Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!
- ¡Pero si yo no fui!
Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!
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Capítulo 24: El jardín de las promesas
Viollet
La finca de los acantilados nos recibió con el cielo abierto y el mar rugiendo abajo, como si nunca hubiera ocurrido nada. Como si la guerra, la muerte de Grecia, la conspiración, todo hubiera sido un mal sueño del que por fin despertábamos.
Pero no era un sueño. Lo sabía por el dolor en mi brazo, aún fresco bajo las vendas. Lo sabía por el silencio de Rubén, que cabalgaba a mi lado sin decir palabra, con la mirada perdida en el horizonte. Lo sabía por el vacío en mi pecho, allí donde antes habitaba el odio.
—Hemos llegado —dijo Lars, deteniendo su caballo frente a la puerta principal.
La mansión de piedra gris se alzaba ante nosotros, con sus torres redondas y sus jardines en terrazas. Los criados salieron a recibirnos con caras de alivio, y Mira, mi doncella, corrió hacia mí con los brazos abiertos.
—¡Señorita! —gritó, abrazándome con una fuerza que me sacudió—. ¡Señorita, está viva!
—Estoy viva —respondí, devolviendo el abrazo—. Y tú también.
—La señorita Grecia… —Mira se apartó, con los ojos llenos de lágrimas—. Me enteré. Lo siento tanto.
—No lo sientas. Ella eligió su camino.
No eran palabras que creyera del todo, pero eran las que tenía.
Rubén desmontó y me ayudó a bajar del caballo. Su mano en mi cintura fue un ancla, un recordatorio de que no estaba sola.
—Entremos —dijo, con voz cansada—. Necesitamos descansar.
—Sí —respondí—. Descansar.
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La finca olía a cera y a lavanda, como la primera vez que llegamos, cuando aún éramos dos desconocidos que se observaban con desconfianza. Ahora todo era diferente. Ahora éramos marido y mujer, amantes, compañeros de guerra. Ahora llevábamos las cicatrices de dos vidas grabadas en la piel y en el alma.
Subimos a nuestros aposentos, y los criados nos dejaron solos. Rubén se sentó en el borde de la cama y se quitó las botas con movimientos torpes, como si de repente hubiera olvidado cómo se hacía.
—Déjame —dije, arrodillándome frente a él.
Le desabroché las hebillas con dedos que aún temblaban apenas, y cuando las botas cayeron al suelo, apoyé la cabeza en sus rodillas.
—Esto es real —susurré—. ¿Verdad? Hemos vuelto.
—Es real —respondió, acariciando mi cabello—. Hemos vuelto.
—¿Y ahora qué?
—Ahora vivimos. Plantamos el jardín. Tenemos hijos. Envejecemos juntos viendo el mar.
—¿Y si no podemos? ¿Y si la guerra vuelve?
—Entonces lucharemos. Como siempre.
Alcé la cabeza y lo miré. En sus ojos grises vi el cansancio, pero también la determinación.
—Te amo —dije.
—También te amo.
Me levanté y lo besé, y el beso fue suave, casi tímido, como si aún no nos creyéramos el derecho a estar vivos. Pero cuando sus manos recorrieron mi espalda y encontraron los cordones de mi vestido, la timidez se disolvió en algo más profundo, más urgente.
—¿No quieres descansar? —pregunté, mientras él me desnudaba con una lentitud que era una caricia.
—Descansaré después —respondió, besando mi cuello—. Ahora te necesito.
—También te necesito.
Me tendió en la cama y se desnudó a su vez, con prisas, como si el tiempo se acabara. Su cuerpo estaba marcado por las batallas: cicatrices antiguas, quemaduras recientes, la herida del costado aún rosada. Las recorrí con la punta de los dedos, sintiendo la textura de la carne nueva.
—Eres hermoso —dije.
—Estás loca.
—Un poco. Pero eso te gusta.
Sonrió, y esa sonrisa borró por un instante la fatiga de su rostro.
