Javier Müller, heredero de una de las corporaciones más poderosas de Europa, siempre fue educado para ser perfecto: elegante, obediente y fuerte ante el mundo. Pero cuando la estabilidad financiera de su empresa se ve amenazada, su padre toma una decisión cruel: unir su fortuna con el imperio criminal más temido del continente.
Así, Javier es obligado a casarse con Damián Moretti, el mafioso número uno, un hombre sin corazón
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Capitulo 12: El peso de la corona y la seda
El trayecto de regreso a Milán no fue un viaje, fue un despliegue de fuerza. Mientras el helicóptero privado sobrevolaba las cimas de los Alpes antes de descender hacia la capital de la moda y las finanzas, el silencio entre Javier y Damián era tan denso que parecía tener masa física.
Javier observaba el paisaje a través de sus gafas de sol oscuras, ocultando cualquier rastro de fatiga. En su regazo, una tablet mostraba gráficos financieros de Müller grupo corporation, pero sus ojos no veían los números. Veía el tablero de ajedrez en el que se había convertido su vida.
Milán los recibió con un cielo plomizo y la promesa de una noche larga. Al aterrizar en el helipuerto privado de la Torre Moretti, un séquito de hombres armados y coches blindados los esperaba. Damián bajó primero, moviéndose con la arrogancia de un depredador que regresa a su territorio. No miró atrás para ver si Javier lo seguía; sabía que el contrato lo mantenía atado a su sombra.
Ya en la noche:
El Palacio Serbelloni brillaba bajo las luces de los candelabros de cristal. La élite europea —viejas fortunas, industriales y criminales con licencias de importación— se congregaba para la gala benéfica de la Cruz Roja. Era el escenario perfecto para la hipocresía: donar millones para salvar vidas mientras se decidía quién moriría en los muelles de Marsella a la mañana siguiente.
Javier vestía un esmoquin de seda negra hecho a medida por los mejores sastres de Savile Row, pero con el corte afilado que prefería la aristocracia berlinesa. El maquillaje de Ágata había hecho milagros; ni siquiera bajo las potentes luces de los fotógrafos se apreciaba el rastro de la violencia de Damián. Era una obra de arte gélida.
—Mantente cerca, "esposo" —susurró Damián al oído de Javier mientras cruzaban el umbral. Su mano se cerró sobre la nuca de Javier, un gesto que para los extraños parecía afectuoso, pero que para Javier era el peso de una cadena—. Si alguien pregunta por tu salud, diles que el aire del lago te sentó de maravilla.
—No te preocupes por mi actuación, Damián —respondió Javier sin mover un solo músculo de su rostro—. Preocúpate por la tuya. Tus ojos todavía buscan a un fantasma en cada esquina.
La noche fue un desfile de manos estrechadas y sonrisas de fingidas. Javier se movió por el salón con la precisión de un CEO de élite. Habló de inversiones en energías renovables con un embajador y de la estabilidad del euro con un banquero suizo. A su lado, Damián era la fuerza bruta contenida, el recordatorio constante de que el apellido Moretti no se discutía, se obedecía.
—Señor Moretti, su esposo es una joya —dijo una condesa italiana, abanicándose con indolencia—. Dicen que los alemanes son de hierro, pero el señor Müller parece de diamante.
—Es resistente, eso se lo aseguro —respondió Damián, clavando su mirada en Javier—. Pero incluso los diamantes necesitan ser tallados bajo presión para que muestren su verdadero brillo.
Javier sostuvo la mirada de Damián, desafiante.
—La presión solo rompe lo que es débil, condesa. Lo que es puro simplemente se vuelve más afilado.
Damián apretó la mandíbula. Ese era el problema con Javier: no se asustaba lo suficiente. A pesar de los golpes, a pesar de la humillación, el alemán seguía mirándolo como si Damián fuera un problema matemático que Javier ya había resuelto en su cabeza.
Cuando finalmente regresaron a la residencia Moretti en Milán, pasada la medianoche, el ambiente cambió. La farsa pública había terminado. Los escoltas se retiraron a sus puestos de guardia y el gran salón quedó sumido en una penumbra solo interrumpida por las luces de la ciudad que se filtraban por los ventanales.
Damián se quitó la chaqueta del esmoquin y la arrojó sobre un sofá de cuero. Se desabrochó los dos primeros botones de su camisa, revelando el tatuaje de la familia en su clavícula. Su energía había pasado de la contención profesional a una agresividad sensual y peligrosa.
Javier se dirigió hacia la escalera, queriendo terminar la noche en la soledad de su habitación, pero la voz de Damián lo detuvo como un látigo.
—Te has portado muy bien hoy en la gala, Javier. Realmente impecable.
Javier se detuvo, con la mano en la barandilla de mármol. No se giró.
—Solo cumplo mi parte del trato. Mañana los mercados abrirán con confianza en nuestra unión. Ya tienes lo que querías.
Damián caminó hacia él con pasos lentos, como un lobo rodeando a su presa. Subió el primer escalón, quedando justo detrás de Javier. El olor a perfume caro, tabaco y whisky que desprendía Damián inundó los sentidos del alemán.
