Camila Naranjo estaba a tres meses de casarse con Diego Cárdenas, el hombre al que amó toda su vida. Pero Diego se enamoró de su secretaria y creyó que Camila aceptaría una boda sin amor con tal de conservar su lugar en la familia Cárdenas.
Se equivocó.
Después de una humillación pública y de descubrir que su propia familia siempre elegirá a otra mujer antes que a ella, Camila cancela la boda y toma una decisión que nadie vio venir: se casa con Sebastián Cárdenas, el tío de Diego y el hombre más poderoso de la familia.
Ahora Diego tendrá que verla en cada cena familiar como la esposa de su tío.
Lo que empezó como una venganza elegante se convierte en un matrimonio lleno de secretos, deseo y una protección que Camila nunca había conocido.
Esta vez, ella no va a rogar por amor.
Esta vez, todos tendrán que verla ganar.
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Capítulo 12
Capítulo 12
Sebastián no volvió a la oficina ese día.
Llevó a Camila a casa, la hizo comer y la acostó. Ella quería preguntarle mil cosas sobre Leonardo, sobre el florero, sobre su madre y sobre por qué su voz se había vuelto tan oscura en la residencia, pero el sueño la venció antes de poder ordenar una sola pregunta.
Despertó al atardecer con Sebastián todavía a su lado.
—¿No trabajas?
—Moví la agenda desde anoche, cuando te lastimaron la cara.
Camila se quedó mirándolo. Él había hecho espacio antes de saber qué pediría ella.
Más tarde, en la cena, Camila mencionó las rosas que seguían por toda la casa. Tirarlas le parecía un crimen. Decidió enviar cien a cada local de la calle Altabrisa, la zona comercial que su abuela le había heredado, y mandar el resto a una florería llamada Doble Felicidad.
Al pronunciar ese nombre, su mano se cerró de golpe sobre la cuchara.
Sebastián lo notó.
—¿Quieres que Pablo lo organice?
—No. Yo llamo al dueño.
Él asintió. No presionó, pero el nombre quedó guardado.
Esa noche, en el hospital, Dulce cuidaba a Bruno Ortega, quien estaba enyesado, vendado y de pésimo humor. Había tenido un accidente después de discutir con ella. Él quería ir al baño. Ella, roja de vergüenza, intentó ayudarlo con un recipiente. La escena fue tan humillante para ambos que, cuando Camila llegó con Sebastián, Dulce huyó con ella a cenar algo.
En una fonda cercana, Dulce contó lo sucedido.
La noche anterior había hablado con Bruno. Él le dijo que no la amaba, que no quería casarse, que Misa Santos era una responsabilidad que no podía soltar. Dulce entendió por fin que llevaba años golpeándose contra una puerta cerrada.
—Le dije que canceláramos el compromiso.
Camila no la interrumpió.
—Después me quiso llevar a casa. Yo no quería verlo. Lo golpeé con el bolso, lo pisé con los tacones y salí corriendo. Un auto casi me atropella. Él me siguió y terminó golpeado.
Dulce bajó la vista.
—Quiero renunciar. No quiero seguir trabajando en su empresa.
Camila le tomó la mano.
—Entonces renuncia. Ven conmigo. Estoy reabriendo mi estudio y necesito una socia que me mande a trabajar cuando yo quiera acostarme a mirar el techo.
Dulce lloró otra vez, pero esta vez no solo por dolor. También por alivio.
Al día siguiente tiró la renuncia sobre la cama de hospital de Bruno.
—Mi familia hablará de cancelar el compromiso. Tú habla con la tuya. En el trabajo haré la entrega pendiente.
Bruno la miró, incrédulo.
—¿A dónde irás?
—Con Camila.
Sebastián visitó a Bruno después. Él llevaba media hora quejándose de la humillación del recipiente, de sus huesos, de que Sebastián lo había abandonado por dormir con su esposa.
Sebastián lo escuchó con paciencia y luego dijo:
—Si vas a casarte algún día, Dulce es la persona adecuada. Si no piensas casarte, déjala ir.
Bruno se quedó callado.
Sebastián también habló de Misa.
—Ella está segura de que, haga lo que haga, la protegerás. Eso se volverá peligroso.
Bruno no respondió, pero la incomodidad se le quedó en la cara.
Luego Sebastián preguntó por la florería Doble Felicidad. Años atrás, Bruno había oído a Dulce hablar por teléfono con Camila sobre remodelar un local en Altabrisa para una mujer llegada de un pueblo. Sebastián investigó lo justo para saber que la mujer tenía relación con el lugar donde Camila fue hallada tras su secuestro.
No continuó.
No quería abrir por la fuerza un secreto que Camila había decidido proteger.
Mientras tanto, Camila y Dulce buscaron un nuevo lugar para el estudio. Revisaron opciones durante semanas. Ninguna le gustaba a Camila hasta que Sebastián le entrego dos llaves.
Los locales de Polanco, junto al club privado, ahora eran suyos. Uno sería estudio fotográfico. El otro, cafetería y pastelería con un pequeño departamento arriba para descansar.
—Dulce dijo que trabajas mejor si puedes comer algo dulce cerca —le dijo Sebastián.
Camila creyó que todo venía de Dulce. No supo que Sebastián había estudiado sus viejos diseños, sus fotos, incluso los planos de la casa que iba a compartir con Diego, para que el estudio fuera exactamente de su gusto.
Cuando por fin vio el letrero de su nuevo estudio, sintió una gratitud tan grande que casi le dio miedo.
El matrimonio ya tenía casa.
Su carrera, al parecer, también.
Y por primera vez en mucho tiempo, Camila no quiso huir de ninguna de las dos cosas.
Esa tarde recorrió el estudio vacío una vez más. Tocó las paredes recién pintadas, abrió los cajones del área de maquillaje, comprobó la luz del set principal y se quedó más tiempo del necesario frente a la puerta del cuarto oscuro.
En su antiguo estudio todo había sido provisional. Lo rentó porque quedaba cerca del departamento de Diego, porque así podía verlo si él llamaba, porque hasta su trabajo estaba organizado alrededor de un hombre que no sabía quedarse.
Este lugar era distinto.
No estaba cerca de Diego. Estaba cerca de ella.
Dulce entró con dos cafés y la encontró sonriendo sola.
—¿Qué?
—Nada. Creo que me gusta.
—¿El estudio o tu esposo?
Camila le quitó un café.
—El estudio.
Dulce la miró con cara de no creerle. Camila decidió no discutir. Todavía no tenía una respuesta que pudiera decir en voz alta sin ponerse nerviosa.