NovelToon NovelToon
TADMOR: La Historia De Una Asesina

TADMOR: La Historia De Una Asesina

Status: Terminada
Genre:CEO / Venganza / Completas
Popularitas:3.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Thais Perdida

En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.

Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.

Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.

Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.

Espera que vengan por ella.

NovelToon tiene autorización de Thais Perdida para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

XII. CEREBRO.

Los mellizos corrían por la sala como si el espacio fuera un patio de juegos y no una de las cámaras más seguras del planeta.

El niño se deslizaba entre las columnas con movimientos felinos, girando sobre un pie antes de saltar con precisión imposible para un niño de su edad. Mientras la niña, en cambio, no corría… se anticipaba.

Antes de que su hermano cambiara de dirección, ella ya estaba ahí, interceptándolo con una risa suave, como si pudiera ver el movimiento antes de que ocurriera. Andrea los observaba sin poder disimular el asombro.

—Son… —susurró— increíbles.

Danielle apoyó el hombro contra la pared, relajada.

—Lo sé.

Andrea los miró un momento más y luego giró hacia ella.

—¿Cómo se llaman? —preguntó.

Antes de que Danielle respondiera, una voz grave habló detrás.

—Mi niña se llama Athenas.

—Nuestra —corrigió Ares.

Andrea se giró. Ares estaba apoyado en el marco de la puerta, brazos cruzados, observando a los pequeños con una leve curva en los labios.

—Y mi niño… —añadió— Athan.

—Nuestro —volvió a corregir el gigante.

Los mellizos al oír sus nombres miraron hacia él al mismo tiempo. Sonrieron, corrieron.

Athan se lanzó contra su pierna y Athenas alzó los brazos para que la cargara. Ares la levantó con facilidad, acomodándola en su brazo como si fuese lo más natural del mundo. Andrea no pudo evitar notarlo.

El hombre capaz de planear guerras, manipular gobiernos y desaparecer del mapa mundial… sostenía a su hija con una delicadeza absoluta. De pronto…

Bip.

Un pulso electrónico suave vibró en la pared. Conrad apareció en la entrada, serio.

—Señor.

Ares alzó apenas la mirada.

—Habla.

—Solicitud de ingreso al perímetro exterior.

Silencio.

—Identificación confirmada. —otra pausa—. Es Asziel Garza.

Danielle ladeó la cabeza.

—No suele venir sin avisar.

Conrad negó.

—Esta vez pidió permiso formal.

Eso sí era raro. Muy raro. Ares bajó a Athenas al suelo con suavidad.

Sus ojos cambiaron. No emoción. No duda... Cálculo.

—¿Viene solo?

—Un helicóptero. Sin armamento visible. Sin escolta aérea. —respondió Conrad.

Andrea murmuró:

—Eso no significa que no tenga respaldo.

Conrad asintió.

—Ya estoy rastreando satélites y señales ocultas.

Ares caminó hacia la salida.

—Abre el perímetro.

Conrad lo miró.

—¿Confirmado?

—Confirmado. —lo miró

Danielle sonrió apenas.

—Si vino hasta acá solo… es porque lo que trae pesa más que su instinto de supervivencia.

Ares se detuvo un segundo antes de salir.

—O porque sabe que no le dispararía —a miró de reojo— . Todavía.

Athenas tiró suavemente del pantalón de Danielle.

—¿Quién viene, mamá?

Danielle se agachó frente a ella.

—Un aliado.

Athan inclinó la cabeza.

—No. Viene preocupado.

Andrea parpadeó.

—¿Cómo sabes eso?

El niño la miró como si la respuesta fuera obvia.

—Su ritmo cardíaco llega antes que él.

Silencio.

Conrad murmuró, casi para sí:

—Definitivamente… heredaron lo mejor de ambos.

Desde los ventanales superiores ya se escuchaba a lo lejos el batir de hélices acercándose. El aire cambió. La tensión también. Ares entrecerró apenas los ojos.

