El amor más profundo a menudo nace de la ceniza de la traición más amarga.
Para evitar su ejecución como la villana de la historia, Anya deberá abandonar al príncipe que la odia y forjar un pacto con el verdadero antagonista, reescribiendo su trágico final con magia y pasión.
¿Podrá cambiar su destino?
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Capítulo 11
La mañana posterior al banquete real trajo consigo una calma engañosa que se filtraba por los ventanales de la mansión O’Higgins. Anya se encontraba sentada en su solárium privado, rodeada de orquídeas blancas que parecían observar con curiosidad cómo la "Diosa Fría" ignoraba la pila de invitaciones y panfletos de chismes que se acumulaban sobre la mesa de mármol.
—Mi Lady, la Condesa Gisela ha enviado una tercera nota —dijo Danna, su doncella personal, con voz temblorosa—. Pregunta si es cierto que el Duque Gallagher la escoltó hasta su carruaje. También dice que Lady Mía Roster ha sido vista llorando en los jardines del templo, lamentando la "crueldad" de sus palabras de anoche.
Anya dejó su taza de porcelana sobre el plato con un tintineo seco. No miró a Danna, sino que mantuvo la vista fija en el horizonte, donde las torres del palacio se alzaban como agujas de piedra.
—Danna, quema las notas de Gisela. Y en cuanto a las lágrimas de Mía... —Anya hizo una pausa, una pequeña sonrisa de desdén curvando sus labios—. El agua es gratuita en este reino; ella puede desperdiciar la que quiera. No me concierne.
Danna parpadeó, confundida. En el pasado, cualquier mención a Mía Roster habría provocado que Anya lanzara un jarrón o dictara una carta llena de insultos velados para sabotear el próximo evento de la joven.
—¿No vamos a responder, mi Lady? —insistió Danna—. La gente dice que Mía está organizando una merienda de caridad mañana. Es la oportunidad perfecta para que usted asista y... bueno, para recordarle quién es la verdadera hija de un Gran Duque.
Anya se puso de pie, su silueta recortada contra la luz del sol. En su vida pasada como Elena, había visto este patrón mil veces: la villana intenta humillar a la heroína en un evento público, la heroína llora, el príncipe aparece para rescatarla, y la villana queda como un monstruo ante los ojos de todos.
—Eso es exactamente lo que ellos esperan, Danna —dijo Anya, caminando hacia su escritorio—. Esperan que yo juegue el papel de la mujer despechada que gasta sus energías intentando marchitar una flor silvestre como Mía. Pero se equivocan. La venganza es un fuego que consume primero a quien lo enciende. Yo no quiero quemarme; quiero construir.
Se sentó y abrió un mapa de las tierras de los O’Higgins. Mientras la Anya original se perdía en bailes y persecuciones amorosas, la economía de su ducado había comenzado a estancarse.
—Llama a Gustav —ordenó Anya—. Necesito revisar los libros de contabilidad de las minas del norte. Si voy a ser la villana de esta historia, al menos seré una villana con el poder financiero suficiente para comprar el reino entero si me place.
Minutos después, Gustav, el administrador de la familia, entró en el salón. Era un hombre mayor, de cabello canoso y ojos agudos que habían servido a los O’Higgins por tres generaciones. Parecía sorprendido de que Anya lo llamara por algo que no fuera un adelanto de su asignación para joyas.
—Mi Lady, ¿ha solicitado los registros de producción? —preguntó Gustav, ajustándose las gafas.
—Así es, Gustav —respondió Anya, señalando una silla—. Siéntate. He estado analizando la trama... quiero decir, la situación de nuestras tierras. Dependemos demasiado del favor real para nuestras rutas comerciales. Quiero diversificar. Quiero que el apellido O’Higgins deje de ser un sinónimo de escándalos cortesanos y se convierta en el eje de la industria del hierro y la seda.
Gustav la miró con una mezcla de sospecha y esperanza.
—Es un camino difícil, mi Lady. Requerirá que usted esté presente en las reuniones, que viaje a las fronteras y que ignore las distracciones de la capital.
—Las distracciones ya no tienen poder sobre mí, Gustav —sentenció ella—. El Príncipe Erick puede casarse con una campesina o con una estatua si lo desea. Mi tiempo es demasiado valioso para gastarlo en sabotajes mediocres.
Sin embargo, el destino no parecía dispuesto a dejarla en paz tan fácilmente. Un golpe en la puerta interrumpió la reunión. Era un guardia de la mansión.
—Mi Lady, lamento la interrupción. Lady Mía Roster está en la puerta principal. Insiste en verla. Dice que "no puede dormir pensando en el dolor que le ha causado" y que necesita su perdón personal.
Anya suspiró profundamente. El "patrón de venganza" estaba llamando a su puerta, disfrazado de una disculpa hipócrita. Mía sabía que si Anya la rechazaba de forma violenta, ella podría volver con Erick y decirle que Anya seguía siendo una amenaza. Era una trampa de manual.
—Déjala pasar —dijo Anya, para sorpresa de Gustav y Danna—. Pero no al salón principal. Llévala al jardín de invierno.
Anya se dirigió al jardín, un espacio de cristal lleno de plantas exóticas. Mía ya estaba allí, vestida de un azul pálido que la hacía parecer pequeña y frágil. Al ver entrar a Anya, Mía corrió hacia ella con las manos extendidas.
