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AMORES DE LA ÉLITE

AMORES DE LA ÉLITE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Romance / Amor eterno / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

El Precio de la Libertad
En las frías y oscuras mazmorras donde los sueños se apagan, una mujer encadenada guarda el secreto de su propia resistencia. Despojada de todo menos de su dignidad, su llanto no es de debilidad, sino el eco silencioso de un alma que se niega a doblegarse.
Amores de la ÉLITE
Entre salones de baile iluminados por imponentes candelabros, copas de cristal y miradas que lo dicen todo, se mueve la alta sociedad. En este exclusivo universo donde el poder y el dinero dictan las reglas del juego, dos almas se cruzan para descubrir que el lujo más codiciado no se lleva en los dedos ni en las joyas, sino en la intensidad de un amor apasionado. Tres élite se unen la familia Monasterio, la familia Valderrama Morales y la familia Pineda Castillo.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ECO DE LA VICTORIA Y LA FURIA EN LA GUARIDA

​El silencio que siguió al último eco de los disparos en el patio trasero de la clínica fue pesado, casi sepulcral. Las alarmas perimetrales, tras ulular durante lo que parecieron horas, se apagaron de golpe dejando el ambiente sumido en el zumbido constante de los equipos médicos y el repiqueteo suave de la llovizna contra los cristales blindados.

​En el balcón superior, la teniente Samantha Blake permanecía estática, con el rifle táctico apoyado contra su hombro y la mirada fija en los cuerpos inertes que yacían sobre el pavimento húmedo. Su respiración era lenta, controlada, el reflejo exacto de una mente fría y calculadora que había cumplido con su deber defensivo sin un solo atisbo de duda. Detrás de ella, los dos agentes del equipo de operaciones especiales guardaban rigurosa disciplina, inspeccionando los flancos en busca de posibles rezagados.

​—Área totalmente despejada, mi teniente. No hay movimiento en los perímetros adyacentes —informó el suboficial a cargo, bajando el cañón de su arma.

​Samantha asintió con un gesto seco de mandíbula. Guardó el seguro del rifle y se ajustó el comunicador del chaleco antibalas.

​—Aseguren el perímetro, recojan las armas de los caídos y dejen que el equipo forense de la fiscalía se encargue del levantamiento cuando llegue la policía metropolitana. Yo voy adentro a reportarme con el alto mando —ordenó con voz firme, antes de girar sobre sus talones y adentrarse de nuevo en el refugio clínico.

​Al cruzar las puertas dobles de seguridad que conducían al ala principal, la escena contrastaba brutalmente con el horror de la balacera exterior. Las luces blancas y pulcras del pasillo brillaban reflejadas en el piso encerado. Recargada contra la pared, con los brazos cruzados y el rostro marcado por la tensión contenida, la doctora Diana Monasterio la esperaba.

​En cuanto vio aparecer la silueta táctica de Samantha, el alma pareció regresarle al cuerpo. Diana corrió los pocos metros que las separaban y se arrojó a sus brazos, enterrando el rostro contra el pecho protegido por el chaleco antibalas de su pareja.

​—Dios mío, Sam... escuché los disparos muy cerca. ¿Estás bien? ¿Hay heridos de este lado? —preguntó Diana con la voz quebrada por la angustia acumulada, aferrándose a la tela de su uniforme como si temiera que se desvaneciera.

​Samantha dejó caer el rifle a un costado, relajó los hombros por primera vez en toda la noche y rodeó la cintura de Diana con fuerza, enterrando el rostro en el hueco de su cuello para respirar su paz.

​—Estoy bien, mi amor... nadie ha pisado este hospital. Los mercenarios intentaron romper el acceso de servicio, pero el equipo neutralizó la amenaza antes de que pusieran un solo pie adentro —susurró Samantha con infinita ternura, depositando un beso suave en la sien de la cirujana—. Ya pasó el peligro inmediato. Nadie va a tocar a tu familia, ni a Andrés, ni a Anastasia. Te lo prometí.

​A pocos pasos de allí, observando la escena con una mezcla de profunda admiración y elegancia internacional, la doctora Elena Morales se acercó despacio, sacudiéndose una pelusa invisible de la bata de diseñador.

​—Bueno, querida teniente, debo admitir que tienes una puntería envidiable —comentó Elena con una sonrisa socarrona, rompiendo la tensión del momento con su característico estilo sofisticado—. Si alguna vez te aburres de correr detrás de criminales en este país, te invito a dirigir el departamento de seguridad de mis clínicas en el extranjero; allí pagan muy bien por reflejos como los tuyos.

​Samantha soltó una ligera carcajada ahogada, separándose lo justo de Diana para mirar a la neurocirujana con una chispa de diversión en los ojos oscuros.

​—Gracias por la oferta, doctora Morales, pero creo que mi especialidad sigue siendo mantener a raya a los idiotas que intentan arruinarle la vida a la gente inocente —respondió Samantha con una sonrisa de medio lado.

​Mientras tanto, a kilómetros de distancia de la clínica, en las sombras de la zona industrial este, el panorama era completamente opuesto.

​El galpón abandonado que servía como centro de operaciones clandestino de Rubén Martínez se había convertido en una olla de presión a punto de estallar. El teléfono satelital que conectaba con el comando de asalto trasero emitía un tono de llamada constante, monótono y desesperante que nadie del otro lado respondía.

​Rubén caminaba de un lado a otro frente al escritorio metálico, con las venas del cuello inflamadas y los ojos inyectados en sangre por la furia contenida.

​—¿Por qué carajos no contestan? ¡Les ordené que entraran y me trajeran a la mujer! —bramó Rubén, arrojando el comunicador contra el suelo de concreto, donde estalló en mil piezas.

​Uno de los pocos matones que le quedaban en la estancia tragó saliva con dificultad, dando un paso al frente con el rostro pálido como el papel.

​—Señor... la señal del GPS de la camioneta se detuvo por completo en el muelle de carga del hospital... y hace unos minutos las frecuencias de radio de nuestro equipo murieron una a una. Es muy probable que... que la policía o los escoltas los hayan neutralizado a todos.

​Un silencio helado se apoderó del galpón. Rubén se quedó completamente inmóvil, con la mirada perdida en el vacío. El peso de la derrota comenzó a aplastarlo como una losa de plomo. Ya no le quedaban hombres, ya no tenía rutas de escape viables hacia la frontera, y el cerco policial se cerraba inexorablemente sobre su cabeza. Su imperio criminal, construido a base de extorsión, sangre y miedo, se desmoronaba en cuestión de horas.

​—Me acorralaron... me quitaron todo —susurró Rubén con una voz ronca, casi inaudible, mientras una mueca de desesperación demencial distorsionaba sus facciones. Sacó de la cintura su pistola con cachas de nácar y la apoyó pesadamente sobre el escritorio—. Pero si voy a caer, juro que no me iré solo al infierno.

​En las afueras del galpón, el sonido lejano pero inconfundible de las sirenas de los blindados tácticos de la policía comenzó a escucharse en la madrugada, anunciando el principio del fin para el hombre que creyó que podía comprarlo y destruirlo todo. La justicia, aunque tardía, marchaba implacable hacia su encuentro.

1
Luisa Franco
la historia promete
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