Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.
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6_El Precio del Silencio y El Asedio de Karma
Nagisa no se movió. No hubo un abrazo esperado, ni un suspiro de alivio, ni la calidez que Karma había soñado encontrar después de siete años de vacío. El aire en el pasillo se volvió pesado, casi gélido, como si el invierno que ambos habían intentado escapar hubiera regresado para envolverlos en sus brazos fríos. Las luces fluorescentes del techo parpadeaban suavemente, proyectando sombras que bailaban en las paredes como recuerdos del pasado. Nagisa ajustó el agarre de su maletín, sus nudillos blancos destacando contra su piel pálida, mientras su mente recorría todos los momentos en los que había esperado esta reunión —los días en que revisaba su teléfono esperando un mensaje, las noches en las que imaginaba cómo sería verlo de nuevo, cómo pedirle que volviera.
—¿Viniste porque te diste cuenta ahora, cuando ya no necesito nada de ti? —dijo Nagisa, su voz más firme ahora, aunque aún se notaba la emoción que intentaba contener—. Qué conveniente que te des cuenta cuando ya he aprendido a vivir sin ti.
Karma parpadeó, desconcertado por la dureza en la voz de Nagisa —una dureza que no había visto nunca antes. Intentó acercarse un paso más, pero la mirada fría del peliazul lo detuvo en seco.
—Nagisa, yo... no entendí lo que estaba haciendo —comenzó, su elocuencia habitual abandonándolo—. Pensé que alejarme te protegía, que no tendrías que llevar mi dolor junto al tuyo. Pensé que si me convertía en alguien importante, podría hacerle honor a Koro-sensei... pero olvidé que él nos enseñó que el verdadero poder está en estar juntos.
Nagisa soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de alegría.
—¿Protegerme? —dijo, mirándolo directamente a los ojos por primera vez desde que llegara—. Me dejaste solo con el peso de haber sido quien acabó con él, con todos los demás llorando en mis hombros, preguntándose por qué no pudimos salvarlo. Todos sostuvimos sus tentáculos hasta el final, todos compartimos ese momento... menos tú. Te fuiste antes de que terminara, antes de que pudiéramos decirle adiós juntos.
Karma sintió cómo la sangre se helaba en sus venas. No había considerado cómo Nagisa había sentido aquella noche —no solo como el que debía dar el golpe final, sino como el que debía mantener la compostura mientras todos los demás buscaban consuelo unos en otros.
—Nunca te dejé de amar, Nagisa —susurró, la voz rota—. Nunca pude.
—Eso es lo que más duele —respondió Nagisa, cerrando los ojos por un instante—. El saber que aún me amas, cuando yo pasé años tratando de olvidar que te amaba a ti también.
El silencio volvió a caer sobre ellos, más denso que antes. Mientras tanto, la lluvia empezó a golpear contra las ventanas del pasillo, como si el cielo también llorara por lo que se estaba perdiendo.
Karma no era alguien que aceptara un "no" por respuesta, especialmente cuando sabía que tenía la culpa. Al día siguiente, no apareció con un traje caro, sino con ropa informal —una camiseta negra y pantalones vaqueros desgastados— sentado en los columpios del parque frente a la escuela de Nagisa. El banco de madera estaba húmedo por la lluvia de la tarde anterior, pero él no parecía importarle.
Traía consigo un cartón de leche de fresa, la bebida favorita de ambos en la secundaria —la misma marca que solían comprar en la tienda de la esquina después de los entrenamientos de la Clase E.
—Llegas tres minutos tarde, Nagisa-kun —dijo Karma cuando vio salir al peliazul cruzar la puerta principal de la escuela. Su tono intentaba ser el de siempre, lleno de su habitual sarcasmo, pero sus ojos estaban fijos en la reacción de Nagisa, buscando algún rastro de la ternura que alguna vez les unió.
Nagisa ni siquiera se detuvo. Caminó derecho hacia la parada de autobuses, pasando de largo como si Karma fuera solo otra bancada del parque, como si no existiera para él.
—Mañana traeré algo mejor —gritó Karma a su espalda, sin desanimarse ni moverse de su sitio—. ¡Sé que todavía guardas el cuchillo de entrenamiento que te regalé!
La figura de Nagisa no vaciló ni un instante, pero en su pecho, el corazón dio un salto al recordar el objeto —guardado en la parte más profunda de su cajón de recuerdos, envuelto en un paño de algodón azul.
Durante toda la semana, Karma fue una sombra persistente en los alrededores de la escuela. Un día apareció con un ramo de claveles azules —las flores que Nagisa solía cuidar en el huerto de la Clase E— y las dejó sobre el banco del parque cuando este lo ignoró. Otro trajo libros de pedagogía raros, algunos de autores que incluso Nagisa no conocía, y los dejó sobre la mesa de la cafetería donde este solía tomar su café durante el recreo. Nagisa los recogió, pero los dejó guardados en la biblioteca de la escuela sin abrirlos.
El viernes, la lluvia volvió con fuerza, bañando la ciudad en un velo gris y húmedo. Karma apareció bajo la marquesina de la puerta trasera de la escuela, sin paraguas, simplemente parado con los hombros encorvados mientras el agua caía sobre su cabello rojo, pegándoselo a la frente.
—Vete a casa, Karma —dijo Nagisa, deteniéndose frente a él al salir de su última clase. Sus ojos mostraban una chispa de irritación, lo cual era un avance respecto a la frialdad absoluta de los días anteriores—. Te vas a enfermar y no pienso cuidarte.
