Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.
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24- La mejor trampa
🟣NAHUEL
Entré hecho una furia. Empujé la puerta de vidrio tan fuerte que casi la saco del marco. Adentro, dos vendedoras se quedaron duras. Una con un vestido blanco en la mano, la otra con la planilla de medidas.
—¡No me caso! —grité, sin mirar a nadie en particular—. ¡Escucharon bien! ¡No me caso una mierda!
Silvina entró atrás, tacos contra el mármol, roja de bronca.
—¡Nahuel Ibarra! —chilló—. ¡No me hacés este papelón! ¡Tenemos trescientos invitados!
Agarré el primer maniquí que vi. Vestido de novia, encaje, velo. Lo tiré al piso. Se partió la cabeza de plástico. Las vendedoras ahogaron un grito.
—¡Esto es lo que pienso de tu vestido! —le grité a Silvina—. ¡De tu casamiento! ¡De la estancia! ¡De mi abuelo!
Se me vino encima. Uñas rojas, perfume empalagoso, veneno en los ojos.
—¡Te vas a casar conmigo porque Octavio lo dice! —me escupió—. ¡Porque si no, te corta la plata! ¡Te saca la camioneta! ¡Te manda a Suiza y no ves más a tu NN de mierda!
Ahí me vio. De verdad. La rabia me nubló todo.
—¿La vas a nombrar otra vez? —me le acerqué, bajo, peligroso—. ¿Vas a decir su nombre con esa boca sucia?
Silvina retrocedió un paso. Por primera vez en su vida, con miedo.
—Sí —se agrandó igual—. Elena. Elena Duarte. La recogida. La que te calienta. ¿Creés que no sé que andás atrás de ella? ¿Que la sacaste a pasear? ¿Que tu abuelo está furioso?
Se rió. Triunfante.
—Pero quedate tranquilo —siguió—. Yo le voy a contar a Octavio. Le voy a decir que su nieto prefiere una muerta de hambre antes que a mí. A ver si te deja entrar a la estancia después. A ver si te deja un peso.
No lo pensé. La agarré del brazo. Fuerte. No para pegarle. Para que me mirara. Para que entendiera.
—Decile —le dije, con la cara a dos centímetros de la suya—. Decile que prefiero ser nadie con ella, que ser Ibarra con vos. Decile que prefiero dormir en la calle con Elena, que en la estancia con tu culo operado.
Le solté el brazo. La empujé. No fuerte. Lo suficiente para que se cayera arriba de una silla.
Se quedó ahí. Con la boca abierta. Sin libreto. Porque Silvina Montenegro no conoce el “no”. No conoce que alguien la deje.
Me fui. Sin mirar atrás. Sin escuchar que gritaba “¡volvé, cagón!”. Sin escuchar que las vendedoras llamaban a seguridad.
Afuera me subí a la camioneta. Golpeé el volante. Dos, tres veces. Hasta que me dolieron las manos.
Mi abuelo quiere show. Cena de compromiso. Prensa. Fotos. Octavio Ibarra mostrando que su nieto se casa con plata. Con apellido. Con Silvina.
Sonreí. Pero no de bueno. De hijo de puta. Como él me enseñó.
Saqué el celular. Busqué un nombre. “Mati - Sistemas UNNE”. Matías Encina. Compañero de facultad. Hacker. El mismo que me cambió tres notas en primer año y que me desbloqueó el celular de mi viejo cuando me lo sacó por chocar.
Marcó al segundo tono.
📱¿Nahuel? —contestó, con ruido de teclado atrás—. Qué milagro, cheto. ¿Te fundiste?
📱Necesito un favor —dije, sin vueltas—. Grande. Ilegal. Y ya.
Se rió.
📱Esos son los que más me gustan. ¿Qué rompemos?
📱El Registro Civil —dije—. Sistema. Estado civil. De Elena Duarte.
Silencio. El teclado paró.
📱Pará —dijo Mati—. ¿La NN que salió en todos lados? ¿La del milagro? ¿Qué querés hacer?
📱Quiero que figure casada —dije—. Conmigo. Nahuel Ibarra. Desde hoy. Con acta, con número, con todo. Que si alguien busca, salga eso: “Esposa de Nahuel Ibarra”.
Mati silbó.
