
Tomé la caja.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—Qué raro.
Miro la caja con curiosidad. Era una caja rosada, elegante, decorada con una cinta de satén y una pequeña tarjeta blanca encima.
La tomé entre mis manos mientras mi corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Y esto?
Le di la vuelta buscando algún nombre, pero no encontré nada.
Abrí primero la tarjeta.
"Un hermoso regalo para la mujer más bella y maravillosa que he conocido.
Gracias, mi reina linda, por este fin de semana que me regalaste.
Con cariño,
S.A."
Abrí el empaque cuidadosamente.
Y cuando levanté la tapa me quedé completamente inmóvil.
—¡Dios mío!
Dentro había un iPhone 17 Pro Max completamente nuevo.

—¿Quién te manda eso? —preguntó mi asistente sorprendida.
Sentí un nudo en la garganta.
Porque en el fondo ya sabía la respuesta.
Debajo del celular encontré un sobre blanco.
Mis manos comenzaron a temblar.
Lo abrí lentamente.
Y empecé a leer.
"Para la mujer más sencilla, noble y hermosa que he conocido.
No es un regalo para impresionarte, porque sé que las cosas materiales no son lo que más valoras.
Es simplemente un detalle para que recuerdes que alguien admira tu esfuerzo, tu forma de ser y la luz que llevas dentro.
Gracias por regalarme días que jamás voy a olvidar.
Sigue persiguiendo tus sueños y nunca dejes de sonreír.
Con cariño,
Las lágrimas aparecieron de inmediato.
Volví a leer la carta.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Hasta que tuve que sentarme.
Mis ojos se abrieron de inmediato.
—Santiago...
Sentí una mezcla de emoción, nervios y felicidad.
—¡Dios mío!
Además, venía acompañado de un hermoso reloj inteligente y un forro personalizado de color rosado que parecía diseñado especialmente para mí.
Mis manos comenzaron a temblar.
—No puede ser...
—Fue él, ¿verdad? —preguntó mi asistente.
Sonreí con tristeza.
—Sí.
—Se nota que te quiere mucho.
Bajé la mirada.
—Tal vez sí.
—Entonces ¿por qué no están juntos?
Suspiré.
—Porque a veces querer a alguien no es suficiente.
Mi asistente guardó silencio.
Y yo también.
Porque ni siquiera yo entendía completamente mis sentimientos.
Lo único que sabía era que lo extrañaba.
Más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Guardé la carta dentro de mi bolso.
Como si fuera un tesoro.
Como si aquella hoja pudiera acercarme un poco a él.
Intenté continuar trabajando.
Pero durante el resto del día mi mente volvió una y otra vez a Santiago.
A sus abrazos.
A sus bromas.
A su sonrisa.
Y a aquella despedida que todavía seguía doliendo.
Porque aunque la distancia nos separaba.
Aunque ambos habíamos decidido seguir caminos diferentes.
Nuestros corazones parecían negarse a obedecer.
Y en el fondo de mi alma tenía la extraña sensación de que aquella historia aún no había terminado.