Callahan era el médico frío, el dios del sexo que no sentía amor... hasta que su cuerpo dejó de funcionar de repente. Una noche al llegar a casa escuchó una voz en la televisión que fue capaz de despertarlo. Esa voz era de un ¡HOMBRE!...
Sabastian es un actor famoso, joven e ingenuo. Espera encontrar el amor a primera vista.
El destino los reunió en el hospital.
Callahan al escuchar que alguien gritaba de dolor, volvió a reaccionar. Sebastián al verlo se enamoro a primera vista y lo persiguió.
Callahan juró que solo sería sexo, una cura, un experimento. Pero Sebastián llegó con la intención de conquistarlo y lo logró. Pasó de ser el dominante... al perrito faldero que suplica atención, que se pone celoso y que quiere gritarle al mundo entero que es suyo. De rompecorazones a esclavo de un solo hombre.
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Cp.2- Cuerpo traidor.
Con pesadez tomó el control remoto, le dió al botón de encender para el televisor, solo para llenar el silencio. No le importaba qué saliera en la pantalla. Solo necesitaba ruido para no escuchar sus propios pensamientos
La imagen apareció. Era una película, una de esas románticas que a veces pasaban en la televisión. ¡Y entonces... SU VOZ!. Fue como si le hubieran golpeado con un rayo.
—¡¡SUÉLTAME!! ¡¡DÉJAME EN PAZ!! ¡¡NO QUIERO VERTE NUNCA MÁS!! —gritó la voz desde la pantalla, tenía lágrimas y sollozaba.
Callahan alzo la cabeza de golpe, los ojos muy abiertos, el corazón empezando a bombear descontroladamente. ¡Ahí estaba!... Sebastián Hunter, un actor joven y popular.
Salía en pantalla, con su rostro joven y hermoso, con lágrimas en los ojos, sollozaba forcejeando con otro actor, gritando con desesperación.
—¡¡TE ODIO! ¡¡ME HACES DAÑO!! ¡¡YA NO PUEDO MÁS!! —Gritaba. Gritaba fuerte, pero para los oídos de Callahan... eso no sonaba como un grito de dolor.
Escuchó ese tono agudo, esa vibración en su garganta, ese quiebre en su voz... y su cerebro lo tradujo directamente en algo completamente distinto. Sonaba a gemido, sonaba exactamente a cómo sonaría si él estuviera encima de él, haciéndole cosas prohibidas, llevándolo al límite, haciéndole suplicar por más.
Callahan sintió un calor repentino y brutal que se le subió desde la entrepierna hasta la nuca. Su respiración se cortó. La sangre bajó de golpe, concentrándose en un solo lugar. Miró hacia abajo, incrédulo. Por primera vez en dos meses... por primera vez desde que su cuerpo decidió traicionarlo... Estaba duro, completo y dolorosamente erecto, todo por escucharlo gritar.
—¡Mi*rda...! — jadeó, llevándose una mano a la frente, sintiendo el sudor frío al cubrirse la piel—. ¡¡MI*RDA!!.
Se levantó de un salto y corrió al baño, se apoyó en el lavabo, mirándose al espejo. Sus ojos estaban inyectados, salvajes como lobo en celo.
Aún podía escucharlo en su cabeza. «¡¡No puedo más!!». Se bajó los pantalones y la ropa interior de un tirón. Su £rección era tan fuerte que dolía. Agarró su miembro con la mano, y al tocarse, una imagen mental apareció de inmediato: Sebastián.
Su rostro, su boca entreabierta, sus ojos mirándolo de esa forma inocente y pura que le daban ganas de romperlo.
Empezo a +turbarse con furia, con desesperación, imaginando que no era su mano, sino la suya. Imaginando que Sebastián estaba de rodillas frente a él, tomándole en su boca, haciendo esos mismos sonidos que salían de la televisión.
—Sebastián... —gimió su nombre en un susurro ronco, perdiendo toda cordura—. Dios mío... Sebastián... sí... así...
Se imaginó sujetando su cintura, empujando dentro de él, escuchándolo llorar de placer, pidiéndole que no parara. Cada movimiento de su mano era una embestida mental contra su cuerpo delgado y joven.
—Grita para mí... grita mi nombre... solo yo puedo hacerte sentir así...
La sensación era abrumadora, intensa, mucho más fuerte y real que con cualquier mujer que hubiera tenido antes. Se estaba consumiendo vivo. Y cuando llegó al clímax, £yaculando con fuerza sobre los azulejos del baño, fue con su nombre saliendo de sus labios y la imagen de su cara grabada en su mente... Se quedó allí, apoyado contra el espejo, temblando, respirando con dificultad, intentando entender qué demonios acababa de pasar.
El silencio volvió. Y entonces la realidad le golpeó más fuerte que la bofetada de esa chica.
Se resbaló hasta el suelo, sentado en el frío piso de cerámica, mirando sus manos sucias de su propio placer.
—¿Qué me pasa? —murmuró, aterrado, pasándose las manos por el cabello—. ¿Me he vuelto gay de repente? ¿Es posible?.
Pensó en la chica de esta noche, pensó en todas las mujeres hermosas que habían pasado por su cama y las de los últimos dos meses que no habían logrado nada. Pensó en que bastó la voz de un HOMBRE para hacerle explotar como un adolescente caliente.
—No... no es que me gusten los hombres — razonó en voz alta, tratando de buscar una excusa, una salida—. Tiene que ser otra cosa... Estoy enfermo... tengo algún tipo de fijación mental...
Se tapó la cara con las manos, sintiendo asco de sí mismo.
—¡Me he vuelto un maldito pervertido! — grito contra sus manos—. Un enfermo obsesionado con un niño actor que apenas vió en la televisión... ¡Dios mío! ¡Soy un monstruo!
Porque lo peor de todo... no era que se hubiera excitado con un hombre. Lo peor, lo que realmente le aterraba... era que no se arrepentía.
Por primera vez en mucho tiempo, se había sentido vivo. El culpable tenía nombre, apellido y una voz que le había condenado para siempre.
Sebastián Hunter... (๑˙❥˙๑)