Haru creía que el amor era sacrificio. Graduado con honores en Tokio y con un futuro brillante en el arte y las letras, lo dejó todo por un matrimonio de contrato con Ren, un alfa que solo le devolvió desprecio y violencia. Tras tres años de infierno, Ren lo desecha como a un mueble viejo, dejándole solo un pequeño apartamento en un complejo exclusivo.
En el ático de ese mismo edificio vive Kaito Kuroda, el heredero de un imperio que se mueve entre la legalidad empresarial y las sombras de la mafia japonesa. Kaito no cree en el amor romántico; para él, la lealtad solo existe en la sangre. Sin embargo, su paz se ve interrumpida por un vecino ruidoso que huele a miedo y a pintura fresca.
Lo que comienza como roces por paquetes mal entregados y quejas por mudanzas nocturnas, se convierte en una conexión inevitable. Pero la libertad de Haru es una amenaza para el ego de su exesposo.
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Capítulo 14: El Silencio de las Sombras y el Ayuno del Alma
El ático de Kaito, que antes se sentía como un refugio de lujo, se había transformado en una clínica privada de alta seguridad... y en un mausoleo de silencio. Haru yacía en la cama principal, con la mano derecha envuelta en un aparatoso vendaje rígido tras la cirugía reconstructiva. Pero el daño real no estaba en los huesos rotos, sino en los ojos del omega.
Haru no había pronunciado una sola palabra desde que los hombres de Ren salieron de su apartamento. Ni una.
—Haru, por favor. Solo un poco de caldo. El médico dice que necesitas nutrientes para que los tejidos sanen.
Kaito estaba sentado al borde de la cama, sosteniendo un pequeño cuenco de porcelana. Su aspecto era deplorable: tenía ojeras profundas, la camisa arrugada y una barba de varios días. No se había separado del lado de Haru, delegando todo el poder de la mafia a Yuki para no abandonar al omega.
Haru no respondió. Ni siquiera lo miró. Estaba acostado de lado, mirando fijamente la pared blanca, con la mirada perdida en un punto que solo él podía ver. Cuando Kaito acercó la cuchara a sus labios, Haru apretó la mandíbula con tal fuerza que sus encías empezaron a sangrar.
—No me hagas esto —suplicó Kaito, su voz rompiéndose. La impotencia lo estaba matando—. No le des el gusto a Ren de morir de hambre. Haru, mírame.
Haru cerró los ojos y se encogió sobre sí mismo, un gesto que gritaba "no estoy aquí". El trauma lo había devuelto al lugar más oscuro de su mente, donde el silencio era la única protección contra el dolor. En su cabeza, la voz de Ren gritaba que era un error, que la comida era un lujo que no merecía y que su voz solo servía para suplicar perdón.
Kaito dejó el cuenco sobre la mesa de noche con un golpe seco, frustrado y desesperado. Salió de la habitación y se encontró con Hana en el pasillo.
—No come, Hana. No habla. Es como si su alma hubiera abandonado su cuerpo —dijo Kaito, pasando sus manos por su cabello con desesperación.
—Es un mecanismo de defensa, hermano —dijo Hana con tristeza—. El trauma físico fue el detonante, pero lo que realmente lo mató fue sentir que no estaba a salvo ni siquiera contigo. Su mente ha decidido que la única forma de no sufrir es no sentir nada. Ni hambre, ni afecto, ni esperanza.
—¡Yo le prometí que estaría a salvo! —rugió Kaito, golpeando la pared con el puño—. ¡Le fallé! ¡Todo lo que construimos, cada pequeño avance, se ha ido a la mierda!
—Entonces haz que valga la pena —dijo Hana con frialdad—. Yuki ya tiene localizados a los dos mercenarios que entraron al apartamento. Ren los envió a una casa de seguridad en las afueras. Están esperando su pago para huir del país.
Los ojos de Kaito se volvieron dos rendijas de ámbar letal. La tristeza desapareció, reemplazada por una sed de sangre que hizo que el aire del pasillo se volviera gélido.
—Prepara el coche. No quiero que Yuki los toque. Son míos.
Antes de irse, Kaito entró una vez más a la habitación. Se acercó a Haru y le besó suavemente la frente, que estaba fría como el mármol.
—Voy a traer la justicia que el mundo te debe, Haru —susurró—. Y cuando vuelva, no descansaré hasta que vuelvas a decir mi nombre, aunque tenga que quemar todo Tokio para encontrar la forma de sanarte.
Haru ni siquiera parpadeó. Una sola lágrima rodó por su mejilla, pero no hubo sonido, ni movimiento. Era un lienzo en blanco que alguien había rasgado y tirado a la basura.
Kaito salió del ático, y esa noche, el cielo de Tokio se tiñó de un rojo premonitorio. Mientras Haru se hundía en un ayuno autoimpuesto que amenazaba su vida, Kaito Kuroda se preparaba para demostrarle al mundo por qué su familia era la dueña de las sombras. La guerra ya no era financiera; era una carnicería personal.