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LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna) / Completas
Popularitas:23.1k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12 — El narciso y la perra

Marcelo Alarcón leyó el mensaje tres veces antes de creerlo.

La Dama del Fénix acepta. Una hora. Sin preguntas, sin tocar, con el antifaz. Seis millones, efectivo, la moneda la elige ella.

Se quedó mirando la pantalla del teléfono.

Después se rió. Una risa baja, satisfecha. La risa de un hombre que acaba de ganar.

Estaba sentado en el reservado del fondo del Lotus, con el antifaz negro veneciano todavía puesto y la quinta copa de whisky de la noche enfriándose adelante. La música del bar le llegaba como desde lejos. No la oía. No oía nada. Solo veía el mensaje. La Dama del Fénix acepta.

Lo había logrado.

Tres semanas de viernes humillado en su propio reservado y al final lo había logrado. La mujer le iba a bailar a él. A él solo. Sin nadie más mirando. La que tenía a media ciudad ofreciendo cifras estúpidas, la que rechazaba millones como si fueran calderilla, le había dicho que sí a Marcelo Alarcón. Y a nadie más.

Lo sabía,pensó. Lo supe la primera noche. Esta mujer me miró distinto desde el escenario. Yo lo sentí. Por eso bailaba para mí, por mí. Solo por mí.

Se acabó el whisky de un trago. Se levantó. Pagó la cuenta sin mirar la cifra. Salió del Lotus caminando recto, con los hombros levantados, como salía de los lugares cuando se sentía importante.

Afuera, llovía despacio.

Marcelo subió al auto. Le dijo al chofer que lo llevara a la casa. Inmediato. Sin demoras.

Mientras el auto avanzaba por la ciudad mojada, Marcelo se acomodó en el asiento de atrás y empezó a hacer cuentas en la cabeza.

Seis millones.

No los tenía.

Tenía como tres y medio en líquido, repartidos en dos cuentas, y los demás los iba a tener que mover de algún lado.

De Renata.

Por supuesto. ¿De dónde más?

Marcelo sonrió en la oscuridad del auto. La sonrisa de un hombre que llevaba quince años practicando el mismo truco y todavía le funcionaba.

La mansión estaba en una zona del norte de la ciudad, atrás de un portón eléctrico con cámaras de seguridad. Cuando el auto entró al garaje, Marcelo vio por el espejo retrovisor que la luz del salón principal estaba encendida.

Renata estaba despierta.

Por supuesto que está despierta. Esta mujer no duerme, espera.

Bajó del auto. Acomodó el saco. Caminó hasta la puerta. Antes de abrirla, se quitó el antifaz veneciano y se lo metió al bolsillo interno del saco. Se pasó la mano por el pelo. Compuso la cara.

La cara que tenía para Renata era una cara específica. La cara del esposo cansado que llega tarde de un trabajo difícil. Esa cara la había practicado durante quince años frente al espejo.

Abrió la puerta.

Renata estaba parada al pie de la escalera, con una bata de seda blanca, los brazos cruzados, el cabello rubio recogido con un detalle imperfecto que delataba que llevaba horas tocándoselo.

Lo miró desde arriba abajo.

—¿Dónde estabas?

—En la oficina.

—Mentira.

—Renata, por favor.

—¿En qué oficina, Marcelo? ¿En la que cierra a las seis o en la que cierra cuando tú dices?

Marcelo no contestó. Caminó hacia la escalera. Renata se le paró enfrente. No alta. No corpulenta. Pero parada justo en el escalón que le tocaba subir, con los brazos cruzados, era una pared.

—Sigues detrás de esa perra.

—Renata.

—Sigues. Estuviste en su club anoche. Hoy también. Crees que no me entero.

—Renata, no…

—Te lo advierto por última vez, Marcelo. Jamás te voy a dar el divorcio. Jamás. Antes los mato a los dos. A ella y a ti. Antes los entierro juntos en el patio trasero. ¿Me oyes?

Marcelo la miró un segundo.

No la miró con miedo. No la miró con cariño. La miró con la paciencia con la que se mira a un perro viejo que ladra todas las noches a la misma hora.

—Renata, estoy cansado. Me voy al despacho. Hablamos mañana.

—Marcelo, te estoy hablando.

—Mañana.

La esquivó. Subió la escalera. Renata se quedó al pie, mirándolo con los ojos brillando de algo que no era llanto.

Marcelo no miró atrás.

Entró al despacho. Cerró la puerta. Le echó llave.

