Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Capitulo 15
Alma levantó la barbilla. Sus ojos se encontraron con los de él.
—No sentí nada —dijo.
La mentira se posó entre ellos.
Alessandro la miró en silencio durante un largo instante. Sus ojos recorrieron su rostro con esa intensidad que la desarmaba.
—Mientes —dijo, y su voz era apenas un susurro.
Alma sintió el golpe en el pecho. Quiso negarlo. Quiso decir algo hiriente, algo que lo alejara.
Pero no pudo.
Gerónimo se levantó de su asiento con un movimiento brusco.
—Me voy —dijo, con la voz cortante—. Esto no es de mi incumbencia.
Salió del comedor sin mirar atrás.
El silencio que quedó fue más pesado que cualquier palabra.
Alma dio un paso atrás, instintivamente. Alessandro no la siguió. Se quedó donde estaba, con las manos aún en puños, los ojos fijos en ella.
—Ariana—dijo, y su nombre en sus labios sonó diferente—. ¿Por qué corres?
La pregunta la desarmó.
—Porque tengo que hacerlo —respondió, y su voz salió más frágil de lo que quería—. Porque si no corro, me quedo.
Alessandro dio un paso hacia ella.
—¿Y qué tiene de malo quedarte?
Alma negó con la cabeza, dando otro paso hacia atrás.
—No puedo hacer esto —susurró—. No puedo fingir que somos algo que no somos. Esto fue un error. Tú lo sabes.
Alessandro la observó en silencio. Algo en su expresión cambió. La dureza se suavizó apenas.
—No fue un error —dijo, y su voz era grave—. Y tú lo sabes.
Alma sintió cómo el corazón se le aceleraba.
—No sé lo que fue —respondió, con sinceridad—. Pero no puede volver a pasar.
—¿Por qué no?
—Porque… —hizo una pausa, buscando las palabras—. Porque esto no es real. Tú no me elegiste. Yo no te elegí. Esto es un acuerdo. Un negocio. Y nada de lo que pase entre nosotros va a cambiar eso.
Alessandro la miró en silencio. Sus ojos recorrieron su rostro, deteniéndose en la cicatriz de su labio, en la tensión de su mandíbula, en el temblor de sus manos que ella intentaba ocultar.
—Tienes razón —dijo finalmente, y su voz era fría otra vez—. Esto es un acuerdo.
Dio un paso atrás.
—Pero mientras estés bajo mi techo, bajo mi nombre, comerás en mi mesa. A mi lado.
—No voy a…
—No es negociable —la interrumpió, y su tono no admitía réplica—. Puedes odiarme. Puedes llamarme insoportable. Puedes pensar que esto no es real. Pero delante de los demás, eres mi esposa. Y vas a actuar como tal.
Alma apretó los dientes.
—¿Y detrás de los demás?
La pregunta escapó antes de que pudiera contenerla.
Alessandro la miró un instante. Algo cruzó su mirada, algo que ella no supo descifrar.
—Detrás de los demás —dijo lentamente—, puedes seguir odiándome. Pero no vas a volver a decirme que no sentiste nada.
Se dio la vuelta y salió del comedor, dejándola sola en medio de la luz tenue de los candelabros.
Alma se quedó inmóvil, con las manos apretadas contra el pecho, sintiendo cómo cada latido resonaba en su cuerpo.
Maldita sea.
No fue un error.
Y él lo sabía.
Subió a su habitación con las piernas temblorosas y la cabeza hecha un nudo. Cerró la puerta con llave, corrió el cerrojo, y se dejó caer sobre la cama con un suspiro de frustración.
No podía seguir así. No podía dejar que su presencia la afectara de esa manera. No podía permitirse confundir atracción con algo más.
Porque eso era todo. Atracción. Nada más.
Dos personas solitarias que habían encontrado alivio en una noche de debilidad. Eso era todo.
Se llevó las manos al rostro, cubriéndose los ojos.
Tenía que mantener la distancia. Tenía que recordar quién era él. Un hombre peligroso. Un hombre que había construido su imperio sobre la sangre y el miedo. Un hombre que no dudaría en aplastarla si se interponía en su camino.
No podía olvidarlo.
Por mucho que sus manos hubieran sido suaves esa noche. Por mucho que su voz hubiera sonado diferente en la oscuridad.
Era un Moretti.
Y ella solo estaba de paso.
Alessandro llegó a su oficina y cerró la puerta de golpe.
Se apoyó contra el escritorio, con los puños apretados y la respiración contenida.
No fue un error.
Lo sabía. Ella lo sabía.
Pero ella seguía negándolo. Seguía corriendo. Seguía poniendo distancia entre ellos como si él fuera una amenaza de la que había que huir.
Quizás lo era.
Pero no le importaba.
Caminó hacia la ventana, observando la noche que caía sobre los jardines. Su mente no dejaba de dar vueltas a la misma imagen: ella diciendo "no sentí nada" con esos ojos que delataban justo lo contrario.
Mentía.
Y él odiaba que le mintieran.
Pero con ella, la mentira no le provocaba la furia fría que solía sentir. Le provocaba otra cosa. Algo que no sabía manejar. Algo que lo empujaba a querer demostrarle que estaba equivocada. A querer romper esa fachada de hielo que había construido alrededor de ella.
No era enamoramiento. Él no se enamoraba. No confiaba lo suficiente en nadie como para entregar algo tan frágil.
Pero era… algo.
Algo que no había sentido antes. Algo que lo mantenía despierto por la noche. Algo que lo hacía mirarla en medio de una reunión importante, aunque Gerónimo tuviera que llamarle la atención.
Algo que lo había llevado a cargarla en sus brazos la noche anterior.
Cuando jamás había cargado a nadie.
Cuando jamás había dejado que nadie se quedara a su lado después.
Cerró los ojos.
Ella había dicho que no volvería a pasar.
Pero él no estaba dispuesto a aceptarlo.
No todavía.
No cuando apenas estaba empezando a descubrir qué era lo que sentía cuando la tenía cerca.
Alma pasó la noche en vela, dando vueltas en la cama sin encontrar descanso.
Cada vez que cerraba los ojos, lo veía. Cada vez que el silencio se hacía demasiado profundo, escuchaba su voz. No fue un error. Y tú lo sabes.
Lo sabía.
Esa era la peor parte.
Se incorporó en la cama, abrazando sus rodillas contra el pecho.
¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué permitía que él se metiera tanto en su cabeza? No era más que un acuerdo. Un contrato. Seis meses y se iría. Eso era todo.
Pero entonces recordaba sus manos en su piel. La forma en que la había mirado. La forma en que había dicho su nombre como si fuera algo valioso.
Y se odiaba por recordarlo.
—No va a volver a pasar —se susurró a sí misma en la oscuridad—. No va a volver a pasar.
Pero mientras decía las palabras, sabía que eran huecas.
Porque Alessandro Moretti no era un hombre que aceptara un "no" fácilmente.
Y ella, para su desgracia, no estaba segura de querer decírselo.