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Tras Los Lentes

Tras Los Lentes

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Pamela Calcumil

Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.

Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.

Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.

Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.

Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.

Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.

NovelToon tiene autorización de Pamela Calcumil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

ROSAS NEGRAS CAPITULO 1 EL CEO Y EL TATUAJE

*Lunes. 8:30 AM. Torre Volkov. Piso 48. Buenos Aires.*

Luz se miró al espejo del baño privado de su oficina.

Traje sastre negro. Camisa blanca cerrada hasta arriba. Pelo recogido en un rodete bajo. Sin brillo. Sin perfume.

Armada.

Hoy no era la CEO de 26 años que firmaba contratos. Hoy era la mujer que iba a enfrentar a Astori Group.

Y posiblemente, al padre de su hija.

—Respira —se dijo.

Tocaron la puerta.

—Señora CEO —era Irina—. Ya están en sala. Astori Group llegó 20 minutos antes. Quieren intimidar.

—Que esperen —dijo Luz—. 20 minutos más.

*9:00 AM. Sala del Consejo.*

Mesa de caoba de 10 metros. Vidrio. Vista a toda la ciudad.

De un lado: Ana, Dmitri, Irina, Katya, y Luz al centro. Volkov Industries.

Del otro lado: Tres abogados. Una secretaria. Y él.

Él.

*Santiago Astori.* 35 años. CEO de Astori Group.

Alto. Traje negro a medida. Camisa blanca abierta en el primer botón. Pelo oscuro peinado hacia atrás. Barba de tres días perfecta.

Y esos ojos. Grises. Duros. Como si evaluaran todo y no le gustara nada.

Luz se sentó. Y el aire se le fue.

Era él.

No de la cara. No podía estar segura solo por eso. 4 años borran detalles.

Era por el cuerpo. Por la forma en que se sentaba. Como si el sillón le quedara chico.

Y por la camisa. Abierta justo donde estaba el tatuaje.

No se veía. Pero ella lo sabía.

*Rosas negras. Pecho izquierdo.*

Santiago levantó la vista cuando ella se sentó. La escaneó de arriba a abajo. Una vez.

Sin expresión.

—Señora Volkov —dijo. Voz grave. La misma de hace 4 años. —Un placer.

Luz apretó la carpeta bajo la mesa para que no le temblaran las manos.

—Señor Astori —dijo ella. Voz firme—. El placer es mío.

Mentira.

*9:05 AM. Negociación.*

Los abogados hablaron 40 minutos. Números. Porcentajes. Cláusulas de exportación a Europa.

Luz no escuchó la mitad.

Porque Santiago no le quitaba los ojos de encima.

No con deseo. Con estudio. Como si intentara resolver un rompecabezas.

Cada vez que ella hablaba, él ladeaba la cabeza un milímetro.

Cada vez que ella tomaba agua, él se quedaba quieto.

Demasiado quieto.

—Hay una cláusula que no me gusta —dijo Santiago de repente. Cortó a su abogado.

Todos lo miraron.

—Página 12. Punto 4.3 —dijo—. Exclusividad total por 5 años. No.

Su abogado carraspeó. —Señor Astori, eso ya estaba negociado...

—Cámbienlo a 3 años —dijo él. Sin mirar a su equipo. Mirando a Luz.

—Eso nos deja expuestos —dijo Irina.

—Entonces sean mejores —dijo Santiago. Y por primera vez, sus labios se curvaron. Nada de sonrisa. Solo amenaza elegante.

Luz sostuvo su mirada.

—3 años —dijo ella—. Pero con penalidad si se retiran antes.

Él asintió una vez.

—Acepto.

Golpe de lapicera. Trato hecho.

*10:30 AM. Coffee break.*

Todos salieron. Menos ellos dos.

Santiago se quedó parado frente a la ventana. De espaldas.

Luz aprovechó para mirarlo bien. Hombros anchos. Espalda recta.

La camisa se le tensó cuando respiró.

Ahí estaba. Bajo la tela. El borde negro de un pétalo.

Se le secó la boca.

—Tiene buen ojo para los contratos, Señora Volkov —dijo él sin girarse.

Luz pegó un salto.

—No la estaba mirando —mintió.

Ahora él se giró. Lento.

—Lo sé —dijo—. La estaba sintiendo.