—Veamos qué noticia justifica que Asziel venga en persona.

El hangar se abrió ante ellos con su amplitud metálica y resonante. Las luces blancas del techo iluminaron la pista mientras el viento empezaba a arremolinarse en círculos.

El helicóptero negro descendía con una elegancia casi teatral. En el fuselaje brillaba el emblema dorado de un lobo... Símbolo de la familia Garza.

Las aspas redujeron velocidad. El aterrizaje fue suave. Preciso. Controlado.

Ares caminó al frente. Danielle a su lado. Conrad y varios soldados detrás. La compuerta se abrió. Primero apareció una bota negra. Luego la figura completa.

Asziel Garza.

Impecable. Sereno. Con esa presencia fría que parecía enfriar el aire alrededor.

—Ares —saludó con una leve inclinación de cabeza.

—Asziel.

Pero entonces… Todos notaron algo. Asziel no había bajado solo. En sus brazos llevaba dos pequeños cuerpos moteados, de pelaje dorado con sombras de rayas y manchas.

Dos cachorros.

Los animales levantaron la cabeza al unísono, ojos claros, curiosos… salvajes. Danielle entrecerró los ojos. Conrad parpadeó. Andrea se quedó inmóvil.

Ares avanzó un paso.

—¿Qué es eso?

Asziel lo miró sin emoción.

—Mucho cerebro… —dijo con calma— pero no sabes qué animal es.

Silencio.

—Si se que son. Ligres —respondió Ares.

Ni duda.

Ni sorpresa en la voz.

Solo certeza.

Asziel sonrió apenas.

—Correcto.

Ares inclinó levemente la cabeza.

—¿Para qué los trajiste?

Asziel acomodó a uno de los cachorros, que bostezó mostrando diminutos colmillos.

—Son un regalo —miro a los animales—. Dos cruces biológicos para dos cruces biológicos —pausa y los miró—. Para los niños.

El silencio fue inmediato. Pesado.

Andrea giró lentamente la cabeza hacia Ares. Luego hacia Danielle. Conrad frunció el ceño. Los soldados intercambiaron miradas. Danielle no habló.

Solo observó a Asziel. Analizando. Midiendo. Calculando.

Ares tampoco reaccionó de inmediato. Pero sus ojos… se afilaron.

—No sabía que te interesaban los regalos infantiles.

Asziel sostuvo su mirada.

—No me interesan. —otra pausa—.Pero sí me interesan tus herederos.

Silencio absoluto. El aire parecía más denso. Andrea tragó saliva.

—¿Cómo sabes de ellos?

Asziel la miró por primera vez.

—Porque yo también sé guardar secretos.

Uno de los cachorros emitió un pequeño gruñido juguetón y apoyó la cabeza en el brazo de Asziel. Danielle finalmente habló, voz suave pero cargada de filo:

—No respondiste la pregunta real.

Asziel giró hacia ella.

—¿Cuál?

—Quién más lo sabe.

El líder mafioso sostuvo su mirada verde sin titubear.

—Nadie… todavía.

Esa última palabra quedó suspendida como una amenaza invisible, pero no de él de algo más. Ares dio un paso más cerca de él.

No agresivo.Pero dominante.

—Entonces supongo que no viniste solo a jugar a ser tío.

Una leve sonrisa ladeó el rostro de Asziel.

—No.

Silencio. El ruido distante del mar chocando contra los acantilados llegó hasta el hangar. Asziel bajó un poco los brazos para que los cachorros quedaran más visibles.

—Vine a advertirte.

Los ojos de Ares se volvieron completamente fríos.

—Habla.

Asziel lo miró fijo.

—Apocalipsis ya sabe que existen.

El mundo… pareció detenerse. Incluso los cachorros dejaron de moverse. Y por primera vez desde que llegó… la sonrisa de Danielle desapareció.

El sector asegurado se abrió con un suave siseo hidráulico.

