En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro
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Capítulo 16: La Ley y el Mar
Don Evaristo Montenegro salió de la casa de los azulejos azules con la misma calma con la que un médico sale a operar: sabiendo que lo que va a hacer le va a doler a alguien, pero confiando en que la herida, a la larga, va a sanar mejor que la enfermedad. Se había puesto la toga negra, se había colgado al cuello una cadena de oro con el sello del Colegio de Abogados, y se había metido en el bolsillo interno de la chaqueta un legajo que llevaba cuarenta años guardando: el caso Villalobos, abierto en mil ochocientos doce, cerrado en falso, enterrado en un juzgado de La Habana que ya no existe. Lo había rescatado él mismo, página por página, cuando era todavía un pasante, y lo había conservado toda la vida porque presentía, con esa intuición que tienen los abogados viejos, que algún día iba a hacer falta.
La cárcel del puerto quedaba a cinco minutos a pie. Don Evaristo caminó despacio, con las manos a la espalda, saludando a los vecinos con la cabeza, deteniéndose a conversar con una vendedora de flores, preguntándole a un niño si había ido a la escuela, y haciendo todo, en fin, menos parecer un hombre que va camino a sacar a un preso. Era su manera de pelear: llegar sin hacer ruido, para que el ruido lo pusiera el otro.
Cuando llegó a la puerta de la cárcel, el alguacil, que estaba almorzando un plato de arroz con frijoles en la mesa de entrada, se levantó de un salto y se cuadró, porque la toga y la cadena de don Evaristo eran, en aquel puerto, más respetadas que el uniforme del gobernador.
—Don Evaristo, qué honor. ¿Viene a ver a algún cliente?
—Vengo a ver a Luis Villalobos, y vengo, además, a leerle a usted un pedacito de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que, por lo visto, no le enseñaron en la academia.
El alguacil tragó saliva, dejó el tenedor en el plato, y siguió a don Evaristo hasta la celda de Luis sin atreverse a chistar. Luis estaba tumbado en el catre, con la casaca de seda por almohada y los ojos cerrados, y cuando oyó la voz de don Evaristo se levantó de un salto, porque esa voz no se olvidaba: era la voz que le había leído la cartilla cuando era niño, la voz que le había enseñado a firmar su nombre, la voz del único maestro que había tenido en la vida que no le había pegado nunca.
—Don Evaristo —dijo Luis, y por primera vez en muchos años, en su voz apareció un temblor de niño.
—Siéntese, muchacho —le respondió el abogado, y se sentó él también, en un taburete de madera que crujió bajo su peso—. Me manda la Condesa, me manda su hija, y me manda sobre todo su padre, que en paz descanse, porque hace veinte años me hizo prometerle que si algún día las cosas se ponían feas, yo vendría a esta celda a sacarlo a usted. Y las cosas se han puesto feas, así que aquí estoy.
Luis abrió la boca para decir algo, pero don Evaristo levantó una mano y lo detuvo.
—No me dé las gracias todavía, muchacho, que las gracias se dan cuando se gana, no cuando se empieza. Ahora escúcheme bien, que lo que le voy a decir no lo va a oír dos veces.
Y le explicó, con la misma paciencia con la que le había enseñado las vocales, que iba a presentar un habeas corpus ante el juez de guardia, que tenía de plazo hasta las seis de la tarde para presentar cargos formales, y que como no los tenía, Luis iba a salir en libertad antes de que anocheciera. Le explicó también que el caso no terminaba ahí, que lo que venía después iba a ser peor, que Adrián iba a mover a sus contactos en Madrid, que iban a intentar desacreditarlo, que iban a decir que era un farsante, un falsificador, un ladrón de tumbas. Y le dijo, por último, con la voz de un hombre que ha visto muchas guerras y sabe que todas se acaban ganando o perdiendo, pero que ninguna se acaba sin pelear:
—Luis, escúcheme bien: la única manera de ganar esta pelea es pelearla con la ley en la mano y con la verdad en la boca. Ni con un cuchillo, ni con un disparo, ni con un golpe de mar. Con la ley y con la verdad. ¿Me promete usted eso?