—¡Anya! —exclamó Mía, sus ojos llenándose de lágrimas instantáneas—. Por favor, escúchame. No quiero que este odio entre nosotras continúe. Erick te amaba, pero...
Anya se detuvo a tres pasos de distancia, manteniendo una barrera de aire gélido entre ambas. No extendió sus manos.
—Mía, ahórrate el drama —dijo Anya con una voz tan neutra que resultó inquietante—. No te odio. Para odiar a alguien, primero debo sentir algo por esa persona, y en este momento, tú eres para mí lo mismo que ese banco de piedra: un objeto decorativo en el paisaje.
Mía se quedó congelada, sus manos suspendidas en el aire. No esperaba esta respuesta. Esperaba gritos, insultos sobre su origen humilde, cualquier cosa que pudiera usar como prueba de la "maldad" de Anya.
—Pero... tú siempre intentabas arruinar mis vestidos... me enviabas cartas anónimas... —balbuceó Mía, confundida por el cambio de guion.
—Esa Anya está muerta —respondió ella, clavando sus ojos rojos en los de Mía—. Puedes quedarte con el Príncipe. Puedes quedarte con sus promesas y con su corona de espinas. Yo ya no juego a ese juego. Así que, por favor, sal de mi casa. Tengo trabajo que hacer, y tu presencia está consumiendo mi oxígeno.
Mía retrocedió, su máscara de inocencia flaqueando por un segundo para mostrar una chispa de irritación.
—¡Erick dice que estás tramando algo con el Duque Gallagher! —gritó Mía, perdiendo un poco la compostura—. Él dice que eres peligrosa, que te has aliado con un monstruo para vengarte de nosotros.
Anya se rió suavemente, una risa que no llegó a sus ojos.
—Si Liam Gallagher es un monstruo por ser inteligente y poderoso, entonces espero que me considere una de los suyos. Ahora, vete. La próxima vez que cruces mi puerta sin invitación, haré que los guardias te escolten hasta el límite del ducado. No por odio, Mía, sino por pura y simple irrelevancia.
Mía salió del jardín casi corriendo, sintiéndose por primera vez verdaderamente derrotada, no porque hubiera perdido una batalla, sino porque su oponente se había retirado del campo de batalla por completo.
Anya se quedó sola entre las plantas. Sintió una extraña ligereza en el pecho. Había rechazado la venganza, y al hacerlo, había recuperado su libertad. Sin embargo, una sombra se movió en el rincón del jardín de invierno.
—Una ejecución impecable —dijo una voz profunda y aterciopelada.
Liam Gallagher emergió de detrás de unas enormes hojas de palma. Estaba apoyado contra una columna de mármol, con los brazos cruzados y una expresión de absoluta fascinación.
—Duque Gallagher —dijo Anya, sin mostrar sorpresa—. ¿Tiene por costumbre entrar en las casas ajenas sin ser anunciado?
—Solo cuando la conversación promete ser más interesante que cualquier tratado de paz —respondió Liam, acercándose lentamente—. Debo confesar que esperaba que la expulsaras a gritos. Me habrías costado una apuesta conmigo mismo.
—No soy un espectáculo de feria para su entretenimiento, Duque —replicó Anya, volviéndose hacia él.
—Al contrario, Lady Anya. Es usted la única persona en esta capital que no es un espectáculo de feria —dijo Liam, deteniéndose frente a ella—. Todos los demás están interpretando sus papeles. Mía es la santa, Erick es el héroe... y yo soy el villano. Pero usted... usted acaba de romper su contrato.
Liam extendió una mano y tomó una pequeña flor roja que Anya llevaba en el cabello, examinándola con curiosidad.
—Rechazar la venganza cuando tienes todos los motivos para ejercerla es la forma más alta de crueldad hacia tus enemigos —continuó Liam, sus ojos grises brillando con una luz peligrosa—. Porque les quitas el derecho de sentirse víctimas. Los dejas solos con su propia mediocridad.
—Es simplemente eficiencia, Duque —respondió Anya, manteniendo la mirada—. No puedo construir un imperio si mis manos están ocupadas estrangulando a una niña tonta.
Liam sonrió, y esta vez fue una sonrisa auténtica, aunque no menos aterradora.
—Construir un imperio... —repitió él—. Me gusta cómo suena eso. Dígame, Anya, ¿le interesaría conocer los tomos olvidados de la biblioteca de mi fortaleza? Dicen que contienen secretos sobre cómo los antiguos O’Higgins y los Gallagher solían gobernar este mundo antes de que los reyes se volvieran tan... sentimentales.
Anya sintió un escalofrío de anticipación. El camino hacia el poder real se abría ante ella, y Liam Gallagher le estaba ofreciendo la llave.
—Aceptaré su invitación, Duque. Pero no por curiosidad —dijo Anya con firmeza—. Sino porque quiero asegurarme de que, cuando este reino cambie, yo sea quien sostenga la pluma que escriba el nuevo final.
Liam se inclinó en una reverencia elegante.
—Entonces, que comience la verdadera estrategia.
qué paso con el papá, el rey y quienes son ceniza y rosa?
🫥 (joder soy gata)