—Sí —dijo—. Me gusta.
Se deslizó sobre mí, y yo lo recibí con los brazos abiertos y las piernas enredadas en las suyas. Hicimos el amor despacio, con la conciencia de que cada momento era un regalo. Él decía mi nombre entre susurros, y yo decía el suyo como una oración, y cuando el placer nos alcanzó a los dos, fue como si el mundo entero se detuviera para contemplarnos.
Después, nos quedamos abrazados, con el sudor secándose en nuestra piel y las sábanas enredadas en nuestros pies.
—El jardín —dije, con la mejilla apoyada en su pecho—. ¿Cuándo lo plantamos?
—Mañana —respondió—. O pasado. Cuando hayamos descansado.
—¿Qué flores pondremos?
—Las que tú quieras.
—¿Rosas?
—Rosas.
—¿Lirios?
—Lirios.
—¿Y un manzano?
—Un manzano. O dos.
Sonreí, y por primera vez en semanas, la sonrisa me llegó al corazón.
—Va a ser hermoso —dije.
—Como tú —respondió.
—Eres un adulador.
—Soy un hombre enamorado. Eso es peor.
Reí, y su risa se unió a la mía, y por un momento, el pasado desapareció.
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Rubén
La mañana siguiente amaneció gris y lluviosa, pero a mí me pareció el día más hermoso de mi vida.
Viollet dormía a mi lado, con el cabello blanco desparramado sobre la almohada y los labios entreabiertos. Su brazo vendado descansaba sobre mi pecho, y su respiración era lenta, profunda, la de alguien que por fin ha encontrado la paz.
No quise despertarla. Me levanté con cuidado, me vestí y salí al pasillo. Lars estaba de guardia, apoyado en la pared con los brazos cruzados.
—Señor —dijo, incorporándose—. ¿Descansó bien?
—Como no lo hacía en años —respondí—. ¿Y tú?
—También. La guerra cansa.
—La guerra cansa —repetí, como si fuera una verdad absoluta.
Bajamos juntos a los jardines, donde la lluvia empapaba la tierra y las flores silvestres se mecían al viento. El lugar donde Viollet quería plantar su jardín era una terraza frente al mar, con vistas a los acantilados y al horizonte infinito.
—Aquí —dije, señalando el terreno—. Aquí plantaremos las rosas.
—¿Rosas? —Lars arqueó una ceja—. ¿El duque Dubrey plantando rosas?
—El duque Dubrey hace lo que su duquesa le ordena.
Lars sonrió, y por un instante vi al muchacho que había sido antes de las guerras, antes de las muertes, antes de todo.
—Es una buena mujer —dijo—. La duquesa.
—Lo sé.
—La quiere.
—Lo sé.
—Y ella lo quiere a usted.
—También lo sé.
Lars negó con la cabeza, pero su sonrisa no se borró.
—Nunca pensé verlo así, señor. Enamorado.
—Yo tampoco. Pero la vida da sorpresas.
—¿Sorpresas buenas?
—Las mejores.
Nos quedamos en silencio, viendo la lluvia caer sobre el mar. Y por primera vez en años, no pensé en la guerra.
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Viollet
Cuando desperté, Rubén no estaba a mi lado.
Me incorporé con un sobresalto, pero el calor de las sábanas me dijo que no hacía mucho que se había ido. Me puse la bata y salí al pasillo, donde Mira me esperaba con una bandeja de té.
—El duque está en los jardines, señorita —dijo, como si leyera mis pensamientos—. Con Lars.
—¿En la lluvia?
—Dice que quiere ver dónde plantará las rosas.
Sonreí, a pesar de todo.
—Lleva razón. Las rosas necesitan tierra húmeda.
Me vestí con ropas sencillas —pantalones de cuero, botas, una chaqueta de lana— y bajé a los jardines. La lluvia me mojó el cabello en segundos, pero no me importó. Rubén estaba allí, de pie junto a la terraza, con el rostro vuelto hacia el mar.