—Creo que necesitas ser recompensado —dijo Damián. Su voz había bajado una octava, volviéndose dominante, cargada de una intención que hizo que a Javier se le erizara el vello de la nuca—. Un Delta como yo sabe reconocer cuando su... propiedad... hace un esfuerzo extra.
Javier finalmente se giró. Sus ojos grises estaban llenos de un desprecio ardiente.
—No soy tu perro para que me des recompensas, Damián. Soy tu socio y esposo. Y en mi país, los socios se respetan, no se tratan como juguetes.
—Pero no estás en Alemania, meine Liebe —susurró Damián, usando el alemán con una ironía cruel—. Estás en mi casa. Y en mi mundo, el jefe de la mafia más temible de Italia toma lo que quiere, cuando quiere.
Antes de que Javier pudiera responder, Damián lo agarró por la cintura y lo atrajo hacia sí con una fuerza bruta que le sacó el aire. Javier puso las manos sobre el pecho de Damián para empujarlo, pero el italiano era un muro de músculo.
—Suéltame —siseó Javier.
—¿Eso es lo que quieres? —Damián sonrió, una mueca depredadora—. Tus ojos dicen otra cosa. Tienes hambre de este caos tanto como yo.
Damián no esperó. Capturó los labios de Javier en un beso que no tenía nada de tierno. Era una invasión. Sus lenguas chocaron en una lucha por el dominio, un beso húmedo, cargado de la rabia y el deseo reprimido de los últimos días. Javier intentó resistirse, pero el sabor a peligro de Damián comenzó a nublar su juicio. Era un juego de poder donde el placer era un arma de guerra.
Damián bajó una mano con brusquedad, apretando el trasero de Javier sobre la tela fina del pantalón del esmoquin, mientras la otra mano se enredaba en su cabello, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás para profundizar el beso. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba el vestíbulo silencioso.
—Eres un CEO brillante, Javier —susurró Damián contra sus labios, su aliento caliente quemando la piel—. Pero aquí, bajo mis manos, solo eres carne y deseo. No importa cuánto dinero tengas o cuántas empresas dirijas... esta noche, me perteneces.
—Eres un animal, Moretti —logró decir Javier entre besos desesperados—. Un criminal que solo sabe romper cosas.
—Entonces deja que te rompa —respondió Damián.
Sin ceremonias, Damián lo empujó contra la pared de la escalera. El impacto fue seco, pero el dolor se mezcló rápidamente con una descarga de adrenalina. Damián comenzó a besar el cuello de Javier, dejando marcas que no se irían en días, mientras sus manos desabrochaban con torpeza y urgencia los pantalones del alemán.
Javier cerró los ojos, odiándose a sí mismo por la reacción de su cuerpo. La humillación de ser forzado a la sumisión por el hombre que lo despreciaba era insoportable, pero la intensidad de la presencia de Damián era como una droga. Damián lo sometió, usando su peso para inmovilizarlo, convirtiendo la intimidad en un acto de conquista. No hubo palabras dulces, solo el sonido de la seda desgarrándose y el eco de un poder que reclamaba su territorio.
Horas más tarde, la habitación principal estaba en silencio. La luz de la luna bañaba el cuerpo de Javier, que yacía de espaldas, cubierto apenas por una sábana de seda. Sus músculos todavía temblaban. A su lado, Damián dormía con la tranquilidad de un hombre que ha ganado una batalla, con un brazo rodeando posesivamente la cintura de Javier.
Javier abrió los ojos. No había rastro de lágrimas; el dolor físico era algo que podía gestionar, pero el vacío en su pecho se había vuelto un abismo. Miró el techo, escuchando la respiración acompasada del hombre que era su esposo y su carcelero.
"Crees que me has vencido, Damián," pensó Javier, mientras su mente fría empezaba a trabajar de nuevo. "Crees que porque puedes poseer mi cuerpo, tienes mi alma. Pero cada caricia forzada, cada insulto, cada marca que dejas, es una deuda que voy a cobrar con intereses."
Javier recordó el mensaje que le había enviado a Mateo. Adriano y Ángel estaban en París, creyéndose los arquitectos de una caída que aún no había sucedido. Pero Javier no iba a permitir que Adriano tomara el imperio Moretti. Si alguien iba a destruir a Damián, sería él. Y lo haría desde adentro, desde el mismo corazón de esa cama que ahora compartían.
Damián se movió en sueños, murmurando algo ininteligible. Javier se quedó rígido. Sabía que la guerra de guante blanco había terminado. Ahora era una guerra de guerrillas, donde la seducción era el camuflaje y el odio el combustible.
Mañana regresaría el CEO. Mañana regresaría el heredero Müller. Pero esta noche, en la oscuridad de Milán, Javier Müller aceptaba su transformación. Ya no era la víctima. Era el veneno que Damián Moretti había invitado a su propia sangre.
El imperio Moretti creía que estaba en su apogeo, pero no sabían que los cimientos estaban empezando a arder. Y Javier Müller sería quien avivaría las llamas hasta que no quedara más que ceniza y cristal.
Continuará...
El final me encanta, es lo que se necesita para este tipo de historias.
Bueno no se que comentar más, muy buena historia.