Lois y Cristopher se conocieron a los catorce años, sin imaginar que ese primer encuentro cambiaría sus vidas para siempre. Años después, cuando por fin están juntos, personas muy cercanas harán todo lo posible por separarlos. Entre el amor, las traiciones y las decisiones más difíciles, descubrirán que algunos corazones jamás dejan de elegirse.
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Capítulo 23: El primer día
El despertador sonó a las seis de la mañana.
Abrí los ojos lentamente.
Por un instante olvidé dónde estaba.
Pero al girar la cabeza y encontrar a Cristopher durmiendo a mi lado, sonreí.
Era real.
Estábamos casados.
Vivíamos en nuestra mansión del Cajón del Maipo.
Y ese día comenzaba una nueva aventura.
La universidad.
Me levanté con cuidado para no despertarlo.
Abrí las cortinas y los primeros rayos del sol iluminaron las montañas.
El paisaje era tan hermoso que parecía una pintura.
Respiré profundamente.
—Hoy empieza todo... —susurré.
Sentí unos brazos rodeando mi cintura.
—Buenos días, esposa.
Sonreí sin girarme.
—Buenos días.
Cristopher apoyó su mentón sobre mi hombro.
—¿Nerviosa?
—Muchísimo.
Él besó mi mejilla.
—Yo también.
Pero va a salir bien.
Siempre sale bien cuando estamos juntos.
Me di vuelta y lo abracé.
—Te amo.
—Y yo a ti.
Mucho más de lo que las palabras pueden explicar.
Después de ducharnos y vestirnos, bajamos al enorme comedor.
El desayuno ya estaba servido.
Frutas.
Jugos naturales.
Pan recién horneado.
Café.
Y todo lo necesario para comenzar un día importante.
Mientras desayunábamos, ninguno dejaba de sonreír.
—¿Lista para convertirte en la mejor bióloga marina? —preguntó Cristopher.
Reí.
—Solo si tú prometes convertirte en el mejor médico.
Él levantó su taza.
—Trato hecho.
Chocamos suavemente nuestras tazas como si estuviéramos haciendo un pacto.
Minutos después salimos de la mansión.
Cristopher abrió la puerta del automóvil.
—Señora...
Hizo una pequeña reverencia.
No pude contener la risa.
—Gracias, señor.
Subimos.
Y comenzó el viaje hacia Santiago.
Mientras avanzábamos por el camino, las montañas iban quedando atrás.
La ciudad aparecía poco a poco frente a nosotros.
El tránsito aumentaba.
Y también los nervios.
Cristopher buscó mi mano.
—Todo va a estar bien.
La apreté con fuerza.
—Lo sé.
Cuando llegamos al campus universitario...
me quedé completamente inmóvil.
Era inmenso.
Edificios modernos.
Áreas verdes.
Estudiantes caminando por todas partes.
Profesores.
Laboratorios.
Bibliotecas.
Sentía que estaba entrando a otro mundo.
—Es enorme... —susurré.
Cristopher sonrió.
—Y ahora también es nuestro.
Caminamos juntos por los jardines.
Muchos estudiantes nos observaban.
Algunos saludaban.
Otros simplemente seguían su camino.
Todo era nuevo.
Todo era emocionante.
Llegamos al lugar donde nuestros caminos se separaban.
Él debía ir a la Facultad de Medicina.
Yo a Biología Marina.
Nos quedamos mirándonos unos segundos.
—Nos vemos al almuerzo —dijo.
Asentí.
—No llegues tarde.
Él sonrió.
—Jamás dejaría esperando a mi esposa.
Me dio un beso en la frente.
Después otro en los labios.
Suave.
Lleno de cariño.
—Que tengas un día maravilloso.
—Tú también.
Lo vi alejarse por el pasillo principal.
Y respiré profundamente antes de caminar hacia mi facultad.
Las primeras clases fueron increíbles.
Los laboratorios.
Los acuarios.
Los modelos de ecosistemas marinos.
Los profesores hablando sobre océanos,
Especies y expediciones.
Sentía que estaba exactamente donde siempre había querido estar.
Por otro lado, Cristopher recorría los laboratorios de Medicina con la misma emoción.
El olor a libros nuevos.
Las salas de anatomía.
Los grandes auditorios.
Todo confirmaba que ese era su lugar.
Al llegar el mediodía, caminé hacia el patio central.
Desde lejos vi a Cristopher esperándome con una enorme sonrisa.
Corrí hasta él.
Y me abrazó como si hubieran pasado semanas.
—¿Cómo te fue? —preguntó.
—¡Increíble!
¿Y a ti?
—Mucho mejor de lo que imaginé.
Nos tomamos de la mano.
Dispuestos a buscar un lugar para almorzar.
Pero entonces...
Una voz fuerte rompió el ruido del campus.
—¡Cristopher!
Los dos nos dimos vuelta al mismo tiempo.
Vi cómo los ojos de Cristopher se abrían completamente.
Su expresión cambió de sorpresa... a felicidad.
Un joven alto caminaba hacia nosotros con una enorme sonrisa.
En cuanto estuvieron frente a frente, se abrazaron con fuerza.
—¡No puedo creer que seas tú! —dijo Cristopher entre risas.
—¡Años sin verte! —respondió el joven.
Se separaron todavía sonriendo.
Cristopher se volvió hacia mí.
—Lois...
Quiero presentarte a uno de mis mejores amigos de la infancia.
Él sonrió y me extendió la mano.
—Mucho gusto.
Soy Steventh.
Antes de que pudiera responder...
una joven apareció caminando detrás de él.
Cabello largo.
Una sonrisa amable.
Y una mirada llena de seguridad.
Steventh tomó su mano con cariño.
—Y ella es mi polola...
Danalieth.
Nos saludamos con una sonrisa.
Sin imaginar...
que aquel encuentro cambiaría nuestras vidas para siempre.