Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más
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CAPÍTULO 20: El punto donde todo se rompe
El golpe en la puerta de la casa abandonada no fue fuerte.
Pero resonó como si lo fuera.
Mauricio se detuvo en seco.
Inés también.
El silencio dentro de la propiedad se volvió aún más denso, como si el propio lugar hubiera decidido contener la respiración.
—No esperábamos visitas tan pronto —murmuró Inés.
Mauricio giró hacia ella.
—¿Quién es?
Inés no respondió.
Otro golpe.
Más firme esta vez.
—¡Abrán! —una voz masculina desde el exterior.
Mauricio frunció el ceño.
—Esa voz…
Inés lo miró.
—No debería estar aquí.
Mauricio avanzó hacia la puerta.
—¿Quién es?
Inés lo alcanzó rápido.
—No abras todavía.
—¿Por qué?
Inés dudó.
—Porque si es él… todo cambia.
Mauricio la miró.
—Inés.
Ella sostuvo su mirada.
Y finalmente dijo:
—Es el padre de Celina.
El mundo se detuvo un segundo.
Mauricio sintió un golpe interno.
—Eso no tiene sentido… él no sabe dónde estamos.
Inés apartó la vista.
—Sí lo sabe.
Otro golpe.
Más urgente.
—¡Sé que están ahí dentro!
Mauricio apretó la mandíbula.
Y abrió la puerta.
El hombre que estaba afuera parecía distinto al que Celina había descrito.
No era débil.
No era perdido.
Tenía los ojos encendidos de una mezcla peligrosa de miedo y rabia.
Miró a Mauricio primero.
Luego a Inés.
—¿Dónde está mi hija? —preguntó sin rodeos.
Mauricio se tensó.
—No lo sabemos exactamente.
El hombre dio un paso adelante.
—Eso es mentira.
Inés intervino.
—¿Cómo nos encontró?
El hombre la miró.
—Porque alguien quería que la encontrara.
Silencio.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Quién?
El hombre apretó los dientes.
—Valentina Ríos.
El nombre volvió a caer como una sombra más grande que el lugar.
Inés intercambió una mirada rápida con Mauricio.
—Entonces está aquí —dijo ella.
El hombre asintió.
—Y Celina también.
Mauricio sintió un vacío en el pecho.
—Explíquese.
El hombre respiró hondo.
—Hace años… Lucía descubrió algo.
Pausa.
—Algo que no debía salir a la luz.
Mauricio lo miró con atención.
—Ya sabemos eso.
El hombre negó.
—No, ustedes saben fragmentos.
El viento golpeó la estructura.
—Lucía no solo estaba investigando corrupción familiar —continuó—. Estaba investigando un sistema.
Inés frunció el ceño.
—¿Qué sistema?
El hombre los miró a ambos.
—Uno donde ciertas personas no solo nacen dentro de familias poderosas.
Pausa.
—Sino dentro de decisiones.
Mauricio sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
El hombre bajó la voz.
—Significa que Celina no es la primera.
Silencio absoluto.
En la habitación cerrada, Celina retrocedía lentamente.
Valentina no se movía.
El hombre que la había custodiado antes no estaba.
Ahora solo estaban ellas.
Y la verdad.
—¿Qué quieres decir con que no soy la primera? —preguntó Celina.
Valentina la observó con calma.
—Tu madre no descubrió algo nuevo.
Pausa.
—Descubrió algo repetido.
Celina sintió que su respiración se aceleraba.
—Eso no tiene sentido…
Valentina caminó hacia la mesa.
—Sí lo tiene si entiendes el origen.
Abrió otra carpeta.
Mostró fotografías antiguas.
Niños.
Familias.
Registros.
Celina sintió un mareo leve.
—¿Qué es todo esto?
Valentina la miró.
—Patrones de selección.
Celina dio un paso atrás.
—No.
Valentina continuó.
—Tu madre encontró evidencia de que ciertas familias habían estado… organizando futuros.
Celina sintió rabia.
—¡Eso es absurdo!
Valentina no elevó la voz.
—Entonces dime por qué tu nombre aparece en archivos anteriores a tu nacimiento oficial.
El aire desapareció.
Celina se quedó inmóvil.
—Eso no puede ser verdad…
Valentina acercó un documento.
—Lee.
Celina lo tomó con manos temblorosas.
Y lo vio.
Una anotación.
Antigua.
Fría.
Clara.
“Posible asignación: descendencia Lucía Ríos. Evaluación previa.”
Celina dejó caer el papel.
—No…
Su voz se quebró.
—No soy un experimento.
Valentina la miró fijamente.
—No eres un experimento.
Pausa.
—Eres el resultado de uno.
El mundo se rompió en silencio.
En la casa, Mauricio escuchaba al hombre con el rostro tenso.
—Lucía descubrió que esto no era solo Montenegro —continuó el padre de Celina—. Era una red más grande.
Inés cruzó los brazos.
—¿Qué red?
El hombre dudó.
—Personas que decidían compatibilidades familiares. Herencias. Linajes.
Mauricio frunció el ceño.
—Eso no es posible.
El hombre lo miró.
—Y sin embargo, Celina está viva.
Silencio.
Mauricio sintió un golpe interno.
—¿Dónde está Valentina exactamente?
El hombre respondió sin dudar.
—Con Celina.
Inés cerró los ojos un segundo.
—Entonces tenemos que movernos ya.
Mauricio ya estaba caminando hacia el coche.
—No.
Ambos lo miraron.
Mauricio apretó los puños.
—Voy a sacarla de ahí.
Inés lo detuvo.
—Si entras sin entender todo, la vas a perder más rápido.
Mauricio la miró.
—Ya la estoy perdiendo.
El silencio se volvió definitivo.
Inés no respondió.
Porque no había respuesta segura.
Celina cayó de rodillas.
La habitación parecía más pequeña.
Más cerrada.
Más falsa.
—Esto no puede ser real… —susurró.
Valentina la observó.
—Lo es.
Celina levantó la mirada.
Con lágrimas.
Con rabia.
Con miedo.
—¿Por qué yo?
Valentina se acercó.
Y por primera vez su voz bajó.
—Porque Lucía intentó romper el sistema.
Pausa.
—Y lo único que lograron hacer fue reemplazarla.
Celina respiró entrecortada.
—¿Reemplazarla…?
Valentina asintió.
—Con personas como tú.
El aire se volvió insoportable.
En el exterior, Mauricio llegó a la entrada del lugar señalado.
La casa.
La misma.
La puerta estaba entreabierta.
Inés lo alcanzó.
—Mauricio…
Pero él ya estaba entrando.
—No hay más tiempo.
El interior estaba oscuro.
Demasiado silencioso.
Hasta que escuchó algo.
Un sonido leve.
Una voz.
Celina.
Mauricio aceleró.
—¡Celina!
Otro sonido.
Una silla moviéndose.
Pasos.
Y entonces…
una voz femenina desconocida.
—Llegas tarde.
Mauricio se detuvo.
La figura apareció al fondo del pasillo.
Valentina.
De pie.
Tranquila.
Mirándolo directamente.
Y entre ambos…
Celina.
Arrodillada.
Mirándolo con lágrimas en los ojos.
—Mauricio… —susurró ella.
El mundo entero se rompió en ese instante