Ella renace en otra época, decidida a priorizarse a si misma y a no enamorarse para no sufrir.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Rutina
Cuando Regina regresó, apenas cruzó la entrada de la mansión Declan, supo lo que venía.
No tuvo que adivinarlo.
—¡REGINA! —gritaron Celeste y Helena al unísono, apareciendo casi de la nada.
La rodearon de inmediato.
—¿Cómo te fue?
—¿Qué pasó?
—¡Cuéntanos todo!
Sus ojos brillaban.
Demasiado.
Regina ni siquiera se había quitado los guantes… y ya estaba siendo interrogada.
Suspiró suavemente.
—Fue una reunión de negocios.
Las hermanas se quedaron en silencio.
Un segundo.
Dos.
—…¿y? —insistió Helena.
—Eso fue todo —respondió Regina, con calma.
Pero Celeste entrecerró los ojos.
—No.
—No —repitió Helena, cruzándose de brazos
—Eso no es todo.
Regina las miró.
Sabía que no sería suficiente.
—Hablamos de rutas comerciales. Acordamos mantener comunicación por cartas. Revisamos detalles pendientes.
Todo cierto.
Todo correcto.
Todo… incompleto.
Las hermanas se inclinaron hacia ella, como si pudieran sacarle la verdad solo con mirarla más de cerca.
—¿Y? —repitieron.
Regina sintió ese leve cansancio detrás de los ojos.
No físico.
Mental.
—Nada más —dijo, un poco más firme.
Pero ellas no cedían.
—¿Te miró?
—¿Te sonrió?
—¿Pasó algo?
Regina cerró los ojos un segundo.
Solo un segundo.
Y entonces…
—Me duele la cabeza.
El cambio fue inmediato.
Las hermanas se quedaron quietas.
—¿Qué?
Regina llevó una mano a su sien, con un gesto sutil pero convincente.
—Fue un día largo. La reunión se extendió más de lo esperado.
No era mentira.
—Preferiría descansar.
El silencio que siguió fue distinto.
No de insistencia.
Sino de duda.
Celeste miró a Helena.
Helena miró a Celeste.
Y, por primera vez… decidieron no presionar.
—Está bien… —dijo una.
—Pero luego nos cuentas —añadió la otra.
Regina asintió.
—Sí.
Sabía que no lo haría.
Pero en ese momento… era suficiente.
El viaje de regreso a Mercia comenzó poco después.
El carruaje avanzó dejando atrás el reino de Bernicia, mientras el paisaje volvía lentamente a lo conocido.
Dentro, el ambiente era más tranquilo que a la ida.
Las hermanas, aunque aún emocionadas, hablaban en voz más baja.
Comentaban la boda.
Recordaban momentos.
Reían entre ellas.
Pero no insistieron con Regina.
Y eso… lo agradeció.
Regina apoyó ligeramente la cabeza contra el respaldo.
Cerró los ojos.
No dormía.
Pensaba.
Ordenaba.
Intentaba volver a ese punto claro, firme, donde todo tenía sentido.
Donde no había distracciones.
Donde no había… sensaciones inesperadas.
[Fue solo trabajo.. nada mas]
Una vez.
Y otra.
Hasta que las palabras empezaron a sentirse más sólidas.
Más reales.
Como si pudiera encajarlas de nuevo en su mundo perfectamente estructurado.
Cuando finalmente cruzaron de vuelta a Mercia, Regina abrió los ojos.
El paisaje le resultó familiar.
Estable.
Seguro.
Y con ello… algo en su interior también se acomodó.
Volvía a su lugar.
A su rutina.
A su control.
Miró hacia adelante, con calma.
Y tomó una decisión silenciosa..
Todo seguiría como antes.
Como debía ser.
Porque, sin importar lo que hubiera pasado en ese viaje…
Ella no iba a cambiar.
No por eso.
No por nadie.
Y, sin embargo…
En algún rincón pequeño de su mente…
Esa certeza ya no era tan absoluta como antes.
Las semanas siguientes fueron… disciplinadas.
Casi estrictas.
Regina volvió a su rutina con una determinación aún más firme que antes.
Se levantaba temprano.
Revisaba documentos.
Organizaba rutas.
Tomaba decisiones.
Su mente estaba enfocada.
Precisa.
Como si nada hubiera cambiado.
Como si ese viaje… hubiera sido solo eso.
Un viaje.
Y, en apariencia, lo era.
Porque Regina no habló del tema.
No volvió a mencionarlo.
No permitió que nadie lo trajera de nuevo a la conversación.
Ni siquiera Celeste y Helena lograron sacarle más detalles.
Cada vez que lo intentaban, Regina desviaba el tema con habilidad.
O simplemente… no respondía.
Pero había algo que no podía controlar del todo.
Los pequeños momentos.
Los detalles.
Aquellos que no se anuncian.
Que simplemente… aparecen.
Un día, mientras revisaba mercancías teñidas, sus dedos rozaron una tela de tono dorado.
Amarillo profundo.
Y por un segundo…
Pensó en sus ojos.
Ámbar.
Ese matiz extraño que cambiaba con la luz.
Parpadeó.
Y apartó la mano.
—Concéntrate.
Otro día, al tomar una taza de té recién servida, sintió el calor suave en sus manos.
Tibio.
No caliente.
No frío.
Exactamente… ese punto intermedio.
Y sin querer…
Lo recordó.
Ese instante.
Ese roce.
Ese calor inesperado.
Apretó ligeramente los dedos alrededor de la taza.
—No es importante.
Y así, una y otra vez.
Pequeños fragmentos.
Sin aviso.
Sin intención.
Se colaban en su mente.
No como pensamientos completos.
Sino como sensaciones.
Imágenes breves.
Recuerdos… incompletos.
Pero Regina no los dejaba avanzar.
Nunca.
Cada vez que aparecían, hacía lo mismo.
Se detenía.
Respiraba.
Y repetía.
Como una regla.
Como una verdad absoluta.
—Mi corazón está cerrado.
No lo decía con tristeza.
Ni con duda.
Lo decía con convicción.
—El amor solo trae sufrimiento.
Recordaba.
Su primera vida.
El hospital.
La soledad.
La vida que había visto de la Regina original.
El abandono.
El olvido.
Su madre.
La tristeza.
Las infidelidades.
Todo apuntaba al mismo lugar.
[Dolor]
Y Regina no iba a volver ahí.
No iba a depender.
No iba a esperar.
No iba a romperse por alguien más.
[Debo priorizarme.]
Y esa frase… era su ancla.
Su centro.
Su decisión.
Así que trabajaba más.
Se enfocaba más.
Llenaba sus días de tareas, de análisis, de decisiones.
Porque en el trabajo…
No había dudas.
No había emociones impredecibles.
Todo tenía lógica.
Todo tenía control.
Y aun así…
En los momentos más silenciosos…
Cuando no había documentos que revisar…
Ni voces alrededor…
Ni distracciones que ocuparan su mente…
Ahí…
Aparecía.
No como una idea clara.
No como un deseo.
Sino como algo más leve.
Más difícil de nombrar.
Una sensación.
Una curiosidad no resuelta.
Un “¿por qué?” que no terminaba de formarse.
Y Regina, cada vez que lo sentía…
Hacía lo mismo.
Lo dejaba pasar.
No lo sostenía.
No lo analizaba.
No lo nombraba.
Porque sabía…
Que algunas cosas, si se miran demasiado…
Empiezan a crecer.
Y ella…
No estaba dispuesta a permitirlo.