Valentina nunca fue suficiente.
Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.
Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.
Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.
A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.
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Capítulo 9
—¿Cincuenta mil dólares? —La voz de Marta tembló, entre la incredulidad y una codicia que se encendió de repente—. ¿De dónde saca un mototaxista como tú semejante cantidad?
Mateo la miró con calma.
—Eso no es asunto de nadie, señora.
Diana se levantó a medias de la silla.
—¡Mentira! ¡Seguro es un préstamo! ¡O dinero robado! Es imposible que...
—Diana —cortó don Ernesto con firmeza—. Esto es un akad nikah. Cuida tu boca.
—Pero... ¡son cincuenta mil dólares, papá! Eso no es cualquier cosa.
—¿Por qué, preciosa? ¿Te tienta convertirte en la novia? —bromeó Bastián con una sonrisa torcida.
Diana le clavó los ojos.
—¡Tú! Tú trajiste ese dinero, ¿verdad? ¿De dónde salió? ¿Se lo prestaste?
—Claro que no —se excusó Bastián con su habitual descaro, cruzando los brazos y reclinándose en la silla—. Él tiene muchísimo dinero. Cásate con él y verás.
Mateo le lanzó una mirada de advertencia, pero Bastián parecía tener su propio plan.
—¡Tss! ¡Qué asco! ¿Crees que puedes tenderme una trampa con apenas cincuenta mil dólares? —dijo Diana, más despectiva que nunca—. Piénsenlo con lógica: ¿de dónde va a sacar un mototaxista decenas de miles de dólares? Seguro es narcotraficante.
—Ten cuidado con lo que dices, Diana. Puedo demandarte —advirtió Mateo, con una voz plana. Demasiado plana. Pero bastó para que Diana tragara saliva con dificultad.
Diana desvió la mirada.
El oficial del registro se aclaró la garganta, intentando neutralizar el ambiente.
—Bien, continuemos. Mateo, el mahar consistente en cincuenta mil dólares en efectivo, ¿es correcto según lo acordado?
—Correcto —respondió Mateo con firmeza.
Vale mantenía la cabeza baja. Ella también estaba atónita de que Mateo ofreciera un mahar semejante. Se preguntaba de dónde habría sacado tanto dinero un conductor de mototaxi. Pero no pensó nada malo, como Diana y Marta. Confiaba en que Mateo era un hombre bueno. Había muchas formas de reunir esa cantidad: ahorrar, por ejemplo, o tener un negocio paralelo.
La ceremonia transcurrió breve, austera, casi sin sonrisas de buena parte de los presentes. Cuando los votos del contrato matrimonial se pronunciaron sin tropiezos, Vale sintió como si el aire regresara a sus pulmones. Legítimo. Esa sola palabra resonó, cerrando un capítulo que le había pesado demasiado tiempo sobre el pecho.
—Alhamdulillah —murmuró don Ernesto. Había humedad en la comisura de sus ojos.
Diana bufó.
—Ya está, listo. Llévatela de una vez.
Mateo se puso de pie. Se inclinó con respeto ante el oficial y luego se giró hacia la familia. Su voz era serena, pero cada palabra parecía clavada a martillazos.
—Gracias por ser testigos. A partir de esta noche, Vale es mi responsabilidad.
Diana soltó una risa breve.
—No te las des de importante. ¡Llévatela de una vez!
—¡Un momento! ¡No pueden irse así como así! —Marta levantó la voz de pronto.
Todas las miradas se dirigieron a ella.
—No crean que esto se acabó tan fácil.
—¡Marta! —don Ernesto la reprendió a medias—. ¿Qué más quieres?
—Ella... vivió aquí desde que era bebé. Nosotros la alimentamos, nosotros la mandamos a la escuela. Así que tienen que pagar una compensación.
Don Ernesto se quedó atónito.
—¿Qué? ¡Marta! ¿Qué te pasa?
—¡Ya basta de defenderla! ¡Gastamos una fortuna en esa niña de la mala suerte! ¡Es justo que pidan una compensación!
—Astaghfirullah, Marta... —Don Ernesto se restregó el rostro con brusquedad, incapaz de creer lo que su esposa acababa de decir.
Mateo sonrió con amargura.
—Está bien, no hay problema. ¿Cuánto piden?
—¡Mira nada más, haciéndose el que tiene dinero! —se mofó Diana—. Recién da cincuenta mil de mahar y ya se cree director general.
—Es que sí es director general —replicó Bastián con naturalidad. Pero, por supuesto, nadie le creyó.
—Cincuenta mil dólares. No es suficiente, pero peor es nada —sentenció Marta con falsa sensatez.
Mateo dejó escapar una risita.
—Ya me lo imaginaba. Desde el principio buscaban quedarse con el mahar de Vale.
Vale lo sabía. Le debía demasiado a la familia de don Ernesto. Levantó el maletín con los cincuenta mil dólares. Pero antes de que pudiera extenderlo, Mateo la detuvo.
—Podría darles esos cincuenta mil dólares. Pero hay una condición. Primero, devuélvanle a Vale la salud mental que le destrozaron. Devuélvanle cada lágrima que derramó. Y las heridas que Vale ha recibido... las llevaré ante un tribunal. ¿Qué les parece?