Luz frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Nada —dijo él. Se acercó a la mesa—. Solo que usted está nerviosa. Y las personas nerviosas cometen errores.

Se inclinó. Apoyó las dos manos en la mesa. Muy cerca de ella.

Olía igual. Lluvia. Y algo caro. Amaderado.

Luz no se movió. No podía.

—¿Y usted? —dijo ella—. ¿No está nervioso?

Santiago la miró directo a los ojos.

—Yo no cometo errores dos veces, Señora Volkov.

Se enderezó. Se abrochó el botón de la camisa. Tapando el tatuaje.

—Nos vemos mañana para firmar —dijo—. 9 AM. En punto.

Y se fue.

*11:15 AM. Oficina de Luz. Puerta cerrada.*

Luz se encerró.

Se dejó caer en el sillón. Respirando como si hubiera corrido 10 cuadras.

Toc. Toc.

Ana entró sin esperar.

—Hija —dijo—. ¿Estás bien? Te pusiste pálida.

—Es él —dijo Luz.

Ana se quedó quieta.

—¿Santiago?

—El del bar —dijo Luz—. El del tatuaje. Lo vi. Cuando se inclinó. Un pétalo. Estoy segura, mamá.

Ana se sentó frente a ella. Le tomó las manos.

—Y él... ¿te reconoció?

—No lo sé —dijo Luz—. Me miró raro. Como si... como si me recordara de algún lado. Pero no dijo nada.

Dmitri entró también.

—¿Y ahora qué? —dijo.

—Ahora firmo —dijo Luz—. Porque son 2.000 empleos en juego. Porque no voy a arruinar Volkov por mi pasado.

—Y Luz chiquita —dijo Ana bajito.

Luz cerró los ojos.

—Si es él... tiene derecho a saber —dijo—. Pero primero voy a estar segura. 100%. No voy a destruir su vida por una suposición.

*8:00 PM. Casa Beltrán-Volkov-Ruiz.*

Luz chiquita corrió a abrazarla cuando entró.

—¡Mamá!

Luz la alzó. Olió su pelo.

—Hola, mi vida —dijo. Y por un segundo, todo lo demás desapareció.

Mateo salió de la cocina. Su esposo. Arquitecto. Su roca.

—¿Cómo estuvo? —preguntó.

—Raro —dijo Luz.

Le contó todo en la cena. El tatuaje. La mirada. El miedo.

Mateo la escuchó. Sin interrumpir. Después le tomó la mano.

—Si es él, lo enfrentamos juntos —dijo—. Yo no estoy celoso del pasado, Luz. Estoy acá en el presente. Con vos y con ella.

Luz lloró. Un poco.

—Gracias —dijo—. Por no irte.

—Nunca —dijo él.

*11:30 PM. Habitación de Luz.*

No podía dormir.

Abrió el cajón de su mesita. Sacó una foto vieja. La única que tenía del bar.

Era del espejo. Borrosa. Se la sacó ella misma esa noche, borracha. En el reflejo se veía él de espaldas, en la barra.

No se le veía la cara. Solo la espalda. Y el tatuaje. A medio hacer esa noche, parecía.

Lo comparó mentalmente con Santiago hoy.

Misma espalda. Mismo ancho de hombros.

—Dios —susurró—. Por favor que no sea él. Porque si es él...

Porque si es él, tiene prometida.

Porque si es él, su apellido está manchado.

Porque si es él, Luz chiquita va a tener un padre que no la eligió.

Y si no es él... entonces el hombre que le dio a su hija desapareció hace 4 años sin dejar rastro.

*Martes. 8:55 AM. Sala del Consejo.*

Luz entró primero. Con la lapicera en la mano.

Santiago entró 8:59. En punto.

Traje gris hoy. Camisa negra. Abotonada hasta arriba.

Ni un milímetro de piel.

Se sentó frente a ella.

—Buenos días, Señora Volkov —dijo.

—Buenos días, Señor Astori —dijo ella.

Puso el contrato en el medio.

Él agarró la lapicera.

Antes de firmar, la miró.

—Una pregunta —dijo.

Luz no respiró.

—¿Usted cree en las segundas oportunidades?

Luz tragó saliva.

—Depende —dijo—. ¿De qué error estamos hablando?

Santiago sostuvo su mirada 3 segundos. Eternos.

Después firmó.

—Lo averiguaremos —dijo.

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