Darly Mosquera es una mujer colombiana de 32 años que aprendió desde muy joven que la vida rara vez regala caminos fáciles.
Estudió cosmetología y estética, y gracias a años de esfuerzo, sacrificio y largas jornadas de trabajo logró construir el sueño que parecía imposible: abrir su propio spa en su ciudad natal. Sin embargo, el éxito profesional nunca logró llenar por completo los vacíos que llevaba en el corazón.
Mientras lucha cada día por cuidar a su madre, quien padece una enfermedad congénita que se ha agravado con el paso de los años, Darly intenta mantenerse fuerte y seguir adelante. Soñadora, noble y creyente del amor a la antigua, siempre imaginó una historia de amor sincera, de esas que duran para toda la vida.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de una dolorosa separación ocurrida hace apenas cuatro meses, decidió cerrar las puertas de su corazón. Cansada de las decepciones, prometió no volver a enamorarse y dedicarse únicamente a disfrutar la vida sin compromisos
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Capítulo 24: El Reencuentro que Nadie Pudo Evitar
Santiago
La llamada de aquella noche había sido la última vez que habíamos hablado.
Después de eso tomé una decisión.
Una decisión que me costó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Debía olvidarla.
Debía sacarla de mi cabeza.
Debía seguir adelante.
Al fin y al cabo, ¿qué podía ofrecerle yo?
Nada.
Absolutamente nada.
Tenía una vida complicada, una relación de años con Isa y una carrera que no me permitía estabilidad.
Darly merecía algo mejor.
Alguien libre.
Alguien que pudiera estar con ella sin esconderse.
Por eso, después de aquella llamada, eliminé su número de mis contactos.
No quería seguir viendo sus estados.
No quería seguir torturándome.
Aunque la realidad era otra.
Porque nunca pude eliminarla de mi corazón.
Solo la conservé en TikTok.
Me convencí de que era porque me gustaban los videos de gimnasio que compartía.
Las publicaciones de su trabajo.
Los bailes que subía de vez en cuando.
Pero la verdad era mucho más simple.
No quería perderla completamente de vista.
Y así pasaron los meses.
Dos meses desde nuestra última conversación.
Tres meses desde la última vez que la vi.
Intenté enfocarme en Isa.
Intenté recuperar la relación que teníamos antes de conocer a Darly.
Intenté convencerme de que era feliz.
Pero había algo que no encajaba.
Isa insistía cada vez más con el matrimonio.
Todas las semanas aparecía con el mismo tema.
—¿Y cuándo nos casamos?
—¿Ya pensaste la fecha?
—¿Qué te parece una boda en diciembre?
—¿No crees que ya es hora?
Y yo siempre encontraba una excusa.
Una gira.
Un proyecto.
Un compromiso.
Cualquier cosa.
La verdad era que no quería hablar del tema.
Ni siquiera entendía por qué.
Quizá porque una parte de mí sabía que algo había cambiado.
Y ese algo tenía nombre.
Darly.
Ese fin de semana teníamos una presentación en San Gil.
Un pueblo hermoso de Santander.
Y demasiado cerca de ella.
Solo pensar en eso me inquietaba.
Mientras viajábamos no podía evitar preguntarme qué habría sido de su vida.
¿Seguiría sola?
¿Tendría novio?
¿Seguiría saliendo con aquel hombre?
La sola idea me ponía de mal humor.
Porque, aunque intentara negarlo, seguía sintiendo exactamente lo mismo.
La extrañaba.
Mucho más de lo que debía.
Darly
Yo tampoco había logrado olvidarlo.
Habían pasado dos meses desde nuestra última llamada.
Dos meses intentando convencerme de que había tomado la decisión correcta.
Y quizá sí la había tomado.
Pero eso no significaba que dejara de doler.
Cada vez que veía sus publicaciones sentía algo extraño en el pecho.
Lo veía cantando.
Sonriendo.
Viajando.
Siempre acompañado por Isa.
Y aunque intentara ignorarlo, me afectaba.
Porque una parte de mí todavía deseaba estar a su lado.
Leo seguía formando parte de mi vida.
Con el tiempo se había convertido en uno de mis mejores amigos.
Al principio quiso algo más.
Pero fui sincera desde el comienzo.
Mi corazón todavía pertenecía a otra persona.
Y él lo entendió.
Además, Leo era un hombre encantador, pero no precisamente alguien que soñara con una relación seria.
Le gustaba disfrutar la vida.
Salir.
Conocer personas.
Coquetear.
Era transparente respecto a eso.
Y yo respetaba su forma de ser.
Por eso nuestra amistad funcionaba tan bien.
Incluso a veces nos ayudábamos mutuamente.
Cuando él necesitaba librarse de alguna admiradora insistente me llamaba para que fingiera ser su novia.
Y cuando yo necesitaba evitar situaciones incómodas hacía exactamente lo mismo.
Todo era un juego.
Nada más.
Por eso cuando surgió la idea de ir al concierto en San Gil me quedé pensando varios días.
Sabía perfectamente que Santiago estaría allí.
Y no estaba segura de estar preparada para verlo después de tanto tiempo.
—Tienes que ir —decía Mía.
—Sí, tienes que ir —agregaba Andrés.
—Y de paso le restriegas a Leo por la cara para que se muera de celos.
Yo terminaba riéndome.
Pero por dentro estaba aterrada.
Porque no sabía cómo iba a reaccionar cuando volviera a verlo.
