Elena siempre fue la "omisión" de la manada Luna Plateada: huérfana, supuestamente humana y relegada a las tareas de limpieza. Todo cambia la noche del baile de emparejamiento, cuando Derek Blackwood, el despiadado y temido Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, irrumpe en el territorio. El aroma a bosque húmedo y tormenta lo cambia todo. Él es su alma gemela, pero el destino oculta un secreto: Elena no es humana, y su sangre despierta un poder que podría destruir a todos los Alphas del continente.
NovelToon tiene autorización de Vianne Soler para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5: Las cenizas del orgullo
El regreso de las tropas de la manada Sangre de Hierro a la fortaleza del norte no tuvo la pompa militar de sus victorias anteriores; pareció, más bien, una procesión fúnebre bajo el manto gris del amanecer. Los guerreros de élite, hombres cuyos nombres infundían terror en las fronteras, marchaban con las cabezas gachas y las armaduras cubiertas por una fina y persistente capa de escarcha que se negaba a derretirse bajo el débil sol matutino. Al frente de ellos, Derek Blackwood cabalgaba en silencio, con las riendas de su semental negro sujetas con tanta fuerza que los nudillos de sus guantes de cuero amenazaban con desgarrarse.
Cada bache del camino enviaba un latigazo de dolor gélido directo a su esternón. El lazo rechazado, transmutado en una condena elemental tras su encuentro en el santuario, estaba drenando su vitalidad física. El calor natural de su sangre licántropa luchaba una batalla perdida contra el frío babilónico que Elena había sembrado en su sistema espiritual. Su lobo interno permanecía ovillado en los rincones de su mente, negándose a responder a sus comandos de Alpha, sumido en un luto silencioso por la reina que su portador había repudiado.
Al cruzar el umbral del Gran Salón de la Fortaleza de Hierro, el general de su guardia se acercó con pasos vacilantes.
—Alpha Supremo... el médico de la manada insiste en revisar la quemadura de su pecho. Su temperatura corporal sigue bajando notablemente y—
—Déjame en paz —cortó Derek, y su voz, desprovista de la resonancia mística habitual pero cargada de una furia peligrosa, hizo que el oficial retrocediera de inmediato—. Convoca el Consejo de las Cinco Manadas. Envía los mensajeros de sombras a los Alphas del Este, del Sur y del Oeste. Quiero que sus líderes estén en este salón antes de que la luna vuelva a estar en su cenit.
—¿El Consejo de las Cinco Manadas? —el general palideció—. Supremo, ese tratado no se ha activado desde la gran guerra contra los licántropos de sangre pura. Si los demás Alphas descubren que perdimos el control de las fronteras por una...
—No perdimos el control ante una fugitiva —siseó Derek, deteniéndose y clavando sus ojos grises, ahora apagados y rodeados de sombras oscuras, en su subordinado—. Nos enfrentamos al despertar de un linaje celestial. Si no unimos los ejércitos del continente, no habrá manadas que gobernar para el próximo invierno. Haz lo que te ordené.
Mientras la fortaleza de Derek se convertía en un hervidero de paranoia militar y preparativos de emergencia, a cientos de kilómetros hacia el noreste, la realidad cobraba un tinte místico y esperanzador. Elena, en su imponente forma de Loba Celestial, avanzaba a través de las gargantas de piedra del Valle de los Proscritos. Este territorio, un páramo estéril y maldito donde la tierra estaba reseca por la sal y las viejas guerras, era el hogar de miles de parias, enfermos y lobos sin manada que morían lentamente en la indigencia.
A medida que el majestuoso pelaje blanco de Elena, salpicado de hilos de constelaciones plateadas, recortaba la silueta del horizonte, cientos de ojos cansados y desconfiados comenzaron a emerger de las cuevas y chozas de adobe. El olor a ozono, tormenta y flores de invierno que emanaba de su cuerpo barrió el hedor a enfermedad y desesperación que caracterizaba al valle.
Elena se detuvo en el centro de una meseta de piedra arenisca. Las marcas rúnicas de un azul eléctrico a lo largo de su columna vertebral destellaron con un latido rítmico, enviando ondas de energía que se filtraron en las grietas de la tierra estéril.
El milagro de la restauración celestial no se hizo esperar. El suelo salino crujió bajo una capa de escarcha brillante, pero de los brotes congelados comenzaron a nacer flores de invierno de pétalos translúcidos y hojas de un verde intenso que desafiaban la muerte del páramo. Los pequeños pozos de agua estancada y fangosa se aclararon al instante, transformándose en manantiales de agua pura y cristalina que desprendían un vapor curativo.
Varios lobos ancianos y cachorros desnutridos, empujados por un magnetismo ancestral que desarmaba cualquier pizca de miedo, se acercaron al círculo de hielo protector. Al inhalar el aroma de la Loba Celestial, las heridas crónicas de sus cuerpos comenzaron a cerrar y la demencia que nublaba las mentes de los rogues más antiguos se disipó, devolviéndoles la cordura y la dignidad robadas por los Alphas tiranos.
Elena regresó a su forma humana en un destello de luz argéntea. Ya no vestía los harapos de sirvienta; la energía celestial había tejido a su alrededor una túnica de seda blanca que parecía hecha de luz de luna y escarcha, y su cabello oscuro ahora caía en cascada con destellos plateados. Sus ojos seguían siendo de ese azul eléctrico, profundo y regio.
Un hombre robusto, el antiguo Beta de una manada extinta que había vivido como paria durante una década, cayó de rodillas ante ella, rompiendo a llorar mientras tocaba el borde de la tierra congelada.
—¿Quién eres? —preguntó con la voz rota por la emoción—. Los Alphas nos dijeron que la Diosa Luna nos había abandonado a las sombras... pero esto... esto es la luz de los primeros días.
Elena miró a la multitud de proscritos que comenzaba a congregarse a su alrededor, hombres y mujeres que compartían el mismo dolor del desprecio que ella había sufrido en la manada Luna Plateada. Sintió el lazo místico que ahora la unía a cada uno de ellos, no a través de la sumisión brutal de un Alpha, sino mediante un pacto sagrado de protección y justicia.
—La Diosa Luna no los ha abandonado —declaró Elena, y su voz, dulce pero cargada de una autoridad cósmica, resonó en los corazones de los presentes—. Fueron los tiranos que se coronaron con sangre quienes corrompieron su diseño. Mi nombre es Elena, y he venido a reclamar lo que el orgullo de los lobos intentó destruir. Aquí, en este valle, construiremos el primer Santuario Celestial.
Los vítores y aullidos de alivio de los proscritos rompieron el silencio del valle, una sinfonía de libertad que viajó con el viento hacia los cuatro puntos cardinales. Elena alzó la mirada hacia el oeste, en dirección a la Fortaleza de Hierro de Derek Blackwood. Sabía que el Alpha Supremo no se quedaría de brazos cruzados viendo cómo su poder se desmoronaba, pero el miedo ya no tenía cabida en su nueva existencia. Dejaría que convocara a sus ejércitos; entre más alto fuera el orgullo de sus enemigos, más estrepitosa sería su caída ante el invierno que se avecinaba.