Luis lo miró con los ojos muy abiertos, y luego, sin decir palabra, le extendió la mano. Don Evaristo se la estrechó con la fuerza de un hombre que ha visto a este muchacho crecer en los muelles, y le dijo, casi en susurro:
—Ahora vamos a salir de aquí, muchacho. y vamos a salir como hombres: por la puerta grande, no por la puerta de atrás, no por la ventana, no en un saco. Por la puerta grande, con la frente alta, y con el alguacil detrás nuestro pidiendo disculpas al pueblo por habernos tenido encerrado una tarde entera.
Salieron los dos de la celda, atravesaron el pasillo, cruzaron la puerta de hierro forjado, y se detuvieron en el umbral. El alguacil, detrás de ellos, no sabía dónde meterse. Don Evaristo se volvió hacia él, le puso una mano en el hombro, y le dijo, con la voz de un padre que regaña sin rencor:
—Y usted, muchacho, la próxima vez que le traigan una orden de captura contra un hombre que lleva un anillo con el sello de los Villalobos, le pregunta al juez si ha leído los papeles, antes de ponerle las esposas. Que para eso le pagan.
El alguacil bajó la cabeza, y Luis, al ver la escena, sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: vergüenza ajena. Vergüenza de un sistema que se dejaba comprar por un apellido, vergüenza de un puerto que se arrodillaba ante el que gritaba más fuerte. Pero esa vergüenza, en lugar de hacerlo bajar la cabeza, le encendió algo dentro, algo que estaba entre el pecho y la garganta, algo que olía a sal y a decisión, y que le hizo prometerse, en silencio, que iba a cambiar las cosas. No para él: para todos los que venían detrás.
Caminaron por la calle principal, uno al lado del otro, el abogado y el marinero, y la gente del puerto, que se había enterado del arresto por los chismosos de siempre, los miraba pasar con una mezcla de sorpresa y de alegría contenida. Algunos aplaudieron. Otros se quitaron el sombrero. Una vieja le tiró un ramo de flores a los pies de Luis, y una niña se acercó a darle la mano, y Luis, sin pensarlo, se agachó, le dio un beso en la coronilla, y le dijo: "Cuando seas grande, no dejes que nadie te encierre por ser quien eres". La niña lo miró con los ojos muy abiertos, y asintió, como si entendiera.
En la esquina de la calle que subía hacia la mansión, lo esperaba Clara. Estaba de pie, con el traje nuevo, el sombrero de plumas, los guantes blancos, y una sonrisa que le iluminaba toda la cara. Luis, al verla, sintió que las piernas le flaqueaban, pero no se detuvo, no se arrodilló, no hizo ninguna de las cosas que le pedía el cuerpo. Caminó hacia ella con la misma calma con la que se camina hacia un puerto cuando se ha estado mucho tiempo en el mar, y cuando llegó a su altura, se detuvo a un paso, la miró, y le dijo, con la voz rota de un hombre que por fin ha encontrado su casa:
—Volví, mi amor. Como te prometí. Y esta vez, no me voy a ir nunca.
Clara le tomó la mano, se la apretó, y no le dijo nada, porque hay silencios que dicen más que todas las palabras del mundo. Y así, tomados de la mano, caminaron hacia la mansión, mientras el sol de la tarde les daba en la cara y la gente del puerto, a su paso, iba dejando de hablar, como se deja de hablar cuando se está delante de algo sagrado.
Detrás de ellos, don Evaristo, que los miraba alejarse con los ojos húmedos detrás de los anteojos, se dijo, en voz baja, con la voz de un hombre que ha peleado muchas batallas y que ya solo se conforma con ver ganar a los demás: "Que Dios los bendiga, muchachos. Que Dios los bendiga, y que no les dé nunca la paz que dan los que ya han dejado de pelear".