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CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: Veinticuatro horas

Nocturne – Sala del Trono. 01:43 am.

Damián intentó levantarse del trono y no pudo.

No eran cadenas. Era peso. Como si la piedra lo reconociera y dijera quedate hasta que te acostumbres. La marca plateada del pecho y la de la espalda brillaban bajo la camisa, conectadas por hilos de luz que se hundían en el trono.

—Mierda —dijo.

Lilith entró corriendo, todavía con el café de la noche anterior en la mano.

—¿Qué pasa?

—No me deja irme —contestó Damián, la mandíbula apretada—. Veinticuatro horas. Regla vieja. El trono prueba que no te quemes. Si me paro antes, se cierra cien años.

Lía se arrodilló al lado, le tocó la mano. El anillo estaba caliente.

—¿Duele?

—No. —Le apretó los dedos—. Me deja inútil.

Belial ya se había ido. Malphas también. Pero la sala no estaba vacía. Los nombres en la pared seguían cayendo como polvo. Y en el círculo donde Malphas se había sentado, quedaba una mancha negra que no se borraba.

Lilith la pisó sin querer.

—Ups.

La mancha subió por su tobillo como tinta viva. Entró por la piel.

Lilith se quedó quieta un segundo. Después sonrió. No era su sonrisa.

—Hola otra vez —dijo Malphas con su boca—. Dije que no terminaba.

Damián intentó levantarse. El trono lo empujó de vuelta abajo. Un gruñido le salió del pecho, no de dolor. De rabia.

—Salí de ella —escupió.

—Nah. —Malphas/Lilith caminó alrededor del trono, mirando a Lía—. Belial dijo sin Lilith. No dijo sin mí en Lilith. —Se encogió de hombros con el cuerpo de ella—. Veinticuatro horas, hermanito. Tiempo suficiente para hacer daño.

Lía se puso de pie despacio. No corrió. No gritó.

—Si la matás, te matás —dijo—. Es corte. Belial te borra.

—Quién dijo matar. —Malphas/Lilith le pasó un dedo por la mejilla a Lía. Lía no se movió—. Solo voy a hablar. Contar cosas. Como que tu rey favorito firmó a otras tres después de Elena. O que Lilith pidió tu cabeza hace dos años y Belial le dijo que esperara.

Damián golpeó el brazo del trono. La piedra se rajó.

—No la escuches.

—Ya la escuché —dijo Lía, sin quitarle los ojos a Lilith. A lo que estaba dentro—. Y no me importa. —Dio un paso más cerca—. Salí.

Malphas/Lilith ladeó la cabeza.

—¿O qué? ¿Me vas a exorcizar? No tenés agua bendita, princesa.

—No. —Lía levantó la mano. El anillo plateado brilló—. Te voy a echar porque esta no es tu casa.

La luz del sello le dio en el pecho a Lilith. No la empujó. La quemó. Lilith gritó con su voz, no con la de Malphas.

—¡Para! ¡Me duele a mí!

Lía bajó la mano al instante.

Malphas/Lilith se rió, jadeando.

—Eso. Ahí está. Para sacarme, tenés que quemarla a ella también. ¿Podés?

Damián estaba pálido.

—Lía, no.

Lía lo ignoró. Miró a Lilith a los ojos.

—Lilith. Si estás ahí, dame una señal.

Por un segundo, los ojos castaños de Lilith volvieron. Parpadeó dos veces. Rápido.

Sí.

Malphas recuperó el control y la empujó contra la pared.

—Se acabó el recreo. Nos vamos. —La hizo caminar hacia la puerta—. Tenés veinticuatro horas para venir a buscarla, Moreau. Si salís del trono, pierdes. Si no venís, yo gano.

Se fueron.

La sala quedó en silencio.

Damián respiraba como si hubiera corrido kilómetros. Las alas no salían. El trono no lo dejaba.

—Voy a matarlo —dijo.

—No —dijo Lía—. Vas a quedarte. —Se paró delante del trono, le puso las dos manos en la cara—. Yo voy.

—No.

—Sí. —Lo besó. Rápido. Duro—. Me creíste en la Sala Blanca. Creeme ahora.

Damián le agarró las muñecas.

—Si te toca…

—Me tocó ya. —Le mostró el hombro. La marca de la garra de antes era una línea blanca, no herida—. Y no pasó nada. —Le sostuvo la mirada—. Veinticuatro horas. Vuelvo antes.

Damián la soltó despacio.

—Llevate esto. —Se sacó la cadena del cuello. No tenía anillo. Tenía una llave diminuta, vieja—. Abre todo en el Nocturne. Incluso lo que Belial cerró.

