Mi vida tenía precio…
y alguien pagó por ella.
Desde que nací, mi destino ya estaba escrito.
casarme con un hombre al que no amaba, unir dos familias, obedecer sin cuestionar.
Ser perfecta.
Ser sumisa.
Ser suya.
Pero el día de mi boda… huí.
Sin plan.
Sin rumbo.
Sin saber que escapar no me haría libre…
Ya no soy mía.
Pertenezco a quien ofreció más.
Pero aunque mi cuerpo cambie de dueño, mi espíritu sigue siendo libre.
Solo el tiempo dirá si esta venta fue mi perdición...
o mi salvación.
NovelToon tiene autorización de Juliana Torra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 10 — Donde arde el silencio
Nunca pensé que mi noche de bodas sería en otro país.
Mucho menos… en uno que siempre soñé conocer.
Las luces de la ciudad se reflejaban sobre el agua como si alguien hubiera esparcido estrellas sobre los canales. Todo era demasiado perfecto. Demasiado tranquilo.
Demasiado… irreal.
Ámsterdam.
El nombre resonaba en mi mente mientras me mantenía de pie frente al enorme ventanal de la habitación. El hotel era exactamente como lo imaginé alguna vez: elegante, moderno, con ese aire íntimo que no necesitaba exagerar para impresionar.
Pero no estaba aquí por elección.
No completamente.
Aun así… no podía negar lo que sentía al verlo.
—Te gusta.
Su voz llegó desde atrás, rompiendo el silencio con una calma que ya comenzaba a reconocer demasiado bien.
No me giré de inmediato.
Observé una última vez las luces reflejadas en el agua antes de responder.
—Es hermoso.
Escuché sus pasos acercarse.
Lentos.
Seguros.
Como siempre.
—Lo es.
Su presencia se detuvo a mi espalda. No me tocó. No hizo falta. Su cercanía era suficiente para alterar todo a mi alrededor.
—Nunca había venido —añadí en voz baja.
—Lo sé.
Esa respuesta me hizo girarme de golpe.
—¿Cómo?
Nuestros ojos se encontraron.
Y ahí estaba.
Esa maldita seguridad otra vez.
Esa forma de mirarme como si siempre supiera algo más que yo.
—Porque investigo lo que es mío.
El golpe fue inmediato.
Pero esta vez…
No dolió igual.
—No soy algo que puedas estudiar.
—No.
Se acercó un paso más.
—Pero eres alguien que vale la pena conocer.
Mi respiración se alteró apenas.
No por lo que dijo…
Sino por cómo lo dijo.
—¿Y así supiste que quería venir aquí?
Él ladeó ligeramente la cabeza.
—Lista de deseos, viajes guardados, búsquedas repetidas… —enumeró con tranquilidad—. No fue difícil.
Una mezcla extraña se instaló en mi pecho.
Molestia.
Sorpresa.
Y algo más…
Algo que no quería nombrar.
—Eso es invasivo.
—Eso es ser eficiente.
Rodé los ojos, pero no pude evitar que una pequeña sonrisa amenazara con aparecer.
—Eres imposible.
—Y aun así estás aquí.
Sus palabras no fueron arrogantes.
Fueron… reales.
El silencio cayó entre nosotros.
Pero no era incómodo.
Era… diferente.
Más suave.
Más cercano.
—Gracias —dije finalmente, sin mirarlo directamente.
No era algo que pensara decir.
Pero salió.
Y eso lo cambió todo.
Cuando volví a levantar la mirada, él me estaba observando de una forma distinta.
Menos calculada.
Más… atenta.
—No tienes que agradecerme —respondió en voz baja.
—Aun así lo hago.
Un segundo.
Dos.
El aire se volvió más denso.
Más lento.
Como si todo a nuestro alrededor comenzara a moverse a otro ritmo.
—Valeria…
Mi nombre en su voz sonó diferente.
Más bajo.
Más cercano.
