"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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Sombras en la Orilla
El silencio en el camino de regreso a la posada fue más pesado que el calor del mediodía. Aurora caminaba dos pasos por delante de Pablo, con la espalda recta y la mirada fija en el sendero, como si intentara borrar con cada pisada el rastro del roce que acababa de ocurrir en la colina.
—¿Aurora? —llamó Pablo, rompiendo la calma—. Sobre lo de arriba...
—No hubo nada "arriba", Rossi —cortó ella sin detenerse. Su voz era otra vez la de la mujer de piedra que él conoció al bajar de la lancha—. El sol le está afectando la cabeza. Mañana le diré a doña Carmen que le prepare un suero de coco, a ver si recupera el sentido.
Pablo se detuvo, dejando que ella se adelantara. Sabía que ese muro de frialdad era la defensa de Aurora. Ella no estaba acostumbrada a que alguien de afuera, y menos alguien como él, le moviera el suelo.
Al llegar a la casa de los Garcés, el ambiente no era mejor. Sofía estaba sentada en el porche, desgranando maíz con una energía inusual, casi agresiva. Al ver llegar a su hermana sola, levantó la vista con sospecha.
—¿Dónde está el señor Pablo? —preguntó Sofía, tratando de sonar casual, aunque sus ojos delataban que había estado esperando.
—Se quedó en el camino. Tiene cosas que pensar, supongo —respondió Aurora, entrando a la casa y dejando sus herramientas con un golpe seco.
—Tú siempre estás con él, Aurora —soltó Sofía, poniéndose de pie. El maíz cayó al suelo, esparciéndose por la madera—. Papá dice que eres su guía, pero a veces parece que no quieres que nadie más se le acerque. Especialmente yo.
Aurora se giró, sintiendo que el corazón le daba un vuelco. Ver a su hermana pequeña así, con esa mezcla de celos e inocencia, la hacía sentir la peor persona del mundo.
—Sofía, no digas tonterías. Lo que hago es proteger a esta familia. Ese hombre no es para ti, ni para nadie de aquí. ¿No viste la invitación que le llegó de Europa? Tiene una vida de oro esperándolo.
—¡A mí no me importa su oro! —gritó Sofía, con lágrimas asomando en sus ojos—. Él me mira diferente, Aurora. No me trata como a una niña, me trata con respeto. Tú solo quieres que él sea el villano para tener una razón para pelear con él.
Sofía salió corriendo hacia la playa, dejando a Aurora en medio de la sala, rodeada de un silencio amargo. Bertha, que había estado escuchando desde la cocina, salió con el rostro ensombrecido.
—Te lo dije, Aurora —susurró Bertha—. El agua y el aceite no se mezclan sin causar un desastre. Ahora tienes a tu hermana llorando y a ese hombre metido en tus pensamientos.
Esa noche, Pablo recibió una llamada satelital de Alessandro.
—Pablo, el tiempo se agota. La firma de los terrenos del norte tiene que ser esta semana. Si no logras que firmen, enviaré a los abogados con la orden de desalojo administrativo. No me obligues a pasar por encima de tu autoridad.
Pablo colgó sin responder. Salió al balcón y vio a lo lejos una pequeña fogata en la playa. Era Sofía, sentada sola frente al mar. Y un poco más allá, oculta entre las palmeras, vio la silueta de Aurora vigilando a su hermana desde las sombras.
Pablo comprendió que su presencia en Jurubirá ya no era solo una misión comercial. Era una mecha encendida en una casa llena de pólvora. Y lo peor era que, cada vez que cerraba los ojos, no veía los planos del puerto, ni el rostro de Beatriz... solo sentía el rastro del calor de los dedos de Aurora en su frente.