¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.
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Capitulo 8.2
—Cuentame—Cuénteme —dijo.
Se lo conté. Todo, en orden, sin saltarme nada. Beto escuchó sin interrumpir, con esa quietud suya que no era indiferencia sino lo contrario: la quietud de alguien que necesita tener todos los datos antes de procesar lo que va a hacer con ellos.
Cuando terminé hubo un silencio de tres segundos.
—¿El nombre? —dijo.
—Jose Miguel Santaella.
Asintió una vez. Sacó el teléfono, llamó a mi madre con la misma calma con que hacía todo, y le informó de lo ocurrido con una precisión que no omitía nada pero tampoco dramatizaba nada, porque Beto había aprendido hace mucho tiempo que el dramatismo no ayuda a nadie a pensar con claridad.
Mi madre llegó veinte minutos después.
Lo que siguió fue la parte que yo no había anticipado: la comisaría, el formulario de denuncia, la declaración que tuve que repetir dos veces ante dos funcionarios distintos, las preguntas sobre si podía identificarlo, si tenía pruebas, si había testigos. Allen declaró también. Logan también, con una calma que los funcionarios encontraron o muy sospechosa o muy conveniente, y que yo encontré coherente con todo lo demás que sabía de él, que era más de lo que sabía hace tres horas y menos de lo que necesitaba saber.
Santaella no apareció.
El agente que tomó nuestra declaración dijo que iniciarían el proceso de localización, que con el nombre y la descripción tenían suficiente para empezar, que nos mantendrían informadas. Lo dijo con el tono de quien ha dicho esa frase muchas veces y sabe que es verdad a medias.
Salimos de la comisaría pasada la medianoche.
En el coche, con mi madre a mi lado y Beto al volante y la ciudad pasando por la ventana con su indiferencia habitual, no dije nada durante el camino a casa. Mi madre tampoco. Solo tenía la mano sobre la mía, sin presionar, solo ahí. Pero con ese gesto sentía su apoyo incondicional.
Más tarde, en casa el silencio se sentía irreal. Estaba sentada en el sofá de la sala, con una taza de té intacta entre las manos. Frente a mí, mi madre caminaba de un lado a otro, con el rostro pálido de furia, mientras Beto hablaba por teléfono en el pasillo, con un tono de voz tan tenso que parecía a punto de romper el auricular.
Cuando Beto regresó a la sala, mi madre se detuvo en seco.
—¿Y bien? —preguntó Yessica, cruzándose de brazos—. Dime que la policía ya lo tiene. Fui muy clara al poner la denuncia. Ese animal no va a volver a acercarse a mi hija.
Beto me miró un segundo antes de responder. Su mandíbula estaba rígida.
—La patrulla fue a su casa y a sus oficinas hace una hora, señora —dijo Beto, con voz áspera—. Pero no lo encontraron. Los guardias del lugar dijeron que Santaella llegó, empacó un par de maletas a toda prisa y se fue.
La policía dice que ha huido.
Mi madre soltó una maldición por lo bajo y se llevó las manos a la cabeza.
Yo miré el fondo de mi taza. Manuel Santaella había escapado de la ley. Seguía suelto en alguna parte. Pero mientras el miedo intentaba volver a anidar en mi estómago, recordé la forma en que Logan lo había derribado, y la frialdad en la voz de Lorenzo la noche de la gala.
—Mamá —dije al fin.
—Aquí estoy hija, dime —se sento a mi lado—
—Quiero aprender a defenderme. —Lo dije con la misma claridad con que se dicen las cosas que uno lleva horas pensando sin saber que las está pensando—. No artículos de bolso. Defensa real. Que alguien me enseñe.
Mi madre me miró.
—Lo hablaremos —dijo.
No era un no. En el lenguaje de Yessica Gutiérrez, *lo hablaremos* era la versión adulta de *sí, pero necesito procesar primero que casi le pasa algo a mi hija antes de organizar los detalles*.
Beto no dijo nada.
Pero, brevemente, sus ojos se encontraron con los míos.
Y en su cara había algo que no era sorpresa.
El mundo en el que vivía acababa de volverse mucho más oscuro, pero por primera vez, sentí que no estaba sola en él.