Los pequeños ya estaban allí. Athan fue el primero en correr, directo hacia los cachorros, con esa mezcla imposible de elegancia y energía salvaje que solo un niño… no del todo normal… podía tener.

—¡Animales! —exclamó con entusiasmo.

Asziel arqueó apenas una ceja. Athenas caminó detrás, más serena, más silenciosa. Sus ojos verdes —idénticos a los de Danielle— observaron a Asziel antes que a los ligres.

Eso ya era extraño. Los cachorros pasaron de sus brazos a los de los mellizos sin resistencia, como si reconocieran algo en ellos.

Instinto.

Sangre.

Jerarquía.

Asziel notó el detalle. Athan se sentó en el suelo jugando con una de las colitas moteadas. El ligre intentó morderle la manga. El niño rió.

Pero Athenas... Athenas no miraba a los animales. Lo miraba a él. Se acercó. Pasos suaves. Medidos.

Demasiado conscientes para su edad. Ares la observó de reojo. No intervino. Danielle tampoco. La niña se detuvo frente a Asziel.

Y entonces… Extendió la mano. Lo tocó. Solo la punta de sus dedos rozó la piel de él. El aire cambió. Asziel sintió algo extraño. No dolor. No frío. No miedo.

Lectura. Como si alguien abriera un libro invisible dentro de su cabeza. Los ojos de la niña se enfocaron levemente y habló con voz tranquila:

—Veintisiete años.

Silencio. Conrad dejó de respirar.

—Naciste en Italia… pero no eres italiano. —inclinó la cabeza— Hijo de gitanos.

Asziel no se movió. Ni un músculo. La niña continuó:

—Capo de la 'Ndrangheta.

Andrea abrió los ojos. Athan levantó la vista, curioso. Athenas parpadeó una vez.

—También eres mellizo. –pausa, su voz bajó apenas—. Pero tu hermano murió.

Silencio total. Los soldados se miraron entre sí. Conrad susurró:

—…No puede ser.

Asziel seguía inmóvil. Solo sus ojos cambiaron.

No con miedo.

No con sorpresa.

Reconocimiento. Observó a la niña como si estuviera viendo algo rarísimo en el mundo: Alguien que podía verlo a él. De verdad.

—Interesante… —murmuró finalmente.

Athenas soltó su mano, como si nada. Se agachó y tomó al otro cachorro. Ares habló entonces, voz baja:

—No le gusta que le mientan.

Asziel desvió la mirada hacia él.

—Lo tendré en cuenta.

Danielle cruzó los brazos, orgullosa pero alerta.

—No suele hablar tanto con desconocidos.

Athenas levantó la vista.

—No es desconocido.

Todos la miraron. La niña acarició al ligre.

—Es peligroso… pero no para nosotros.

Silencio.

Athan sonrió inocente y dijo:

—Me cae bien.

Asziel exhaló apenas por la nariz. Casi una risa.

—A mí también.

Pero sus ojos seguían en la niña. Midiendo. Calculando.

Evaluando.

Como si acabara de confirmar algo que sospechaba desde antes de aterrizar ycuando habló otra vez… su tono ya no era de visita social. Era de estratega.

Los ligres quedaron en el suelo, rodando torpemente entre las manos pequeñas de Athan mientras Athenas les acomodaba las patitas con una delicadeza casi quirúrgica.

Los adultos se alejaron. Puerta sellada. Sistema de seguridad activado. Silencio infantil atrás. Tensión adulta adelante.

La sala central se iluminó apenas entraron.

Pantallas translúcidas flotaban como paneles de cristal líquido alrededor del núcleo de control. El piso reflejaba sus siluetas como un espejo oscuro.

Ares caminaba delante.

—No puedo creer que les hayas traído depredadores híbridos como mascotas a mis hijos.

Asziel soltó una risa baja, relajada.

—Son cachorros.

—Son armas biológicas con patas.

—También tus hijos —respondió el italiano con calma.

Conrad se atragantó con su propia respiración. Danielle, en cambio, sonrió.

—Tiene un punto.