—¿No tienes frío? —pregunté, acercándome a él.
—Un poco —respondió, sin volverse—. Pero merece la pena.
—¿El qué?
—Ver esto. El mar. La lluvia. El jardín que vamos a plantar. Todo.
Me puse a su lado, y su brazo me rodeó la cintura.
—Es hermoso —dije.
—Lo es.
—¿Crees que algún día dejaremos de tener miedo?
—No lo sé —respondió—. Pero si el miedo vuelve, lo enfrentaremos juntos.
—Como siempre.
—Como siempre.
Apoyé la cabeza en su hombro, y la lluvia siguió cayendo sobre nosotros, lavando la sangre, la culpa, la muerte.
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Rubén
Esa noche, después de cenar, Viollet y yo nos sentamos junto a la chimenea de la biblioteca.
Ella tenía el diario de su madre en el regazo, pero no lo abría. Solo lo sostenía, como si fuera un talismán, un recordatorio de todo lo que había perdido y todo lo que había ganado.
—¿Vas a leerlo? —pregunté.
—No —respondió—. No esta noche.
—¿Qué vas a hacer, entonces?
—Pensar. En mi madre. En Darell. En Grecia. En todo.
—¿Y en nosotros?
—En nosotros también. Siempre.
La tomé de la mano y la apreté.
—Tu madre estaría orgullosa de ti —dije.
—¿Crees?
—Lo sé. Sobreviviste. Luchaste. Venciste. Eso es lo que ella quería.
—¿No quería que fuera feliz?
—También. ¿Y lo eres?
Viollet me miró, y en sus ojos violetas vi la respuesta antes de que sus labios la pronunciaran.
—Sí —dijo—. Contigo, sí.
La besé, y el beso fue largo, profundo, lleno de todas las palabras que no hacían falta decir.
—¿Sabes una cosa? —dijo, cuando nos separamos.
—¿Qué?
—La primera vez que te vi en el altar, pensé que eras el hombre más frío del mundo.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que solo estabas esperando a que alguien te calentara.
Sonrió, y esa sonrisa fue la cosa más hermosa que había visto en dos vidas.
—Y tú me calentaste —dijo—. Para siempre.
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Viollet
A la semana siguiente, empezamos a plantar el jardín.
Los criados nos ayudaron a cavar la tierra, a abonarla, a traer los plantones del vivero más cercano. Rubén se ensució las manos como un campesino más, y yo reí al verlo arrodillado en el barro con una pala en la mano.
—El gran duque Dubrey —dije, con una sonrisa—. Plantando rosas.
—El gran duque Dubrey —respondió, sin inmutarse—. Haciendo feliz a su esposa.
—¿Crees que unas rosas me harán feliz?
—No. Pero el jardín entero, sí.
Me arrodillé a su lado y planté el primer rosal con mis propias manos. La tierra era fría y húmeda, y el olor a raíces y a lluvia me llenó los pulmones.
—Aquí —dije, señalando un rincón—. Aquí pondremos los lirios.
—¿Y aquí? —preguntó él, señalando otro.
—Aquí, las margaritas.
—¿Y el manzano?
—El manzano, en el centro. Para que dé sombra cuando estemos viejos.
—¿Viejos? —Rubén arqueó una ceja—. ¿Vamos a envejecer juntos?
—Eso espero —respondí, con el corazón en un puño.
—Yo no espero. Lo sé.
Me besó, y el beso fue suave, casi casto, pero en él había una promesa más profunda que cualquier palabra.
—Te amo —dijo.
—Te amo más —respondí.
—Empate.
—Siempre.
Y en el jardín recién plantado, con las manos llenas de tierra y el corazón lleno de esperanza, supe que, pasara lo que pasara, estaríamos bien.
Porque éramos Viollet y Rubén.
Y juntos, éramos imparables.
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Gracias por leer 😊❤️✨
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