Renace en una época diferente.. ahora es rica y hermosa por lo que su único objetivo es disfrutar la vida..
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Mago
La mañana en la mansión Stevens transcurría entre el aroma a uvas fermentadas y el murmullo constante de trabajadores organizando barriles cuando un carruaje con el emblema del templo se detuvo frente a la entrada principal.
No era un carruaje cualquiera.
El símbolo grabado en plata.. un círculo atravesado por tres líneas verticales.. pertenecía al templo mayor de Bernicia.
De él descendió un hombre de túnica azul oscuro, bordada con hilos casi imperceptibles que parecían moverse cuando la luz los tocaba.
Era ..Valety.. uno de los tres magos que dirigían el templo del reino.
Dentro de la mansión, Abigail estaba discutiendo animadamente con el encargado de bodega sobre la posición correcta de los barriles cuando Mila entró casi sin aliento.
—Señorita… ha llegado un mago del templo.
Abigail parpadeó.
—¿Un mago? ¿Aquí? ¿Se nos quemó algo sin que yo me enterara?
—No, señorita —susurró Mila, ajustando nerviosa su delantal—. Es un honor. Los magos del templo no visitan casas privadas sin motivo importante. Debe ser… una bienvenida formal a la capital.
Abigail levantó una ceja.
—¿La capital da la bienvenida con túnicas misteriosas? Qué elegante.
Aun así, se alisó el vestido.. no rojo esta vez, sino verde profundo.. y caminó hacia el salón principal con paso firme.
Valety la esperaba con expresión serena, ojos claros y una presencia que no imponía, pero sí pesaba.
Abigail se inclinó lo justo, sin exagerar.
—Mago Valety, supongo.
El mago sonrió levemente.
—Lady Abigail Stevens.
Su voz era suave, casi musical.
—Es un honor recibirlo en mi humilde viñedo lleno de barriles problemáticos —respondió ella con una sonrisa encantadora.
Mila contuvo la respiración.
Pero Valety no pareció ofendido. Al contrario, sus ojos mostraron un destello de curiosidad.
—La capital recibe con agrado a quienes aportan vida a sus calles.. Solo deseaba saludarla y asegurarme de que su traslado haya sido favorable.
Abigail lo invitó a sentarse. Ordenó té. Y, sorprendentemente, adoptó una compostura elegante que hizo que Mila casi suspirara de alivio.
—El cambio ha sido estimulante.. Nuevos paisajes, nuevas responsabilidades. Siempre es interesante comenzar de nuevo.
Valety observó atentamente la elección de palabras.
—¿Comenzar de nuevo?
Abigail sostuvo su mirada, pero su sonrisa no se quebró.
—En la vida, mago, uno siempre está comenzando de nuevo. Sería aburrido quedarse igual para siempre.
La respuesta era ingeniosa.
Ambigua.
Cuidadosamente elegante.
Mila, que conocía bien a su señorita, notó que Abigail estaba midiendo cada palabra. No por temor, sino por instinto.
El mago formuló algunas preguntas más.
—¿Se siente distinta desde su llegada a la capital?
—¿Ha experimentado sueños vívidos recientemente?
—¿Sensación de… claridad?
Abigail inclinó la cabeza, reflexiva.
—Me siento viva.. Y eso ya es bastante milagroso.
Valety no presionó más.
Mientras conversaban, su percepción mágica se extendía como una brisa invisible alrededor de ella.
Y la vio.
Sutil.
No brillante.
No violenta.
Pero clara.
Una vibración en el centro de su ser.
Una línea de energía distinta, como una cicatriz luminosa en el tejido del alma.
Marca de alma.
No era común.
No era accidental.
Era real.
Valety ocultó cualquier reacción.
La conversación terminó de manera cordial. Abigail, relajándose ya, se levantó con entusiasmo.
—No puedo dejar que un mago del templo se vaya con las manos vacías. Eso sería mala publicidad para mi vino.
Hizo traer una botella cuidadosamente sellada.
—Esta es de una cosecha especial. Si le gusta, puede volver. Si no le gusta… vuelva igual, pero no me lo diga.
Valety aceptó el obsequio con una inclinación leve.
—Agradezco su hospitalidad, Lady Stevens.
La miró un instante más.
Ella le devolvió la mirada con naturalidad absoluta.
No había temor.
No había culpa.
No había secreto evidente.
Solo una mujer segura, divertida… viva.
El mago se retiró poco después.
Subió a su carruaje.
Cerró los ojos brevemente.
Y confirmó lo que el rey sospechaba.
La marca estaba allí.
Auténtica.
Estable.
Consciente.
No un simple eco.
No una ilusión.
Valety emprendió el camino hacia el palacio con el informe preparado en su mente.
Mientras tanto, dentro de la mansión Stevens, Abigail se dejó caer en un sillón y miró a Mila.
—Bueno. Eso fue intenso. ¿Crees que notó que casi me río cuando habló de “energías alineadas”?
Mila palideció.
—¡Señorita!
Abigail soltó una carcajada.
—Tranquila. Fui elegante, ¿no?
—Sorprendentemente… sí.
Abigail sonrió, satisfecha.
No tenía idea de que, en ese mismo instante, el rey de Bernicia estaba a punto de recibir la confirmación de que ella no solo había dicho la verdad…
Sino que su alma llevaba la huella de otra vida.
Y eso cambiaría todo.