Ares giró el rostro apenas hacia ella. Ella alzó una ceja.

—Relájate. Los ligres no son lo más peligroso en esta isla. —soltó una carcajada.

Andrea observaba en silencio. Cada conversación en ese lugar parecía un duelo disfrazado de charla casual. Entonces Danielle se giró hacia ella.

—Andrea. —la llamo.

—¿Sí?

—¿Sabes algo del cerebro humano?

Andrea frunció apenas el ceño.

—Soy psicóloga clínica y forense. Así que… sí.

Danielle asintió satisfecha. Extendió la mano. El aire frente a ellas vibró y entonces apareció la proyección.

Dos cerebros flotaron en holograma. Luz azul. Detalles anatómicos perfectos. Actividad eléctrica visible como tormentas diminutas. Andrea dio un paso adelante sin darse cuenta.

—¿Estos son…?

—Athan y Athenas —respondió Danielle.

Silencio.

La actividad neuronal no era normal. No era intensa. Era… absurda. Regiones completas activas al mismo tiempo. Conexiones interhemisféricas encendidas como autopistas. Sinapsis disparando a velocidad imposible.

Andrea susurró:

—Esto… esto no existe. —dijo sin poder creerlo.

Conrad apoyó una mano en la consola.

—Procesan información más rápido que cualquier supercomputadora actual.

Asziel inclinó la cabeza, estudiando los patrones. Ares no hablaba.

Andrea señaló el cerebro de Athenas.

—Ella tiene hiperconectividad predictiva. Puede leer microexpresiones, tono muscular, dilatación pupilar… y proyectar probabilidades conductuales en tiempo real—Andrea tragó saliva—. Por eso supo quién era él…

—Exacto.

Luego señaló el de Athan.

—Y él…

Las ondas cambiaron. Más densas. Más profundas.

—Él no predice —dijo Danielle suavemente—. Él resuelve.

Andrea la miró.

—¿Resuelve qué?

Ares respondió esta vez:

—Problemas. —una pausa—. Cualquier problema.

El silencio se volvió pesado. Andrea volvió a mirar los cerebros flotantes. No veía niños. Veía algo que la humanidad nunca había visto antes.

—Son… —su voz se quebró un poco— otra especie.

Danielle negó suavemente.

—No.

Miró las proyecciones con algo que no era orgullo… ni miedo… Era amor.

—Son nuestros hijos. —continuó Ares.

Las luces del holograma se reflejaron en los ojos de todos y por primera vez desde que había llegado a la isla… Andrea entendió algo aterrador. El mundo no estaba preparado para ellos. Ni siquiera un poco.

Ares no apartó la mirada de las proyecciones. La luz azul dibujaba líneas sobre su rostro, marcando cada ángulo de su expresión seria.

—El cerebro de ambos no está terminado —dijo con voz baja, firme—. No están en su punto máximo. Ni cerca.

Andrea lo miró.

—¿Cómo que no están terminados? Son niños…

—Son organismos en evolución acelerada —corrigió él—. Cada semana aparecen nuevas conexiones neuronales que no estaban antes. Nuevas rutas. Nuevas funciones.

Conrad se acercó un paso, fascinado, como si estuviera frente a una obra maestra irrepetible.

—No solo evolucionan —añadió—. Se optimizan.

Extendió la mano y amplió la proyección de Athan.

Las sinapsis brillaron con intensidad.

—Él está a nada… —murmuró Conrad, casi sonriendo de incredulidad—. A nada de cruzar el umbral.

Andrea frunció el ceño.

—¿Umbral de qué?

Conrad giró la cabeza hacia ella.

—Psicoquinesis.

Silencio absoluto. Andrea pensó que había oído mal.

—Eso no existe.

Ares habló sin emoción:

—Existe. Solo que nunca sobrevivió nadie capaz de desarrollarlo.

Conrad señaló un patrón eléctrico.

