Tu nombre en mi pasado
En la ciudad de Vareth, donde el poder se mueve en silencio y la lealtad se paga con sangre, Adrián Voss vive atrapado en un pasado que nunca logró enterrar.
Años después de la muerte de su padre, una sola pista aparece de la nada: un nombre que no debería existir… Elena Rivas.
Ella es todo lo que no encaja en su mundo: tranquila, normal, aparentemente ajena a la oscuridad que domina la ciudad. Pero en Vareth, nadie es inocente… y nadie aparece por casualidad.
Mientras Adrián se acerca a ella buscando respuestas, lo que encuentra es algo mucho más peligroso: una conexión que no entiende, una atracción que no puede controlar… y un secreto que podría destruirlos a los dos.
Porque alguien más ya los está observando.
Y esta vez…
el pasado no viene a recordarse.
Viene a cobrarse.
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Lo que no se dice también pesa.
El café quedó atrás, pero la sensación no.
Adrián conducía sin mirar a Elena, aunque era consciente de cada movimiento de ella, de cada respiración, de cada pequeño gesto que rompía el silencio entre los dos. La ciudad había vuelto a envolverlos con su ruido habitual, pero ahora todo parecía más lejano, como si estuvieran dentro de algo aparte.
Algo que no tenía nombre todavía.
Las calles se iban haciendo más estrechas mientras avanzaban. Los edificios altos desaparecían poco a poco, sustituidos por construcciones viejas, con fachadas desgastadas y luces débiles que apenas iluminaban las aceras. Era una zona menos vigilada… menos limpia… más real.
Elena apoyó la cabeza contra la ventana, mirando su reflejo en el vidrio.
—No debimos parar ahí —dijo en voz baja.
Adrián no respondió de inmediato.
—Sí debimos.
—¿Para qué? —preguntó ella, girándose un poco—. ¿Para complicar más todo?
Adrián giró el volante con calma, entrando en una calle casi vacía.
—Para dejar de mentirnos un momento.
Elena sostuvo su mirada unos segundos.
—Eso no cambia nada.
—Cambia todo.
Silencio.
El carro se detuvo frente a un edificio antiguo, de tres pisos, con balcones de hierro oxidado y paredes que parecían haber visto demasiadas cosas con el paso del tiempo.
No había letrero.
No había gente.
Pero sí había luz en algunas ventanas.
—¿Dónde estamos? —preguntó Elena.
Adrián apagó el motor.
—En un lugar donde no hacen preguntas.
Ella lo miró con desconfianza.
—Eso no suena bien.
—No lo es.
Subieron las escaleras sin hablar.
El pasillo era estrecho, con paredes agrietadas y un olor leve a humedad mezclado con cigarro viejo. Una luz amarillenta colgaba del techo, balanceándose ligeramente como si alguien hubiera pasado hacía poco.
Cada paso hacía eco.
No fuerte.
Pero lo suficiente para recordarles que no estaban solos… aunque no vieran a nadie.
Adrián se detuvo frente a una puerta al final del pasillo.
No tocó.
Simplemente esperó.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Y entonces la puerta se abrió.
Un hombre mayor apareció, con mirada cansada y expresión neutra. No preguntó quiénes eran.
Solo miró a Adrián… y asintió.
—Pasa.
Elena notó ese detalle.
No hubo sorpresa.
No hubo duda.
Ese lugar conocía a Adrián.
El apartamento era más amplio de lo que parecía por fuera, pero igual de viejo. Muebles gastados, una mesa de madera marcada por el uso, cortinas pesadas que bloqueaban casi toda la luz exterior.
Pero estaba limpio.
Cuidado.
Como si alguien se asegurara de mantener ese espacio… listo.
—Aquí puedes quedarte —dijo Adrián, cerrando la puerta detrás de ellos.
Elena lo miró.
—¿Quedarme?
—Es más seguro que cualquier otro lugar ahora mismo.
Ella negó lentamente.
—No existe un lugar seguro en esto.
Adrián dio unos pasos hacia el centro de la sala.
—Este se acerca bastante.
Silencio.
Elena dejó su bolso sobre la mesa, pero no se sentó.
