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Bennosuke El Eco Del Vacío

Bennosuke El Eco Del Vacío

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Aventura
Popularitas:94
Nilai: 5
nombre de autor: Luis Torres

Seiscientos años de leyenda nos han contado la historia del invicto, del ronin que jamás perdió un duelo. Pero la historia olvidó mencionar la batalla número 62: la que Musashi libró cada noche contra su propia sombra.
Este libro no es una crónica de cortes y acero, sino el mapa de un laberinto mental. Descubre al hombre detrás del mito, aquel que comprendió que vencer a mil enemigos es insignificante comparado con la tarea de dominarse a uno mismo. Aquí no encontrarás al héroe de piedra, sino al ser humano que sangró en silencio, enfrentando demonios que ninguna katana podría cortar.

NovelToon tiene autorización de Luis Torres para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL CIELO RASO DE LOS MUERTOS

La luz de la mañana se filtra a través de la neblina que envuelve Reigandō, pero dentro de su cueva, Musashi aún siente el peso de las sombras. 61 son las muertes que se ciernen sobre su pecho como una tormenta eterna, y en la soledad de ese espacio, el silencio se convierte en un verdugo. No importa cuántas veces se ha levantado, cuántas espadas ha desenvainado con éxito; el vacío siempre regresa, como una ola que nunca se apacigua.

El eco sigue resonando en su mente, una serie de fragmentos desgarrados que no permiten que la paz descanse en su corazón. Muertos que se convierten en estrellas en su noche oscura, pero sin el consuelo de brillar en el cielo. ¿Qué es el cielo, si no un recuerdo de lo que se ha perdido? Musashi se pregunta en voz baja, consciente de que el eco es lo único que le responde.

Días y noches se confunden. Cada nuevo amanecer es un recordatorio de que el ciclo continúa, pero para él, no hay renovación. Las enseñanzas que supo transmitir ahora se sienten como cadenas, como lecciones no aprendidas que lo atrapan en un mismo lugar. —Soy un perro sarnoso— murmura, recordando aquella cruel etiqueta que su padre le había endilgado y que ha llevado como un escudo.

Pero incluso en esa cueva, el mundo fuera sigue girando. Y aunque sus pensamientos son un laberinto sin salida, sus recuerdos lo arrastran a su pasado, un tiempo en el que cada duelo era un reto, no una maldición. Cada enemigo abatido era una forma de ascender, de demostrar su valía ante el universo. Ahora, esas victorias han dejado cicatrices. Cicatrices que nunca sanan.

—¿Cuántas vidas puedes quitar y aún sentirte como un hombre? —dijo Musashi anclando la mirada al suelo, como si cada pregunta antiheroica arrastrara un poco más el peso de lo que significó para él. Esa primera muerte parecía un juego de niños, una danza de espadas, y ahora, solo le deja un cansancio que raspa más allá de la piel.

—Las espadas cortan, pero el eco rasga más profundo que el acero.— En susurros, denuncia su propia debilidad, como si hablar en voz alta pudiera desvanecer esas sombras que lo persiguen. Es allí que decide tomar el pincel, el que Dorin le ofreció como una elección entre dos caminos. Destruir o crear. Pero ahora el pincel pesa igual que la espada, y su destino no es más claro.

Las imágenes de las batallas empiezan a inundar su mente como un torrente. Sasaki Kojiro. La pelea en Ganryu fue un desfile más para su ego, pero después, cuando las luces se apagaron y la gloria se desvaneció, el eco de Kojiro lo seguía igual que un perro fiel y devorador. ¿Es eso lo que queda al final? Un par de victorias que no curan esa picazón que nunca se detiene.

La vergüenza se apodera de él, mientras trata de encontrar un sentido a lo que ha hecho. En tiempos de paz, se siente como un espectador de su propio espectáculo: un hombre que ha matado, sí, pero con la curvatura de lo trágico. La picazón emerge como un grito sordo, balanceándose entre el que fue y el que podría ser. No busca nada. No hay redención en la guerra. Esa verdad se convierte en su opresión diaria.

—A veces, creo que el verdadero duelo no está en el campo de batalla, sino en la incapacidad de dar paz a los muertos —murmura entre dientes, obliterando su voz en el eco de la cueva. Vuelve a contemplar el ensō que pintó. Un círculo perfecto, o al menos, lo que intentó capturar entre las líneas. Cansado de rasgarse, quizás solo quería dibujar el cierre de su propio sufrimiento, sin saber que a la vez, estaba trazando la forma de sus cadenas.

La cueva, ahora un escenario familiar, no le ofrece respuestas. Él mismo es un misterio para sí. Las lecciones de su vida son un rompecabezas sin nombre, todo lo que ha hecho solo ha jugado a apilar más dudas sobre uno mismo.

Musashi lucha con la paradoja. Matar, según su percepción, no es una victoria. Es un lamento, una lección cruel, un eco que se repite eternamente. —Necesito un descanso— se dice en voz baja, pero dentro de sí sabe que el brillo tibio del día no traería ningún alivio.

Al final de la jornada, Musashi siempre encuentra el camino que lo devuelve a la soledad de su cueva. Allí, el eco es el único que no lo deja en paz, y esa voz que nunca se apaga suena más fuerte, como una tormenta imparable. Cada noche es un ciclo, pero los días siempre están marcados por aquellos 61 rostros.

La oscuridad es su compañera. Tener miedo no es una opción, pero vivir con el peso de los recuerdos avanza como una sombra.

Con el paso del tiempo, Musashi sabe que la muerte no es un final, sino el comienzo de una nueva batalla. Aquellos hombres caídos siempre le susurrarán desde el abismo, recordándole lo que significa existir, lo que abreva su ser.

Así, mientras se envuelve en la oscuridad, se da cuenta de que esta historia no termina aquí. La vida continúa, su eco está inscrito en cada paso que se da hacia adelante, un reflejo persistente de su amarga existencia.

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Bibi Ortega
mucho éxito con tu obra
Luis Torres: ¡Muchas gracias!
total 1 replies
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