—Actividad en lóbulo parietal, corteza motora suplementaria y núcleos talámicos sincronizados… sin estímulo físico. Está generando impulsos de acción sin ejecutar movimiento muscular.

Andrea susurró:

—Está… intentando mover cosas con la mente.

—No intentando —corrigió Danielle suavemente—. Esta aprendiendo.

El pulso de luz en el cerebro de Athan aumentó. Andrea retrocedió medio paso.

—¿Y la niña…?

Nadie respondió de inmediato. Ares miró el otro holograma.

—Athenas es distinta —Danielle habló esta vez—. Ella no mueve objetos.

Señaló la red neuronal frontal.

—Ella mueve personas.

Andrea sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Explícate.

Conrad amplió regiones del cerebro de la niña. La actividad era… elegante. Ordenada. Precisa.

—Hiperactividad en corteza prefrontal medial, ínsula y sistema límbico conectado —explicó—. Traducción simple…

Miró a Andrea directo a los ojos.

—Puede entrar en la mente humana.

Silencio. Andrea no respiró.

—No leerla —continuó Danielle—. Eso es básico. Puede influirla. Alterar percepciones. Insertar ideas. Calmar. Provocar. Dominar.

El aire se volvió pesado.

—Manipulación cognitiva directa —concluyó Ares.

Andrea sintió que el mundo se inclinaba levemente bajo sus pies.

—Eso… eso es imposible.

Ares la miró.

—Eso es inevitable –una pausa—. El mundo no va a entenderlos —añadió—. Y lo que el mundo no entiende… intenta destruirlo.

Danielle cruzó los brazos.

—Por eso nadie debe saber lo que son.

Conrad murmuró:

—Ni lo que llegarán a ser.

Andrea volvió a mirar los cerebros flotando. No veía niños prodigio. Veía el siguiente paso evolutivo y entonces entendió algo más. No eran peligrosos todavía. Pero algún día… Lo serían para todos.

Detrás de la puerta blindada, a lo lejos, se oyó la risa de los mellizos jugando con los ligres. Sonaba inocente. Demasiado inocente para el futuro que cargaban dentro del cráneo.

Las proyecciones seguían girando en el aire.

Conrad ampliaba patrones. Danielle señalaba posibles ramificaciones evolutivas. Andrea hacía preguntas cada vez más técnicas, intentando racionalizar lo que veía. Ares permanecía en silencio, brazos cruzados.

—Si la plasticidad neuronal continúa a este ritmo —decía Conrad—, en cinco años podrían desarrollar habilidades que ni siquiera podemos teorizar ahora.

—No cinco —corrigió Ares—. Tres.

Danielle asintió levemente.

—Y no serán habilidades aisladas. Serán combinadas. Inteligencia predictiva, manipulación cognitiva y control físico a distancia… en sincronía.

Andrea murmuró:

—Eso cambiaría el equilibrio del planeta.

Y entonces... La proyección parpadeó. Un microcorte. Conrad frunció el ceño.

—Eso no debería...

La imagen del cerebro de Athan se distorsionó. Interferencia. Líneas rojas cruzaron el holograma. Las luces de la sala titilaron.

Una vez.

Dos.

Luego...

ALARMA.

Las luces blancas se apagaron. Se encendieron rojas. El sonido grave de emergencia llenó la sala.

—Intrusión —dijo la voz automatizada del sistema—. Acceso no autorizado al núcleo central.

Conrad ya estaba tecleando.

—Imposible. Está aislado. No tiene conexión externa.

Las pantallas se apagaron por completo.

Oscuridad roja. Luego una imagen comenzó a reconstruirse en el centro de la sala. No era el sistema de ellos. No era su interfaz.

Era otra señal.

Forzada.

Inyectada.

La figura se estabilizó.

Un joven. Cabello oscuro. Rostro perfecto. Ojos claros… demasiado claros.

Sin emoción. Sin parpadeo.

Apocalipsis.

Andrea sintió que el aire se volvía hielo en sus pulmones. Danielle no se movió. Ares tampoco.