—¿Y tú?
—Yo no me quedo.
Eso la hizo reaccionar.
—¿Qué?
Adrián evitó su mirada.
—Tengo que moverme.
—¿Ahora?
—Sí.
Elena dio un paso hacia él.
—¿Después de todo lo que pasó?
Adrián la miró finalmente.
—Precisamente por eso.
Silencio.
Más tenso ahora.
—No puedes irte así —dijo ella.
—No puedo quedarme.
—¿Y si vuelven?
Adrián sostuvo su mirada.
—No van a venir aquí.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque si quisieran encontrarte… ya lo habrían hecho.
Esa respuesta no la tranquilizó.
La inquietó más.
—Entonces esto es otra cosa —murmuró ella.
—Sí.
—Y tú vas directo hacia eso.
Adrián no respondió.
No hacía falta.
Elena apretó los labios.
—Siempre haces lo mismo, ¿no?
Adrián frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
—Meterte más profundo.
Silencio.
—Sin importar quién quede atrás.
Esa frase quedó suspendida en el aire.
Pesada.
Real.
Adrián dio un paso hacia ella.
—No es así.
Elena lo miró, con algo más que enojo.
—¿Ah, no?
—No te estoy dejando atrás —dijo él con voz firme—. Te estoy sacando de esto.
Ella negó.
—No puedes decidir eso por mí.
—Ya estás dentro.
—Entonces no me apartes.
Silencio.
Los dos estaban ahora frente a frente.
Cerca.
Demasiado cerca.
El aire entre ellos se volvió más denso.
Más difícil de ignorar.
—Esto no es un juego, Elena —dijo Adrián en voz baja.
—Lo sé.
—Entonces entiende…
—No —lo interrumpió ella—. Entiende tú.
Pausa.
—No soy alguien que tienes que proteger.
Adrián sostuvo su mirada.
—Eso no es lo que estoy haciendo.
—Entonces, ¿qué es?
Silencio.
Y por primera vez…
Adrián no tuvo una respuesta inmediata.
Eso lo delató.
Elena lo vio.
—Exacto —murmuró.
Bajó la mirada.
Pero no se apartó.
—Esto… —añadió— no estaba en el plan.
Adrián exhaló lento.
—Nada de esto lo estaba.
Silencio.
Elena levantó la vista otra vez.
Y en sus ojos ya no había solo tensión.
Había algo más.
Algo más vulnerable.
—Eso es lo que me da miedo.
Adrián la observó.
Con más calma ahora.
Más humano.
—A mí también.
Esa confesión fue pequeña.
Pero suficiente.
Porque rompió algo entre ellos.
Una barrera.
Una distancia.
Y en ese momento…
sin ruido…
sin aviso…
Elena acortó el espacio.
No fue un impulso violento.
Fue lento.
Casi dudoso.
Pero decidido.
Adrián no se movió.
No la detuvo.
Solo la dejó acercarse.
Sus respiraciones se mezclaron.
El tiempo pareció detenerse otra vez.
Y entonces…
se besaron.
No fue perfecto.
No fue planeado.
Fue real.
Con tensión acumulada.
Con miedo.
Con necesidad.
Con todo lo que ninguno había dicho.
Y por eso…
duró más de lo que debía.
Cuando se separaron…
el silencio volvió.
Pero ya no era incómodo.
Era peligroso.
Elena apoyó su frente contra la de él.
—Esto lo complica todo.
Adrián la miró.
—Ya estaba complicado.
Ella dejó escapar una pequeña sonrisa triste.
—No así.
Silencio.
—Ahora sí no hay salida.
Adrián la observó unos segundos.
Y luego dijo algo que ni él mismo había planeado:
—No quiero salir.
Elena cerró los ojos.
Y eso fue suficiente para entender que…
ella tampoco.
Pero afuera…
la ciudad no se detenía.
Y en algún lugar de Vareth…
alguien ya sabía.
Ya había visto.
Ya había entendido.
Y cuando eso pasaba…
las consecuencias nunca tardaban.
Porque en este juego…
los errores no se perdonan.
Y enamorarse…
siempre es el primero.