Finalmente acepté.
No iba a dejar de disfrutar algo que me gustaba por culpa de mis sentimientos.
Además, la música popular era una de mis mayores pasiones.
Y no pensaba perderme semejante evento.
El sábado llegó más rápido de lo esperado.
Mía y yo llevábamos varios días preparando la ropa para el concierto.
Además, como el alcalde del municipio era amigo de Leo, Cristian y Andrés, nos había ofrecido una finca para hospedarnos.
Llegamos a San Gil alrededor de las tres de la tarde.
La finca era espectacular.
Rodeada de naturaleza.
Con una vista hermosa.
Y una piscina enorme en el centro.
Dejamos las maletas y salimos a recorrer el pueblo.
Caminamos por las calles.
Entramos a algunas tiendas.
Comimos.
Tomamos fotografías.
Y disfrutamos del ambiente.
Pero por más que intentara distraerme, mi mente seguía regresando al mismo lugar.
Santiago.
A las siete de la noche regresamos para arreglarnos.
Mía y yo nos duchamos y comenzamos la rutina habitual.
Maquillaje.
Cabello.
Perfume.
Accesorios.
Ropa.
Cuando terminé de arreglarme me observé en el espejo.

Respiré profundo.
Necesitaba confianza.
Necesitaba seguridad.
Necesitaba recordar que mi vida no giraba alrededor de él.
Aunque mi corazón pensara lo contrario.
A las nueve salimos rumbo al concierto.
Al llegar quedamos ubicados prácticamente frente a la tarima.
Demasiado cerca.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
Porque sabía que tarde o temprano tendría que verlo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Mía.
Tomé un sorbo de mi bebida.
—Nerviosa.
—¿Mucho?
—Demasiado.
Mía suspiró.
—Relájate.
Miró a Leo.
—Además, tienes a este bombón sentado al lado.
Leo soltó una carcajada.
—Gracias por el cumplido.
—No te emociones —respondió ella.
Todos reímos.
La tensión disminuyó un poco.
Al menos por unos minutos.
Durante la primera hora bailamos varias canciones.
Tomamos fotos.
Grabamos videos.
Y traté de concentrarme únicamente en pasarla bien.
Cuando el primer artista salió al escenario, el ambiente explotó.
La gente cantaba.
Brindaba.
Bailaba.
Y nosotros no éramos la excepción.
Incluso logramos tomarnos una fotografía con él cuando terminó su presentación.
La subí inmediatamente a mis redes.
Sin imaginar quién la vería.
Santiago
Llegamos a San Gil alrededor de las seis de la tarde.
Me arreglé para el concierto.
Intenté concentrarme.
Intenté pensar únicamente en el trabajo.
Pero todo cambió cuando revisé las redes sociales.
Uno de los artistas que ya estaba cantando había sido etiquetado en varias publicaciones.
Entré por curiosidad.
Y allí estaba.
Darly.
Mi corazón dio un salto.
La observé durante varios segundos.
Se veía increíble.
Radiante.
Feliz.
Y acompañada.
Otra vez acompañada.
Sentí una mezcla de emociones imposible de explicar.
Alegría por volver a verla.
Nervios por saber que estaba allí.
Y celos.
Muchísimos celos.
Le escribí de inmediato a Carlos.
Necesitaba confirmar que realmente era ella.
Minutos después regresó.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Es ella.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Y está sola?
Carlos me miró con una expresión que no me gustó.
—No exactamente.
Me mostró una fotografía.
Darly estaba bailando con un hombre.
Abrazada.
Sonriendo.
Disfrutando.
Y reconocí inmediatamente quién era.
El mismo de meses atrás.
Apreté la mandíbula.
—Maldita sea.
Carlos negó con la cabeza.
—Te estás poniendo celoso otra vez.
—No estoy celoso.
—Claro que sí.
No respondí.
Porque era evidente.
Lo peor era que ni siquiera tenía derecho a reclamar nada.
Pero aun así me molestaba.
Mucho.
Más de lo que debería.
Respiré profundo.
Miré el reloj.
Faltaban pocas horas para mi presentación.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí nervios antes de subir a una tarima.
Porque aquella noche no iba a cantar para miles de personas.
Aquella noche iba a cantar sabiendo que ella estaba allí.
Escuchándome.
Viéndome.
Después de tres meses.
Y aunque intentaba convencerme de que ya no importaba...
La verdad era otra.
Porque desde el momento en que descubrí que estaba en aquel concierto, todo volvió a removerse dentro de mí.
Absolutamente todo.
Darly
El segundo artista acababa de terminar su presentación.
La emoción del público era cada vez mayor.
Todos sabíamos quién cerraría la noche.
Y eso solo aumentaba la expectativa.
Intenté aparentar tranquilidad.
Pero por dentro era un desastre.
Leo seguía conversando conmigo.
Tomándome de la mano algunas veces.
Abrazándome para las fotos.
Y yo le seguía el juego.
No porque quisiera engañar a nadie.
Sino porque necesitaba sentirme fuerte.
Necesitaba demostrarme a mí misma que podía estar allí sin derrumbarme.
De repente las luces comenzaron a cambiar.
El público empezó a gritar.
Y mi corazón se detuvo por un instante.
Sabía lo que venía.
Sabía quién estaba a punto de aparecer.
Y por primera vez en tres meses...
Volvería a verlo frente a frente.