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Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor eterno / Venganza
Popularitas:649
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)

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XIV. L'eco del desiderio e la calma tesa.

Salí de la ducha con los músculos vibrando, una sensación que oscilaba entre el agotamiento físico absoluto y una lucidez mental afilada como un bisturí. De "relajante" aquel baño no había tenido nada; había sido una purga, una descarga de adrenalina y fluidos que me había devuelto el control de mi propio cuerpo, aunque mis manos todavía temblaran ligeramente al alcanzar la toalla de algodón egipcio. El vapor seguía flotando en el aire como una neblina pesada, atrapando el aroma a sándalo de Thais y el rastro metálico del agua caliente sobre el mármol.

Caminé hacia mi vestidor, ignorando a Thais, que seguía sentada en el suelo de la ducha recuperando el aliento. Me sequé con movimientos bruscos, casi agresivos. No quería suavidad. Busqué en el cajón de la lencería algo que me hiciera sentir de nuevo en mi propia piel. Elegí un conjunto de encaje negro con un sutil estampado de flores de lis en un tono gris humo, casi imperceptible. El sujetador era de media copa, diseñado para sostener pero también para enmarcar la fuerza de mis hombros y mi pecho tonificado; la tanga, mínima, se ajustaba a mis caderas con cintas delgadas que desaparecían bajo la línea de mis tatuajes. Era una armadura de seda y red, sutil pero autoritaria.

Regresé al dormitorio principal. Thais ya había salido del baño, goteando agua sobre la alfombra persa. La miré con una ceja arqueada, esa mirada que Enzo decía que podía congelar el infierno.

—Tieni, mettiti questa e smettila di bagnare tutto —mascullé con mi voz ronca, lanzándole una de mis camisas de dormir de seda blanca que estaba sobre la banqueta. (Ten, ponte esto y deja de mojarlo todo).

Se la tiré de mala gana, golpeándole la cara. Ella no se molestó; soltó una risita gutural y atrapó la prenda en el aire con una gracia que me irritaba. Se dirigió al tocador y, para mi sorpresa, sacó de la caja la secadora de pelo profesional que mi madre me había regalado por mi cumpleaños y que yo, con mi corte de pelo práctico y mi falta de paciencia para la estética femenina convencional, casi nunca usaba.

El ruido del motor de la secadora llenó la habitación, pero Thais, fiel a su espíritu brasileño e indomable, sacó su teléfono y conectó una lista de reproducción a mis altavoces integrados. De repente, una música sensual en inglés —un R&B lento, con bajos profundos que hacían vibrar los cristales— inundó el espacio.

Me dejé caer en la cama, apoyando la espalda contra el cabezal de cuero. Estaba en ropa interior, con las piernas largas estiradas sobre las sábanas de hilo, sintiendo el aire fresco de la noche entrar por el balcón entreabierto. Tomé mi teléfono, ignorando las notificaciones de logística del puerto que Valentina me había enviado, y me quedé observando a Thais.

Era una visión hipnótica. Ella movía las caderas al ritmo de la música mientras se pasaba la secadora por su melena oscura. Se movía con una cadencia lenta, casi perezosa, ondulando su cuerpo bajo la luz tenue de las lámparas de noche. Sabía que la estaba mirando. Sabía que, a pesar de mi frialdad y de mi "mala gana", seguía cautivada por la forma en que su cuerpo se expresaba sin necesidad de traductores.

La camisa de seda que le había prestado apenas cubría lo necesario, y con cada movimiento de sus caderas, la tela se deslizaba por su piel canela, revelando y ocultando en un juego que ella dominaba a la perfección. La música en inglés hablaba de deseos prohibidos y noches largas, una banda sonora perfecta para el microcosmos que habíamos creado en mi habitación mientras, piso abajo, el resto de los Veraldi seguramente seguían planeando cómo molestarme mañana.

—Alessandra... você está muito silenciosa —dijo ella, apagando la secadora. El traductor, que seguía en su mano, soltó en español: "Alessandra... estás muy silenciosa".