El despacho estaba en silencio. Una sola lámpara encendida sobre el escritorio de caoba. La pantalla del computador esperando que él la tocara.

Marcelo se sentó. Movió el ratón. La pantalla se encendió.

Sabía lo que estaba haciendo. Lo había hecho otras veces. No con esta cifra, pero con cifras menores, sí. Renata era dueña de una fortuna que en quince años de matrimonio Marcelo había aprendido a manejar con una destreza que la propia Renata desconocía. Tenía sus cuentas en seis bancos distintos. Tenía propiedades en tres países. Tenía inversiones que su contador la convencía de que no tocara y que en realidad Marcelo había aprendido a tocar él mismo, despacio, en cantidades pequeñas, con justificaciones plausibles.

Esa era la razón por la que en quince años no la había dejado.

No por amor.

Por dinero.

Renata era rica de cuna. Marcelo era rico de matrimonio. Si se separaba, perdía todo. La propia firma legal que habían hecho al casarse —la firma que Renata había exigido como condición— se lo aseguraba. Mientras estés casado conmigo, tienes acceso. El día que firmes el divorcio, sales con la maleta con la que llegaste.

Por eso Renata podía amenazarlo todas las noches con matar a Valentina. Sabía que él no se iba a ir. Y Marcelo lo sabía también.

Pero esta noche no era un asunto de dejarla. Esta noche era un asunto de mover plata.

Marcelo entró a las cuentas. Tecleó la clave maestra que Renata había compartido con él hacía siete años para una emergencia médica de la suegra. Renata nunca la había cambiado. Confiaba en él. Eso siempre lo había hecho reír.

En cuatro minutos, había abierto cuatro pestañas distintas. En seis, había seleccionado las cuentas con saldo. En ocho, había hecho la primera transferencia a una cuenta intermedia. En diez, la segunda. En doce, la tercera.

Seis millones y medio.

Medio millón extra. Para el regalo.

Marcelo confirmó la última transferencia y cerró el computador. Se sirvió un whisky. Se acomodó en el sillón de cuero. Bebió un sorbo. Sonrió.

Otra vez la sonrisa del que acaba de ganar.

Sacó el teléfono. Mandó el mensaje.

Acepto. Seis millones, efectivo, dólares. Dígame fecha y lugar. Estoy listo.

Se acomodó mejor en el sillón. Bebió otro sorbo.

Vale,pensó. Querida. Estás molesta conmigo, lo entiendo. Te lo merezco. No fui a verte cuando me llamaste. Lo sé. Soy un hijo de puta, también lo sé. Pero soy tu hijo de puta. Y cuando esto se calme, cuando logre tu perdón, voy a recuperar este dinero, te juro que sí. Tú nunca me dices que no. Ahora estás hormonal por lo que te pasó, está bien, lo entiendo. Pero pronto vas a volver a abrir la puerta. Todas vuelven. Tú no eres la excepción.

Se sirvió otro whisky.

Marcelo Alarcón estaba tan acostumbrado a creer sus propias mentiras que ni siquiera notaba que se mentía.

Esa había sido siempre su gran virtud. Y su gran error.

Abajo, en el salón principal, Renata seguía parada al pie de la escalera, todavía con los brazos cruzados.

El teléfono le vibró en el bolsillo de la bata.

Lo sacó. Miró la pantalla. Notificación del banco.

Movimiento detectado en cuenta principal. 2 millones USD transferidos a cuenta intermedia.

Renata pestañeó.

Antes de que pudiera reaccionar, el teléfono vibró otra vez.

Movimiento detectado en cuenta de inversiones. 2.5 millones USD transferidos a cuenta intermedia.

Y otra vez.

Movimiento detectado en cuenta secundaria. 2 millones USD transferidos a cuenta intermedia.

Renata se quedó mirando la pantalla.

Seis millones y medio.

En diez minutos.

Levantó la vista hacia el segundo piso. La luz del despacho de Marcelo estaba encendida. Se oía música suave por debajo de la puerta. El imbécil estaba celebrando.

Renata cerró el teléfono.

Su primer impulso fue subir corriendo, romper la puerta del despacho a patadas y matarlo a martillazos con el martillo de chimenea del salón.

Su segundo impulso fue mejor.

Soltó el aire despacio. Se descruzó los brazos. Caminó hasta el bar del salón. Se sirvió un coñac. Lo bebió despacio, sin temblar.