El muchacho inclinó levemente la cabeza. La cámara parecía demasiado cerca. Como si estuviera observándolos desde dentro. Su voz emergió.

Calma.

Metálica.

Controlada.

—Hola, Sujeto G-02 —silencio—. Hola, Sujeto D-01. Alias Ares Moguilevich Sujeto G-02 y Danielle Hoffmann Sujeto D-01

Una pausa mínima.

Sus ojos se deslizaron hacia Andrea.

—Y tú debes ser la variable reciente.

Conrad murmuró:

—No puede estar dentro del sistema…

Apocalipsis continuó como si lo oyera.

—No estoy dentro de su sistema. —silencio—. Estoy dentro de ustedes.

Las luces parpadearon con mayor intensidad. Ares dio un paso adelante.

—¿Qué quieres?

El joven lo observó.

Analizando.

Midiendo.

—Confirmación —pausa–. Y ahora la tengo.

Danielle entrecerró los ojos.

—¿Confirmación de qué?

Los labios de Apocalipsis se curvaron apenas. No era una sonrisa humana.

—De que existen.

El corazón de Andrea golpeó con fuerza. Ares no mostró reacción.

—Te refieres a nosotros.

Apocalipsis negó lentamente.

—No.

Sus ojos se movieron levemente hacia la pared que conducía al sector asegurado.

—Me refiero a lo que dejaron crecer.

Silencio absoluto. Conrad susurró:

—No puede verlos…

El joven habló otra vez.

—No necesito verlos, doctor Conrad Schneider —guardo silencio mirandolos a todos—. Puedo sentir la anomalía en la red global. Dos picos de actividad imposibles de ocultar.

Danielle mantuvo la voz firme.

—Si viniste a amenazar, termina y vete.

El joven la miró. Por primera vez, algo cruzó su expresión. No emoción. Curiosidad.

—No vine a amenazar. —se inclinó levemente hacia la cámara—. Vine a advertir.

Las luces rojas pulsaron al ritmo de su voz.

—El mundo no está preparado para ellos.

Ares respondió frío:

—El mundo nunca está preparado para nada.

Apocalipsis sostuvo su mirada. Las luces seguían rojas.

La imagen de Apocalipsis aún ocupaba el centro de la sala.

—Cuando llegue el momento… —continuó con voz perfectamente modulada— no vendré por ustedes. Vendré por lo que creen que pueden proteger.

Ares no parpadeó. Danielle sostuvo su mirada sin miedo. Andrea apenas respiraba.

Apocalipsis inclinó levemente la cabeza.

—Son una anomalía estadística. Dos picos neurológicos imposibles de ocultar. Dos variables que alteran el equilibrio. Y yo fui diseñado para restaurarlo.

Conrad murmuró:

—Está rastreando en tiempo real…

De pronto un sonido se escucho.

Al principio leve. Un zumbido. Agudo. Persistente. Andrea frunció el ceño.

—¿Escuchan eso?

El zumbido aumentó.

Más fuerte.

Más penetrante.

Ares apretó la mandíbula, Asziel tapo uno de sus oidos. Conrad se llevó una mano a la sien. Las luces vibraron. El sonido se convirtió en algo insoportable. Un taladro dentro del cráneo. Danielle cerró los ojos con fuerza.

—No es el sistema… —hablo ella.

El zumbido subió otro nivel. Andrea gritó y se cubrió los oídos. Incluso la imagen de Apocalipsis comenzó a distorsionarse. Por primera vez... Su expresión cambió.

Dolor. La cámara tembló.

Él llevó una mano a su cabeza.

—¿Qué… están… haciendo…?

El zumbido era brutal. Orgánico. Mental.

Danielle y Andrea se giraron al mismo tiempo... En la entrada estaba ella, Athenas. De pie. Inmóvil.

Sus pequeños puños cerrados a los costados. Sus ojos… brillaban. No reflejo. No luz ambiental. Brillaban desde dentro... Un verde intenso, antinatural y puro.