—Estoy pensando, Thais —respondí, bajando la vista hacia la pantalla de mi teléfono, donde el nombre de Giulia apareció brevemente en mi mente como una punzada de culpa o de anhelo—. Disfruta de la música. Mañana el mundo vuelve a ser de acero y salitre.

Me acomodé mejor en la cama, sintiendo el encaje negro contra mi piel. La vibración de los bajos de la música sensual se sentía en mi pecho, mezclándose con el recuerdo de la fricción en la ducha. Era el sábado de los Veraldi: sexo, poder, logística y un silencio que pesaba más que cualquier cargamento que hubiera despachado hoy. Thais volvió a encender la música, y yo volví a cerrar los ojos, dejando que la noche me envolviera en su red de seda y secretos.

Thais terminó de apagar la secadora y dejó que el silencio, solo roto por el pulso del R&B, volviera a llenar la estancia. Me miró a través del espejo con esa expresión de quien sabe que tiene el control total de la atmósfera. Dejó el dispositivo sobre el tocador y, con una lentitud calculada, comenzó a caminar hacia la cama. No caminó de forma normal; se subió al colchón por los pies y gateó hacia mí, sus caderas oscilando con una gracia animal que hacía que la seda blanca de mi camisa se deslizara peligrosamente por su espalda.

Se recostó justo encima de mí, apoyando sus codos a los lados de mi cabeza. Su piel todavía olía a vapor y a ese jabón caro que guardo para las ocasiones especiales. Yo, casi por instinto, bajé mis manos hasta sus caderas, colándolas por debajo de la camisa para sentir el calor directo de su piel.

—*Você é tão possessiva, Ale...* —susurró, rozando su nariz con la mía.

(*Eres tan posesiva, Ale...*)

Como respuesta, le di una nalgada sonora, un golpe firme que resonó en la habitación silenciosa. Thais soltó una risita coqueta y me miró con fingida indignación, dándome un empujoncito en el hombro.

—*¡Ei! Isso dói, sua bruta!* —reclamó con diversión, mientras el traductor en la mesita de noche soltaba un chirriante: *"¡Oye! Eso duele, ¡bruta!"*.

Me eché a reír, una risa auténtica que me suavizó los rasgos de la cara. Era extraño sentirme así de ligera después de un día de hierro y logística. La atraje hacia abajo por la nuca y la besé con fuerza, un beso que ella respondió de inmediato, entregándose al ritmo de mi boca. Estábamos en ese punto donde el aire se vuelve a espesar, donde las manos empiezan a buscar de nuevo el encaje negro y la seda blanca...

Y entonces, el desastre.

La puerta de mi habitación, que juraría haber cerrado, se abrió de par en par con un golpe seco.

—*¡Ale! ¡Ale! ¡Guarda cosa ho trovato nel giardino!* (¡Ale! ¡Ale! ¡Mira lo que encontré en el jardín!)

El pánico me recorrió la columna como una descarga eléctrica. **Speranza**, mi hermana pequeña de apenas cinco años, entró corriendo con la energía de un huracán. Tenía esos ojos mezclados, una tormenta de verdes y grises heredados de la rama más suave de la familia, y sostenía lo que parecía ser una piedra brillante.

Reaccioné por puro instinto de supervivencia. No podía dejar que la pequeña joya de mis padres nos viera así. Empujé a Thais violentamente hacia un lado para apartarla de encima de mí, pero en el frenesí del movimiento y debido a que las sábanas de hilo eran traicioneras, yo también perdí el equilibrio.

El resultado fue un estrépito digno de una comedia barata. Thais salió volando hacia la alfombra con un grito de sorpresa y yo terminé aterrizando de espaldas justo al lado de ella, con un golpe sordo que me sacó el aire.

Speranza se detuvo en seco al borde de la cama, mirando hacia abajo. Durante un segundo hubo un silencio sepulcral, con Thais y yo desparramadas en el suelo en ropa interior y una camisa de seda respectivamente. Entonces, la niña soltó una carcajada cristalina y sonora que llenó toda la habitación.