Marcelo, mi vida.Pensó. Tú no eres un hombre. Tú eres un imbécil con suerte. Y tu suerte se acabó esta noche.

Sacó el teléfono otra vez. Llamó a su asistente personal. La asistente contestó al segundo timbre, a pesar de la hora.

—Señora Alarcón.

—Necesito vigilancia sobre Marcelo a partir de mañana. Veinticuatro horas. Discreta. Quiero saber a dónde va. Con quién habla. Qué hace con seis millones y medio de dólares.

—¿Empezamos mañana o esta noche?

—Empieza ahora.

—Sí, señora.

—Y una cosa más.

—Dígame.

—Si lo ves cerca del Lotus, no te metas. Solo informa. Y si lo ves entregando dinero a alguien, sea quien sea, hombre o mujer, quiero la foto.

—Entendido.

Renata colgó.

Bebió el resto del coñac de un trago.

Se sentó en el sofá del salón. Se cruzó las piernas. Se quedó mirando la chimenea apagada.

Una sonrisa pequeña, fría, le apareció en la cara.

Si Marcelo Alarcón estaba moviendo seis millones y medio de la fortuna de su esposa para una mujer, esa mujer iba a morir. Pero Renata no se iba a apresurar esta vez. La última vez había usado champán y la idiota había sobrevivido. Esta vez la quería ver con su propia cara. La quería ver pedir perdón. La quería ver de rodillas.

Y a Marcelo lo quería ver mirando, sin poder hacer nada, mientras la mujer por la que había robado le pedía a su mujer legítima que la perdonara.

Eso, pensó Renata, era el final correcto.

Subió a su recámara. Se acostó del lado izquierdo de la cama. Apagó la luz.

Durmió mejor que nunca.

1
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
jajaja me encantaría ver si bien no sus bailes al menos sus vestuarios la corona esa hermosa máscara que la cuida 🥰🥰
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
esto se puso sospechoso
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
excelente
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
alguien me explica cómo se hizo famosa tan rápido jajaja los reservados del viernes debes cobrar todo al triple sacan plata pero sin vender su cuerpo y eso te dará mucho más capital para ayudar a más chicas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
me encanta la novela amaría que tuviera imágenes o fotos para disfrutar mas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
y cobrales con intereses a todos mi ciela
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
al menos está Clarita que lo va a mandar a freír espárragos si es que vuelve🤬
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
hablando de cobardes 🤷🏼‍♀️
Roxana C Añez
Me enamoré de la historia, fue... refrescante leer algo tan original.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Roxana C Añez
Podrá haber sido un pendejo... pero está parte me dolió 🥺
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺
Corina Galantti
una historia hermosa, muy triste, pero con final FELIZ! ME ENCANTÓ. BENDICIONES ESCRITORA
Celia Maza
muy pero muy buena. tenía tiempo que no leía una novela asi
Elizabeth Delvicier
bien fuerte en época machista donde los hombres comían de cada plato y las mujeres tenían que esperar para ser visitadas en sus alcobas
Evelyn
Me encanta como escribes yo leo desde México y me encanta la protagonista una mujer empoderada y que no se dela dominar por nadie
Guadalupe Flores
👏👏👏👏👏👏 Que bonito final. Se fue en paz Valentina. No me gustó que muriera Lucía. Y me quede con ganas de ver más sufrir a Remata. Jajaja felicidades escritora muy bonita novela
Guadalupe Flores
Imaginate jaja3 dos niñas y un niño. Lucia, Lin Hua y el niño que no recuerdo el nombre del papá de Dante. Sería perfecto 👏👏👏👏
Guadalupe Flores
Desde la primera vez que dijiste verdad vieja me recordó a mi mamá ella tenía esa costumbre de decir esas mismas palabras y hablarse a si misma así. 😭
MariaVG😘
hermosísima historia. Te hace sentir muchas cosas emociones. Me encantó la vieja y su hijo de puta🤭🤭 felicidades autora tienes un talento increíble 👏👏👏💐💐💐
MariaVG😘
hermosísima historia. Te hace sentir muchas cosas emociones. Me encantó la vieja y su hijo de puta🤭🤭 felicidades autora tienes un talento increíble 👏👏👏💐💐💐
Lucia Feliciano Falcao
Este pandillero cobarde y ladrón está charlado, no ve que cuando la limosna es grande el ciego desconfía y el cree que la mafiosa de la mujer va le regalar esa suma de dinero por su cara demacrada sin querer nada a cambio.😸😸😸
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