¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.
NovelToon tiene autorización de Jszkina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 9
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Angelo entró en el despacho sin llamar, como si el espacio le perteneciera tanto como a mí. Traía esa sonrisa relajada, casi insolente, que solía sacar de quicio a cualquiera que no conociera la eficiencia que escondía bajo su chaqueta. Se dejó caer en la silla frente a mi escritorio, ignorando el montón de contratos que me exigían atención inmediata.
—Tienes una vena de la frente a punto de estallar, Nico —dijo él, echando un vistazo a los documentos—. Relájate. El mundo no se va a detener si ignoras a tus contadores cinco minutos.
—No estoy de humor para tus bromas, Angelo —respondí sin levantar la vista—. Tengo asuntos urgentes y poco tiempo.
—¿Sabes qué me encanta de ti? —pregunto Angelo
—No.
—Que respondes igual que un secuestrado leyendo un comunicado.
Nicolás ni levantó la vista.
—¿Terminaste?
—No.
Angelo se recostó, entrelazando las manos tras la nuca. El cambio en su rostro fue imperceptible para un ojo inexperto, pero yo llevaba años trabajando con él: la chispa de diversión desapareció, sustituida por una frialdad quirúrgica.
—Santaella atacó a la chica —dijo, su voz despojada de cualquier rastro de calidez—. Esta noche. Cerca de la universidad.
Dejé el bolígrafo sobre la mesa con un ruido seco que resonó en el silencio de la oficina. Sentí cómo el aire se volvía denso, pesado. Mis dedos se tensaron sobre el borde del escritorio.
—¿Cómo está ella? — La pregunta salió antes de que yo la formulara. Mi primo tardó exactamente el tiempo necesario para que su silencio dijera algo antes de que él hablara...
—Raspaduras, nada grave físicamente. El tipo es un animal, pero ella... ella se defendió mejor de lo que hubiera esperado. Aunque el miedo es evidente, el spray lo usó antes de que yo llegara. Le dio de lleno. —Una pausa—. Él no lo esperaba.
La rabia, fría y metódica, comenzó a filtrarse en mi mente. Santaella había cruzado la línea. Estaba cansado de sus juegos de poder, de sus manos sucias.
—¿La otra chica, vio todo?
—Llegó hacia el final, un poco.— hizo una pausa— luego llegó el chófer y la madre llegó varios minutos despué. Fueimos a la comisaría.
—¿Levantó una denuncia?
—Sí. Yo declaré también.
No dije nada durante tres segundos. No porque no tuviera nada que decir sino porque las cosas que tenía que decir era para otra persona, Angelo había hecho lo correcto. El problema no era lo que había hecho sino lo que implicaba que lo hubiera tenido que hacer: Santaella seguía siendo un problema después de semanas de estar hundiéndose, y eso significaba que todavía me quedaban cosas por resolver.
—Entendido —dije al fin—. Avísame si hay algo más esta noche.
—A la orden jefecito —dijo haciendo un pequeño saludo militar
Cuando la conversación parecia haber terminado… Angelo sonríe.
—Por cierto…
Nicolás levanta la vista.
—Creo que te gusta.
—¿Qué cosa?
—La chica.
Silencio. Nicolás sigue leyendo unos documentos.
—No empieces.
Angelo continúa como si no hubiera oído.
—Bonita.
Silencio.
—Educada.
Silencio.
—Inteligente.
Nicolás suspira.
—¿Terminaste?
Angelo sonríe.
—Todavía no.
—Largo de aquí.
Angelo sale riéndose.
Me quedé de pie frente al escritorio durante un momento que no calculé. La ciudad afuera seguía siendo la misma ciudad de siempre: luces, tráfico lejano, el ruido sordo y constante de algo que nunca termina de apagarse del todo. Nada de eso había cambiado en los últimos diez minutos.
Santaella sí.
Tomé el teléfono de nuevo y llamé a Enrique.
Enrique tardó cuatro minutos en contestar, lo cual significaba que estaba dormido o que estaba en algo que requería terminar antes de hablar. Con Enrique siempre era una de las dos.
—Joven —dijo. Sin sorpresa en la voz. Enrique había aprendido hace años que las llamadas a deshora eran parte del trabajo y que sorprenderse por ellas era un lujo que no correspondía a su posición.
—Santaella volvió a acercarse a ella esta noche. —No expliqué más que eso porque Enrique no necesitaba más que eso para entender la dimensión del problema—. Esta vez con contacto físico. Hay denuncia formal presentada.
Un silencio breve.
—¿Cuándo?
—Hace tres horas. Quizás menos.
—¿Con nombre completo?
—José Manuel Santaella. Testigos presentes. Declaraciones rendidas esta noche.
Escuché a Enrique moverse. El sonido de alguien que pasa de horizontal a vertical con la eficiencia de quien no necesita desperezarse porque su mente ya estaba funcionando antes de que el cuerpo terminara de levantarse.
—Esta noche? —dijo Enrique.
—Esta noche —confirmé—. Discreción absoluta. Sin rastro que apunte a nadie fuera del expediente.
—Entendido.
Colgué.
Me senté.
Había dos razones para lo que acababa de ordenar y las dos eran igualmente válidas, lo cual era precisamente el tipo de cosa que prefería no examinar demasiado de cerca.
Santaella había actuado dos veces. La segunda con más violencia que la primera, porque los hombres como él no aprenden sino que escalan, y escalan porque nadie les ha dado todavía una razón suficientemente concreta para detenerse. Eso era suficiente. Era una razón profesional, limpia, sin bordes incómodos. Las otras razones no las nombraré.
Enrique me llamó la mañana del segundo día.
—Joven. Hay algo que necesita ver.
Llegó a la oficina con una tablet y la expresión de quien trae información que sabe que va a generar preguntas que no puede responder todavía.
—La denuncia —dijo, abriendo los archivos—. La procesaron en menos de seis horas desde que fue presentada.
Lo miré.
—Seis horas —repetí.
—Patrulla en el domicilio de Santaella a las dos de la mañana. Otra en sus oficinas corporativas a las tres y cuarto. Avisos de localización emitidos antes del amanecer. —Enrique dejó la tablet sobre el escritorio—. El expediente tiene prioridad de seguimiento que no corresponde a su clasificación inicial.
Me quedé quieto.
Una denuncia por intento de agresión sin víctimas graves. Sin arma. Sin hospitalización. El tipo de expediente que en condiciones normales duerme tres días en una bandeja antes de que alguien lo revise, se asigna a quien corresponde, y empieza a moverse con la lentitud burocrática que caracteriza a los sistemas que tienen más casos de los que pueden procesar.
Este no había dormido nada.
—¿Irregularidades en el procedimiento?
—Ninguna visible. Todo dentro del protocolo. Solo... acelerado