Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
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CAPITULO 23
Adriano
Alina descansaba sobre mi pecho.
Dormida.
Tranquila.
Sus respiraciones eran lentas, profundas, completamente ajenas al mundo que yo estaba sosteniendo afuera. Pasé mis dedos por su cabello, desenredándolo con cuidado, como si ese simple gesto pudiera protegerla de todo lo que venía.
Porque venía.
Y fuerte.
Mi teléfono vibró.
Lo tomé con cuidado, sin moverla demasiado. Era la respuesta de mi padre.
Leí el mensaje en silencio.
Sí… había estado negociando.
Apreté la mandíbula.
Sin pensarlo demasiado, le escribí a mi padre:
Para ti, soy solo un gyr sardo negro.
Tardó en responder.
Cuando lo hizo, fue simple:
No digas eso.
Dejé el mensaje en visto.
No tenía energía para eso.
Miré a Alina… y supe que cargarla con esa información ahora sería injusto.
La acomodé con cuidado, cubriéndola con la sábana.
Pero no dormía.
No realmente.
Mi mente estaba en otra parte.
En mapas. En rutas. En nombres.
En guerra.
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Abrí nuevamente el teléfono y seguí organizando el primer ataque coordinado contra las familias seculares. No era un movimiento impulsivo.
Control, no caos.
Dominio, no destrucción innecesaria.
Alina se movió ligeramente.
—¿Por qué trabajas? —murmuró, aún medio dormida.
Sonreí levemente.
Dejé el teléfono a un lado y la abracé.
—Porque no podemos morir de hambre… y mis trajes Loro Piana no se pagan solos.
Ella soltó una pequeña risa.
—Ya arruinaste tres.
Besé su cabeza.
—Daños colaterales.
Abrió los ojos completamente esta vez. Me miró… y luego tomó mi teléfono, dejándolo sobre la mesa de noche.
—Tu papá te escribió.
—Lo sé.
—¿Se está disculpando?
—Últimamente lo hace mucho.
Frunció el ceño, pensativa.
—Es extraño.
Desbloqueó el teléfono con naturalidad. No había secretos con ella.
—Estás organizando hombres… —su voz cambió ligeramente— para atacar a las familias seculares.
—Sí.
Se incorporó un poco más, observando el mapa.
Y ahí fue cuando noté el cambio.
No miedo.
Interés.
—Ayer no me dijiste cómo ibas con lo de los secuestros.
—La gente está hablando —respondí—. Y con este primer movimiento, la idea es neutralizar… no arrasar.
Ella siguió observando la pantalla.
—¿Por qué tu nombre está aquí? —preguntó, señalando el territorio Marshall.
—Porque voy a ir.
Se enderezó por completo, dejando ver sus perfectos pechos desnudos.
—Adriano… ¿por qué?
La miré con calma.
—Es el territorio más inestable. Si Manolo reapareció, es porque hay resistencia interna. Y eso no se resuelve desde una oficina.
—Pero tú… —su voz bajó— eres quien va a heredar todo.
—Y por eso mismo debo ir.
Silencio.
—El miedo hace parte de la guerra, Alina.
Ella me sostuvo la mirada.
—Pero tú… —sus dedos rozaron mi pecho— no eres solo eso.
Se inclinó y me besó suavemente.
—Quiero que me enseñes —susurró.
—¿Qué cosas?
—Las tuyas… las que no entiendo.
Sonreí apenas.
Tomé su mano y la senté sobre mí.
—¿No has tenido suficientes clases?
Ella rió.
—Nunca son suficientes.
Mi teléfono volvió a vibrar.
—Es tu papá —dijo.
—No le respondas.
La atraje más hacia mí.
—Concéntrate.
Sus labios encontraron los míos nuevamente, esta vez con más intención, más necesidad. No era solo deseo… era una forma de aferrarnos a algo estable en medio del caos.
Nuestros movimientos fueron lentos al principio, explorando, reconectando… hasta que la tensión acumulada de días, de semanas, terminó por romperse en una cercanía más intensa, más profunda, pero aún cargada de cuidado.
Porque ahora la conocía mejor.
Y la protegía incluso en eso.
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Más tarde, aún recuperando el aliento, la miré.
—¿Por qué esperaste?
Ella se encogió ligeramente de hombros.
—En mi ciudad… todos me temían. Y los que se acercaban… solo querían el poder de mi papá.
Hizo una pausa.
—Y otros eran simplemente idiotas.
Sonreí.
—Eso explica muchas cosas.
Mi teléfono seguía vibrando.
—¿Te molesta? —preguntó de pronto.
—¿Qué cosa?
—Que haya sido virgen.
La miré, sorprendido.
—¿Por qué me molestaría?
—Algunos hombres… no quieren enseñar.
Acerqué mi rostro al suyo.
—A mí me gusta enseñarte… a ti.
Se sonrojó.
Y eso… nunca dejaba de gustarme.
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La mañana avanzó entre risas suaves, silencios cómodos y momentos que parecían normales… aunque sabíamos que no lo eran.
Antes de salir, le entregué el teléfono para que leyera la respuesta de mi padre sobre Úrsula.
Observé su reacción.
—Entonces es verdad…
—Sí. Pero no pasó nada.
Ella asintió, dejando el tema ahí.
Confianza.
Eso era.
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Después de la barbería y el médico, vino el sermón.
Como lo esperaba.
El médico había sido claro:
La herida en mi mano derecha, atravesada semanas atrás y reabierta relativamente hace poco, presentaba una cicatrización aceptable, pero con riesgo si no se respetaba el reposo.
—Nada de impactos —había dicho—. Movimientos controlados, terapia de movilidad leve y antibiótico completo. Si fuerza la mano, puede perder precisión.
No respondí.
Alina sí.
Y no dejó de repetirlo en todo el camino a casa.
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Cuando me cambié para salir, ella ya no estaba enojada.
Estaba preocupada.
—Nos vemos en la mañana, amor.
Me besó.
—Ten cuidado.
—Si me sigues besando así… voy a llegar tarde.
—Te amo.
La miré un segundo más.
—También te amo.
Y salí.
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Afuera, el aire era distinto.
Más frío.
Más real.
Mis hombres ya estaban listos.
Cada uno con su posición.
Cada uno con instrucciones claras.
—Esto no es una masacre —dije con voz firme—. Es control.
Miré el mapa una última vez.
—Entramos, aseguramos, neutralizamos resistencia… y salimos.
Todos asintieron.
—Hoy —continué— les recordamos quién manda.