El aire alrededor de ella parecía vibrar. El zumbido aumentó. Apocalipsis se inclinó hacia adelante, ahora claramente afectado.

—Detén… eso…

Ares no se movió. Observaba. Entendía. Andrea susurró con miedo:

—Está entrando en su mente…

Athenas dio un paso adelante. El sonido se volvió insoportable para todos. Las pantallas comenzaron a fracturarse digitalmente.

 Apocalipsis cayó de rodillas dentro de la transmisión.

—¡SUFICIENTE! —gruñó.

La niña habló. Su voz ya no era infantil. Era firme. Clara. Afilada.

—¿Quieres venir por nosotros?

Otro paso. Apocalipsis apretó los dientes, temblando.

—No… puedes…

Los ojos de Athenas brillaron aún más.

—Te esperamos con gusto.

Silencio eléctrico y entonces, con una furia perfectamente consciente, dijo:

—Hijo de tu perra madre. —le gruñó la niña sacándole el dedo en medio.

El zumbido alcanzó un pico imposible. La imagen de Apocalipsis se fragmentó en miles de líneas erráticas. A la derecha, Athan apareció. Tranquilo. Serio.

Caminó hacia el panel principal.

No tocó botones.

No miró pantallas.

Solo apoyó la palma sobre la superficie negra. Las luces del sistema parpadearon. El núcleo vibró. La transmisión colapsó.

Pantalla negra.

Silencio absoluto.

El zumbido desapareció de golpe.

Como si nunca hubiera existido. Las luces volvieron a blanco. El aire dejó de pesar.

Andrea cayó de rodillas, respirando agitadamente. Conrad se sostuvo del panel.

Danielle miró a su hija. Athenas respiraba agitada, pero consciente. El brillo en sus ojos se desvaneció lentamente.

Volvieron a ser verdes. Normales.

Ares dio un paso hacia ella, inclinándose a su altura.

—¿Terminaste, mi amor?

La niña asintió con ternura.

—Sí, papi.

Athan retiró la mano del panel.

—Ya no puede vernos. —dijo el niño como un experto.

Silencio. Andrea levantó la mirada hacia los mellizos.

Ya no eran teoría.

Ya no eran potencial.

Acababan de enfrentarse a Apocalipsis y lo habían hecho retroceder. Athenas miró a su padre.

—No me gustó cómo habló.

Ares se agachó frente a ella. Su voz fue suave.

—Lo sé.

Detrás de ellos, nadie dijo lo que todos pensaban. Si con esa edad podían hacer eso… ¿Qué serían capaces de hacer cuando crecieran?

...----------------...

El pasillo hacia la sala médica estaba en silencio. Demasiado silencio.

Ares caminaba solo esta vez. Sin Danielle. Sin Conrad. Sin pantallas. Sin estrategia. Solo pasos firmes contra el suelo pulido.

La puerta de la habitación de Arthur se abrió con un leve sonido hidráulico. Dentro, la luz era tenue. Monitores cardíacos marcaban un ritmo estable. Suero conectado. Vendaje firme cubriendo el abdomen donde la herida aún sanaba.

Arthur estaba despierto. Más pálido de lo habitual pero consciente.

—Tienes esa cara —murmuró con voz ronca—. La de cuando algo salió mal.

Ares cerró la puerta detrás de él.

—No salió mal. —e acercó a la cama—. Pero tampoco salió bien.

Arthur intentó incorporarse. El dolor lo hizo tensar la mandíbula.

—Habla.

Ares permaneció de pie, mirándolo desde arriba unos segundos. Evaluando cuánto decir.

Aún no le había contado sobre los mellizos. Aún no.

—Apocalipsis apareció.

Arthur frunció el ceño.

—¿Aquí? —preguntó confundido.

—En el sistema.

—¿Cómo?

—No importa cómo.

Arthur lo estudió.

—Eso no es una respuesta técnica. Eso es una respuesta emocional.

Ares ignoró el comentario.

