nunca hay que mentirse a uno mismo
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12
Al término del desayuno, la atmósfera en la terraza del penthouse seguía vibrando con una electricidad que el café no podía explicar. Las miradas provocadoras iban y venían, cargadas de la complicidad de quienes han compartido secretos corporales toda la noche. Carmín soltaba piropos y frases con doble sentido que Vincent, a pesar de su mundo de poder, no siempre lograba descifrar de inmediato; cuando ella finalmente le explicaba el modismo mexicano, él soltaba una risotada y se sonrojaba, una reacción que a Carmín le resultaba adorablemente humana.
Ambos se mentían con una desfachatez encantadora. Ella sostenía el estandarte de la viajera solitaria que solo iba de paso, protegiendo su corazón herido tras una coraza de indiferencia. Él, por su parte, se aferraba a la máscara de "simple empresario", disfrutando por primera vez en años de la sensación de ser simplemente un hombre, no el jefe de la mafia italiana cuyo nombre hacía temblar los puertos. Un día y una noche les habían bastado para construir un refugio de mentiras donde el placer era la única verdad absoluta.
Cuando finalmente se despidieron para que ella regresara con Nina, Vincent se dirigió a su mansión con la imagen de ella más viva que nunca , se encontraba en su despacho cuando la puerta se abrio abruptamente.
—¡Por fin te encuentro! —exclamó Dante Marconi, entrando con paso firme y el ceño fruncido—. Hola, Dante... ¡Hola, Dante! ¡En serio! Ayer te busqué como un loco. ¿Dónde rayos te metiste? Había cosas urgentes que checar en el puerto y desapareciste del mapa.
Vincent, que seguía con la vista perdida , respondió con una calma que desquició aún más a su segundo al mando.
—Estuve en mi penthouse, Dante.
—¿En tu penthouse? —Dante se detuvo en seco, incrédulo—. Si odias ese lugar, nunca lo visitas porque dices que es "demasiado estéril". ¿Qué pasó anoche para que te encerraras ahí?
Vincent dejó escapar una pequeña sonrisa y, con una elegancia que no dejaba lugar a réplicas, le platicó todo... o bueno, lo que era educadamente posible contar. Los detalles "contenido para adultos" y los gemidos que aún resonaban en sus oídos se los guardó para sí mismo como un tesoro privado. Le contó a Dante sobre el magnetismo de Carmín, sobre su risa que desarmaba y, lo más importante, sobre su plan.
—Voy a tomarme un mes para mí, Dante. Un mes para estar con ella, para disfrutar de su piel y de esa forma tan única que tiene de ver el mundo. Encárgate de lo cotidiano; yo solo intervendré si la ciudad se quema.
Dante se quedó en silencio, analizando a su jefe. Vincent Salvatore no hacía planes por placer; él siempre planeaba por poder. Pero al ver el brillo en sus ojos, Dante comprendió que la diseñadora mexicana no solo había reclamado un lugar en su cama, sino que estaba empezando a colonizar territorios de su mente que Vincent nunca antes había cedido a nadie.
—Estás loco, Vincent —murmuró Dante, negando con la cabeza—. Esa mujer es fuego, y tú te estás tirando de cabeza al incendio sin traje de protección.
—Exactamente —respondió Vincent, poniéndose de pie y caminando hacia la ventana—. Y no tienes idea de lo bien que se siente empezar a arder.
Dante salió del despacho refunfuñando, sabiendo que ese mes sería el más caótico de su carrera, mientras Vincent se quedaba solo, preguntándose cuánto tiempo pasaría antes de que la "mentira" de ser solo un hombre común terminara por estallarles en la cara.
no se vale