—*¡Hahaha! ¡Ale, pareci un sacco di patate! ¡Thais, tú también te caíste!* —gritaba la niña, saltando de alegría ante la "función" que acabábamos de darle—. *¡Otra vez! ¡Otra vez!*

Me quedé en el suelo, mirando el techo, sintiendo el frío de la madera contra mi espalda y el calor de la vergüenza subiéndome por el cuello. Thais se tapaba la cara con las manos, muerta de la risa de forma silenciosa.

—*¡Maledizione, Speranza!* —mascullé, tratando de recuperar mi dignidad mientras me sentaba y me tapaba como podía—. *Casi me matas del susto. ¿Qué te he dicho de tocar la puerta antes de entrar?*

La niña no escuchaba. Seguía riéndose de su hermana mayor, la temida General de los Veraldi, que acababa de ser derrotada por un tropezón en su propia cama. Claramente, Clara y Alessio habían tenido a esta niña para recordarme que, sin importar cuánto poder tuviera en los puertos, en esta casa siempre habría alguien capaz de derribarme con una simple carcajada.

Speranza, ajena por completo a la tensión erótica que acababa de dinamitar, trepó a la cama con la agilidad de un pequeño felino. Se acomodó justo en el centro, sobre las sábanas revueltas que aún conservaban el calor de nuestros cuerpos, y se sentó sobre sus talones con una expresión de triunfo absoluto.

Thais y yo nos pusimos en pie como pudimos, tratando de recuperar una pizca de decoro. Yo me ajusté el sujetador de encaje y me crucé de brazos, tratando de recuperar mi máscara de "General", aunque tener a una niña de cinco años riéndose de tu caída doble no ayudaba mucho a la autoridad.

—*Guarda, Ale! È un diamante magico!* —exclamó Speranza, abriendo las manos para revelar su tesoro. (¡Mira, Ale! ¡Es un diamante mágico!)

Me acerqué al borde de la cama y observé el objeto. Era una piedra de río, redondeada y común, pero alguien —probablemente mi padre en uno de sus raros momentos de ternura, o alguno de los sirvientes que vivía para cumplir sus caprichos— la había cubierto con una laca de purpurina plateada que destellaba bajo la luz de las lámparas. Para Speranza, aquello era más valioso que todo el cargamento de oro que yo acababa de despachar en el puerto.

—*È bellissima, piccola* —dije, y mi voz ronca sonó inusualmente suave mientras me sentaba a su lado—. (Es hermosa, pequeña). *¿Dónde la encontraste?*

—*¡En la cueva de los dragones!* —mintió con orgullo, refiriéndose seguramente al rincón detrás de los rosales de Clara—. *Estaba escondida debajo de una hoja. El señor Giovanni me dijo que solo las mejores exploradoras podían ver el brillo.*

Thais, que ya se había acomodado la camisa de seda y se había sentado en el suelo apoyando la barbilla en el colchón, miraba a la niña con una ternura que rara vez le veía. Speranza la miró y, con la generosidad que solo tienen los niños, le extendió la piedra.

—*Puedes tocarla, Thais. Pero ten cuidado, es mágica y puede convertirte en rana.*

Thais soltó una carcajada y miró el traductor, que seguía encendido.

—*Obrigada, princesa. Prometo que não vou virar sapo.*

(Gracias, princesa. Prometo que no me convertiré en rana).

Me quedé mirando a mi hermana menor. Ella representaba la única pureza que quedaba en el apellido Veraldi. Mientras yo manejaba armas, deudas y logística de sombras, ella buscaba piedras brillantes en el jardín. Speranza se recostó de espaldas en mi almohada, alzando la piedra hacia el techo para ver cómo los brillos bailaban en la oscuridad de la habitación.

—*Ale, ¿por qué Thais estaba encima de ti? ¿Estaban jugando a la lucha?* —preguntó de repente, sin apartar la vista de su diamante.