Lía se la colgó.

—Te veo en veinticuatro horas —dijo.

—No llegues tarde —contestó él.

02:30 am. Depósito 3B otra vez.

Lía entró sin hacer ruido. La puerta estaba abierta. Adentro, Lilith atada a una silla con cable de luz. Inconsciente. O no.

Malphas estaba fuera de ella, recostado en el escritorio. Ya sin cascarón. Solo la forma alta, gris, sin cara.

—Rápida —dijo—. Me gusta.

—¿Qué querés? —preguntó Lía.

—Que él se levante del trono. —Señaló con la cabeza hacia arriba, como si el Nocturne estuviera ahí—. Si lo hace por vos, Belial lo mata y yo reino. Si no lo hace, yo te mato a vos y él reina solo. Gano igual.

Lía miró a Lilith. Tenía sangre seca en la nariz. Respiraba.

—Soltala.

—No. —Malphas se acercó—. Mejor: te metés vos en la silla. Yo me meto en vos. Y le decimos que te tengo. Va a elegir.

Lía sintió el anillo helado. No por miedo. Por idea.

—Trato —dijo.

Malphas se detuvo.

—¿Qué?

—Trato. Pero hablo yo. No vos en mi boca. —Se sentó en el piso, piernas cruzadas—. Entrá. Si podés.

Malphas se rió.

—Arrogante. —Se inclinó sobre ella—. Última chica que dijo eso terminó…

No terminó. Lía le agarró la cara. Con las dos manos.

El sello completo —anillo, marca de espalda, marca de pecho de Damián aunque él no estaba— se encendió a través de ella. No luz. Fuego blanco.

No lo quemó a él. Quemó el lugar donde él se metía: la duda.

Malphas gritó. No de dolor. De hambre cortada.

—¡No podés!

—Puedo —dijo Lía, los dientes apretados—. Porque no estoy sola aunque esté sola.

El fuego subió por los brazos de Malphas, buscó la boca, los ojos, el lugar sin nombre. Él se arrancó de las manos de Lía y retrocedió hasta chocar con la pared.

—Elena no pudo —escupió.

—Yo no soy Elena.

Lilith se despertó en la silla con una bocanada de aire. Vio a Lía. Vio a Malphas contra la pared.

—¿Me perdí algo? —graznó.

—Sí —dijo Lía, sin soltar el fuego—. Te perdiste la parte donde te elijo antes que a él.

Malphas entendió. Si se metía en Lilith otra vez, Lía lo quemaba otra vez. Si se metía en Lía, el sello lo rechazaba porque no había duda.

Estaba atrapado.

—No se acaba —dijo.

—No —contestó Lía—. Pero hoy sí.

Cerró los puños. El fuego se concentró y salió en una onda. Le dio a Malphas en el centro. No lo mató. Lo echó. Como se echa al humo por la ventana.

La sala quedó vacía.

Lía cayó de rodillas. El anillo estaba blanco, después gris, después nada. Agotado.

Lilith se soltó como pudo y gateó hasta ella.

—¿Estás…?

—Viva —dijo Lía—. ¿Vos?

—Me duele todo. —Lilith la abrazó de golpe, fuerte—. Gracias.

Lía le devolvió el abrazo.

—De nada.

Nocturne – Sala del Trono. 01:40 am del día siguiente. 23 horas 57 minutos después.

Damián seguía en el trono. No se había dormido. No había comido. Solo miraba la puerta.

Cuando se abrió, no se levantó. No podía todavía.

Lía entró primero. Despeinada, con sangre seca en la campera, cojeando apenas. Lilith detrás, con el ojo morado y sonriendo.

Damián las miró a las dos. Después a Lía.

—¿Él?

—Se fue —dijo Lía.

—¿Ella?

—Acá —dijo Lilith, y saludó con dos dedos.

El trono vibró. Las 24 horas se cumplieron.

Damián se puso de pie. Despacio. La piedra lo soltó.

Caminó hasta Lía. No la besó. Le puso la frente contra la de ella y cerró los ojos.

—Tardaste tres minutos.

—Lo siento —susurró ella.

—No —dijo él—. Gracias.

La besó entonces. Largo. Sin trono. Sin corte. Solo ellos.

Lilith se tapó los ojos.

—Consíganse un cuarto. Ah, cierto.

Cuando se separaron, Damián miró a Lilith.

—Perdón por él.

—Perdón por mí —contestó ella—. Le abrí la puerta como idiota.

Lía le dio la llave de Damián.

—Cerrá todo cuando salgas.

Salieron los tres. El trono quedó vacío. Encendido. Esperando.

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