—No vino físicamente. Fue una transmisión forzada. Sabía demasiado. —observó los monitores.

Arthur sintió un nudo en el estómago.

—¿Demasiado sobre qué?

Ares lo miró fijo. Midió sus palabras.

—Sobre lo que estamos protegiendo.

Arthur sostuvo la mirada.

—¿El proyecto?

Silencio breve.

—Algo más.

Arthur notó la pausa. Pero no presionó.

—¿Qué dijo?

—Que vendrá.

Una respiración pesada salió de Arthur.

—Entonces el proyecto Evolución sigue activo. —dedujo.

—Sí. —confirmó Ares.

Arthur cerró los ojos un segundo.

—Te dije que el permiso gubernamental no significaba control. Solo encubrimiento. —le recordo.

Ares no respondió.

Arthur abrió los ojos nuevamente.

—¿Te atacó?

—Intentó.

—¿Y?

Una mínima pausa.

—No funcionó.

Arthur lo estudió con atención. Había algo distinto en él. No era tensión. Era… algo más profundo. Protección.

—Ares, hijo.—dijo con voz más suave—. Lo que sea que estés ocultando ahora… no lo hagas solo.

Silencio. Ares desvió la mirada hacia el monitor cardíaco un instante.

—No estoy solo.

Arthur notó esa frase y lo que implicaba.

—¿Hay alguien más en esto?

Ares volvió a mirarlo. Por un segundo casi habló, casi dijo la verdad completa. Pero no.

—Descansa —ordenó finalmente.

Arthur suspiró con frustración leve.

—Siempre haces eso.

—¿Qué cosa? —Ares arqueó una ceja.

—Decidir cuándo me cuentas la mitad.

Ares dio un paso hacia la puerta. Antes de salir, Arthur habló otra vez.

—Ares.

Él se detuvo.

—Sea lo que sea que esté viniendo… si es más grande que tú… —pausa—. Déjame estar de tu lado.

Silencio largo. Ares no giró.

Pero su voz fue diferente esta vez.

Más baja.

Más humana.

—Ya lo estás.

Y salió. El monitor cardíaco siguió marcando un ritmo constante. Arthur quedó mirando el techo. Sabía que algo enorme estaba ocurriendo, algo que su hijo aún no se animaba a decirle y lo que más le inquietaba era que, por primera vez... Ares parecía tener miedo.

...----------------...

...(Asziel y los cachorros)...

...^^^(PROYECTO APOCALIPSIS)^^^...

1
Analia Puntin
Excelente narración, atrapante
Evelyn Robles Lepin
spenser con más músculo y más alto
Evelyn Robles Lepin
spenser con más músculo y más alto
Alison Mendoza Sotelo
Maravillada y ansiosa por más
Alison Mendoza Sotelo
Segunda temporada.????
Mercedes Tibisay Marin
hay ellos no puedes morir el padre de ella tiene que sufrir por todo el daño que hicierón
Mercedes Tibisay Marin
hay Dios estó está muy bueno
Mercedes Tibisay Marin
esté hombre como papá merece que ella le haga lo mismo
Mercedes Tibisay Marin
ese padre es un mostro
María Angelica Stessens
Autora esta historia es fascinante , adictiva , no puedo dejar de leer y tan detallista que me hace como si yo fuera cada uno de los personajes 👏👏👏
Nancy RoMo
yo que queria athenas y luciam juntos 🥺😣😣
María Angelica Stessens
estupenda historia , felicitaciones 👏👏👏👏
Nancy RoMo
luciam 🥺🥺🥺
María Angelica Stessens
apasionante la historia 👏👏👏
Nancy RoMo
🥺🥺🥺
Nancy RoMo
💀💀💀💀
Alison Mendoza Sotelo
Que los mate de una ves
Nancy RoMo
😰😰😰😰😰😱😱😱😱😱
Nancy RoMo
amo a todos 😍😍😍
Alison Mendoza Sotelo
Esperar por más


No tardes
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play