—Entonces entra conmigo a un café —respondió Karma, empapado hasta los huesos, pero con una sonrisa débil en los labios—. Solo diez minutos. No hablaré de nosotros, no mencionaré la montaña ni Koro-sensei... solo quiero saber si has comido bien.
Nagisa apretó los dientes hasta sentir dolor en las encías. Esa preocupación "mundana", tan sencilla y sincera, era lo que más le dolía aceptar —recordaba cómo Karma siempre se aseguraba de que comiera después de los entrenamientos intensos, cómo le llevaba snacks cuando veía que estaba demasiado concentrado en sus planes de estudio.
—No necesito que actúes como si te importara ahora —dijo, dándole la espalda—. Vete.
Nagisa se alejó rápidamente, sus pasos más rápidos de lo habitual, erráticos entre las charcos de agua. La presencia de Karma estaba empezando a agrietar la armadura de hielo que había construido durante siete años, y el miedo a volver a sentir aquella soledad si este se fuera de nuevo le estremecía los dedos.
Cuando Nagisa finalmente cerró la puerta de su pequeño apartamento, el silencio lo golpeó como un mazo de hierro. Dejó caer el paraguas al suelo, olvidándose del agua que empezaba a empapar la alfombra de lana que había comprado hace unos meses, buscando algo que le diera calidez en su hogar.
Se apoyó contra la puerta de madera oscura, y lentamente, se deslizó hasta quedar sentado en el suelo frío, con las rodillas pegadas al pecho. El peso de la semana, de los años, de mantener la fachada de fortaleza ante todos, finalmente se abalanzó sobre él.
—Idiota... eres un idiota, Karma... —susurró, su voz rompiéndose en medio de la frase.
La frialdad que había mostrado en la escuela no era odio; era pánico. Ver a Karma de nuevo era como abrir una herida que nunca había terminado de cicatrizar, una que supuraba recuerdos de Koro-sensei y de las promesas que se hicieron bajo la luna de marzo —promesas de estar juntos, de enfrentar el mundo como equipo, como habían hecho siempre en la Clase E.
Nagisa empezó a temblar, primero ligeramente, luego con violencia, mientras el llanto que había contenido durante siete años explotó en su pecho. No era un llanto suave ni cinematográfico; eran sollozos ahogados, violentos, que le robaban el aire y le hacían sentir como si se estuviera ahogando en su propia tristeza.
Se abrazó a sí mismo, apretando los brazos alrededor de sus piernas como si así pudiera contener el vacío que se abría en su interior. Sus manos buscaban inconscientemente el calor de alguien que ya no estaba a su lado, recordando la sensación de la mano de Karma en su nuca durante sus besos en la azotea del edificio abandonado, cómo ese mismo hombre lo había sostenido en los momentos más difíciles de su entrenamiento... y cómo lo había dejado solo en el funeral más importante de su vida.
—Me duele... —jadeó, hundiendo la cara en sus manos, mientras las lágrimas mojaban sus dedos—. Me duele tanto que no puedo respirar.
En ese momento, justo cuando pensaba que el dolor no podría ser mayor, el timbre de su apartamento sonó. Un toque suave, rítmico —dos golpes cortos, uno largo, uno corto más. Solo una persona llamaba así a su puerta, desde que eran adolescentes y querían evitar despertar a la madre de Nagisa durante sus encuentros secretos.
Nagisa se quedó paralizado en el suelo, sus ojos abiertos de par en par. Sabía que si abría la puerta en ese estado, Karma vería toda su derrota —vería que el "asesino impasible" que había acabado con Koro-sensei seguía siendo el mismo chico tímido que lo amaba desesperadamente, el que necesitaba ser sostenido tanto como él sostenía a los demás.
El timbre dejó de sonar, pero Nagisa sabía que él seguía allí. Podía escuchar la respiración agitada de Karma al otro lado de la puerta, mezclada con el goteo constante de su ropa empapada sobre el suelo del pasillo. El olor a lluvia y a tierra húmeda se filtraba por debajo de la madera, junto con el aroma familiar que siempre había caracterizado a Karma —un toque de canela y jabón de menta.
Nagisa no se levantó. Se quedó sentado en el suelo frío, abrazando sus rodillas, con la cara empapada en lágrimas que se negaba a limpiar. Su voz salió rota, aguda, carente de cualquier rastro de la madurez fingida que mostraba en la escuela.
—Vete, Karma... vete antes de que diga algo de lo que me arrepienta.
—No me voy a ir, Nagisa —la voz de Karma llegó amortiguada por la madera, pero sonaba extrañamente firme, carente de su habitual sarcasmo—. Puedes gritarme, puedes insultarme, puedes ignorarme todo lo que quieras... pero esta vez no voy a dar un solo paso atrás. Ya no puedo permitírmelo.
Nagisa soltó una carcajada histérica que terminó en un sollozo, golpeando la puerta con el puño hasta sentir el dolor en sus nudillos.
—¡Diste todos los pasos atrás hace siete años! —gritó, con la voz quebrada por el llanto—. ¿Sabes lo que fue despertar el día después del funeral y ver que tu silla estaba vacía en la mesa de la clase? ¿Sabes lo que fue recibir el título de graduación y no tener a nadie con quien celebrar porque "el gran Karma Akabane" tenía demasiado miedo de sentir dolor? ¡Tenías miedo de tus propios sentimientos y me dejaste solo para cargar con todo!