Sentí que el mundo se detenía. Thais se tensó y yo carraspeé, buscando desesperadamente una explicación que no arruinara su infancia ni me obligara a dar explicaciones a Alessio.

—*Sí... algo así* —respondí, aclarando mi garganta con un quejido—. *Estábamos... entrenando. Ya sabes que la General siempre tiene que estar preparada.*

—*Pues perdiste* —sentenció Speranza con una sonrisa pícara, cerrando los ojos mientras abrazaba su piedra contra el pecho—. *Te caíste muy feo.*

Me resigné a mi derrota. En el puerto mandaba yo, pero en esta cama, bajo la mirada de una niña de cinco años y una piedra con purpurina, yo no era más que una hermana mayor que acababa de ser humillada por la gravedad.

La puerta se terminó de abrir con una parsimonia que solo mi madre sabía ejecutar. Clara Veraldi no entraba a las habitaciones; ella las reclamaba. Apareció en el umbral con su porte aristocrático, envuelta en una bata de seda color perla que parecía flotar a su alrededor.

Sus ojos, agudos y cargados de una sabiduría que siempre me hacía sentir como si tuviera diez años otra vez, recorrieron la escena con una rapidez de halcón: yo, sentada en la cama en lencería de encaje negro, Thais apoyada en el colchón con mi camisa de seda blanca mal abotonada, y Speranza en el centro de las sábanas jugando con su piedra brillante.

Clara arqueó una ceja, deteniendo su mirada un segundo más de lo necesario en Thais.

—*Vedo che la logistica del porto non è stata l'unica cosa intensa della giornata, Alessandra* —dijo mi madre, con una sonrisa que mezclaba la burla materna con una advertencia silenciosa.

(Veo que la logística del puerto no ha sido lo único intenso del día, Alessandra).

Thais se puso de pie rápidamente, bajando la cabeza con respeto. Ella sabía que, aunque yo fuera la General, Clara era la Reina Regente. Mi madre se acercó a la cama ignorando deliberadamente a la "putita" —como ella llamaba con desdén divertido a mis acompañantes— y se concentró en la pequeña.

—*Piccola mia, è ora di andare a dormire. Lascia che tua sorella riposi... o qualunque cosa stia facendo* —añadió, lanzándome una mirada cargada de picardía.

(Pequeña mía, es hora de ir a dormir. Deja que tu hermana descanse... o lo que sea que esté haciendo).

Speranza se quejó un poco, pero Clara la tomó en brazos con una ternura infinita. La niña se aferró al cuello de mi madre, sin soltar su piedra mágica. Antes de salir, Clara se detuvo y me miró de arriba abajo, señalando con un gesto elegante mi falta de vestimenta y la presencia de Thais.

—*Cerca di non distruggere i mobili, cara. Tuo padre vuole che domani tu sia lucida per la colazione di famiglia. E tu...* —se dirigió a Thais con una frialdad cortés— *...cerca di restituirle la camicia intera.*

(Trata de no destruir los muebles, querida. Tu padre quiere que mañana estés lúcida para el desayuno familiar. Y tú... trata de devolverle la camisa entera).

—*Sì, signora* —susurró Thais, roja como un tomate.

—*Buonanotte, Alessandra. Copriti, potresti riprenderti un raffreddore* —finalizó con una risita, cerrando la puerta tras de sí.

(Buenas noches, Alessandra. Cúbrete, podrías resfriarte de nuevo).

Me quedé mirando la puerta cerrada, soltando un suspiro largo. Mi madre siempre tenía esa habilidad de hacerme sentir que, sin importar cuántos barcos controlara o cuántas mujeres pasaran por mi cama, ella siempre estaría un paso por delante de todos mis secretos.

—*Sua mãe é assustadora, Ale* —murmuró Thais, dejándose caer de nuevo en la cama.

(Tu madre es aterradora, Ale).

—*No tienes ni idea* —respondí, frotándome la nuca y volviendo a recostarme, esperando que la noche no tuviera más interrupciones familiares.

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