Levanté la mirada.
Y ahí fue cuando lo sentí.
Ese cambio.
Ese momento exacto donde algo deja de ser solo tensión… y se convierte en otra cosa.
Se acercó.
Sin prisa.
Dándome el tiempo suficiente para apartarme.
Para detenerlo.
Para romper ese instante antes de que ocurriera.
Pero no lo hice.
No me moví.
No retrocedí.
No huí.
Su mano se alzó lentamente, rozando apenas mi brazo antes de subir hasta mi hombro. El contacto fue ligero, pero suficiente para que un escalofrío recorriera mi piel.
—Esto no estaba en el contrato —murmuré, intentando mantener algo de control.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—No todo tiene que estar escrito.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—Cuidado… —susurré—, puedes confundirte.
—No me confundo.
Sus dedos se deslizaron con lentitud hasta mi cuello, deteniéndose justo donde mi pulso traicionaba cada latido.
—Tú sí.
Mi respiración se volvió irregular.
—No sabes lo que estoy pensando.
—No necesito saberlo.
Se inclinó apenas.
Más cerca.
Lo suficiente para que su respiración rozara la mía.
—Lo siento.
El mundo pareció reducirse a ese instante.
A ese espacio.
A esa cercanía que ya no tenía sentido evitar.
—Alessio…
No fue una advertencia.
No fue un rechazo.
Fue… algo más.
Algo que ni yo misma entendía.
Su mirada cayó a mis labios.
Y ese simple gesto…
Fue suficiente.
—Dime que me detenga —murmuró.
Pero su voz no sonó como si esperara que lo hiciera.
Tragué saliva.
El aire se volvió pesado.
Caliente.
Peligroso.
—No…
La palabra salió casi en un suspiro.
Y eso fue todo.
Lo suficiente.
Su mano se deslizó con firmeza hasta mi nuca, acercándome apenas.
No fue brusco.
No fue forzado.
Fue decidido.
Y cuando sus labios tocaron los míos…
Todo explotó en silencio.
No fue un beso suave.
Pero tampoco fue agresivo.
Fue… contenido.
Como si ambos estuviéramos cruzando una línea que sabíamos que no tenía vuelta atrás.
Mis dedos se tensaron contra su camisa sin darme cuenta, aferrándome ligeramente como si necesitara equilibrio en medio de ese caos interno.
El beso se profundizó apenas.
Lo justo.
Lo suficiente para encender algo que llevaba tiempo creciendo sin que quisiera admitirlo.
Calor.
Deseo.
Rabia.
Todo mezclado.
Todo ardiendo al mismo tiempo.
Y cuando me separé…
Porque necesitaba hacerlo…
Mi respiración estaba completamente fuera de control.
—Esto… no cambia nada —dije, aunque ni yo misma estaba segura.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
Más oscuros.
Más intensos.
—Claro que no.
Pero su voz decía otra cosa.
Todo en él decía otra cosa.
—Sigue siendo un juego.
—Entonces juega bien —respondió.
Su pulgar rozó ligeramente mi labio inferior.
Y ese pequeño gesto…
Fue más peligroso que el beso.
—Porque ahora —añadió en voz baja—, ya sabes cómo empieza.
Mi corazón golpeaba con fuerza.
Pero esta vez…
No quería que se detuviera.
Miré nuevamente hacia la ciudad.
Las luces.
El agua.
El reflejo.
Y entendí algo que no esperaba.
Esto…
Ya no era solo una obligación.
Era algo más.
Algo que ardía lento.
Pero constante.
Y no sabía si eso me iba a destruir…
O si iba a hacer que todo valiera la pena.
—Ámsterdam… —murmuré.
—Mi primer destino.
—Nuestro —corrigió.
Lo miré de reojo.
—No te emociones.
Una leve risa escapó de sus labios.
—Demasiado tarde.
Y por primera vez desde que todo comenzó…
No supe quién estaba ganando.