📱Vos estás loco —dijo—. Eso es falsificación de documento público. Damos de cinco a diez años, amigo.
📱Te pago cincuenta mil dólares —corté—. En crypto. Ahora. La mitad. La otra mitad cuando me mandes captura del sistema.
Silencio otra vez. Después teclado. Rápido.
📱Dirección, DNI, y fecha —dijo—. De los dos. La de ella la saco del sistema. La tuya ya la tengo.
Se las dicté. De memoria. La de Elena me la sé porque Héctor me pasó el legajo cuando “volvió”. Para cuidarla, dijo. Mentira. Para vigilarla.
📱En dos horas te tengo la captura —dijo Mati—. Pero escuchame, Nahuel. Esto salta. Cuando vayan a casarse de verdad, salta. Cuando ella quiera hacer un trámite, salta.
📱Que salte —me reí—. Para cuando salte, ya gané.
Corté. Tiré el celular en el asiento. Me reí solo. Fuerte. Como un desquiciado.
Pensé en Daniel. En su cara de perro apaleado hoy en la vereda. “Mi prometida”, dijo. Le agarró la mano a Elena para defenderla. Mi mejor amigo. El que me enseñó a andar en moto. El que me sacó de la comisaría a los 17. Diciendo “mi prometida”.
Ahora iba a descubrir que su prometida ya estaba casada. Conmigo. En los papeles. Legal. Con acta. Con sello.
Quería verle la cara. Quería ver si seguía tan machito cuando tuviera que explicarle a San Rafael que su “negocio” estaba casado con un Ibarra.
Quería ver a mi abuelo. Cuando en la cena de compromiso, con prensa, con trescientos invitados, alguien filtrara el acta. “Último momento: Nahuel Ibarra ya está casado con Elena Duarte”.
Quería el show. Él quería show. Yo se lo iba a dar.
Pero en los papeles, Elena Duarte iba a ser Elena Ibarra. Mi esposa. Y que me sacara de la estancia si podía. Que me cortara la plata si quería. Yo ya tenía lo que quería: su nombre al lado del mío.
Mati me mandó la captura a las 6:14.
Registro Nacional de las Personas – Sistema SINTyS
DUARTE, ELENA – DNI 45.XXX.XXX
Estado Civil: CASADA
Cónyuge: IBARRA, NAHUEL – DNI 44.XXX.XXX
Fecha: 03/07/2026
Acta: 1.284 - Formosa Capital
La guardé. Le mandé el resto de la crypto. Apagué el celular.
Arranqué la camioneta. Pasé por la estancia. Silvina estaba en la puerta, con los ojos hinchados, con mi abuelo al lado. Me vieron. No paré. Les toqué bocina. Me fui.
Pasé por la mansión Duarte. Luces prendidas. En el segundo piso, la ventana de Elena. Cerrada. Con la cortina corrida.
No paré tampoco. No todavía.
Fui hasta el río. El mismo lugar de ayer. Me bajé. Miré el agua.
—Ya está, abuelo —dije al aire, al agua, a Octavio—. Querías compromiso. Tenés matrimonio. Querías show. Tenés escándalo.
Saqué la foto de la captura. La miré.
Esposa de Nahuel Ibarra.
Sonreí. Por primera vez en semanas.
—Ahora sí, Daniel —susurré—. Andá a decirle a tu viejo que tu prometida es mi esposa. A ver si San Rafael sube 40% en la bolsa con eso.
Guardé el celular. Me subí a la camioneta.
Mañana era la cena en la estancia. La de presentación. La que no era oficial “hasta que firmen en el registro”, como dijo Germán.
Tarde. Yo ya firmé. En el sistema. Con Mati. Con cincuenta mil dólares.
Que vengan. Que traigan prensa. Que traiga Octavio a Silvina con el vestido.
Yo iba a ir con las manos vacías. Sin anillo. Sin regalo.
Solo con un acta. Y con una sonrisa.
Porque si mi abuelo me enseñó algo, es que los Ibarra no pierden. Los Ibarra hacen trampa.
Y yo acababa de hacer la mejor trampa de mi vida.
Como la secuestro y desde cuando lo hizo 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Veremos que pasa si la ayuda Nahuel ella se decidirá aceptar la propuesta
🤔🤔🤔❓❓❓❓