Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.
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Capítulo 2: El cristal roto del silencio
El sudor le perleaba la frente a Mateo, pero no era por el calor sofocante del gimnasio, sino por la adrenalina que le subía por la garganta como hiel. El plan era sencillo en su cabeza, pero suicida en la práctica. Había escrito esa carta durante tres noches de insomnio, tachando palabras que sonaban demasiado desesperadas, buscando el equilibrio exacto entre la confesión y la súplica.
“Adrián, te espero en el cuarto de materiales, detrás del escenario, a las 11:00 p.m. Necesito que sepas quién soy realmente.”
Mateo vio cómo Adrián recibía el sobre de manos de un mensajero improvisado —un chico de primer año al que Mateo le había pagado diez dólares—. Vio, desde la distancia, cómo Adrián lo abría con una sonrisa ladeada, esa expresión que podía significar cualquier cosa, desde ternura hasta un desprecio infinito. Vio cómo sus ojos recorrieron las líneas y cómo, tras un segundo de duda, guardó el papel en el bolsillo de su saco negro.
El reloj de pared, colocado sobre la canasta de baloncesto, marcaba las 10:55 p.m. Cada segundo pesaba una tonelada.
El Santuario de las Sombras
Mateo se escabulló entre la multitud, esquivando a una Lucía ebria que intentaba arrastrarlo a la pista de baile. Se deslizó por el pasillo lateral, donde las luces de neón se desvanecían en una penumbra grisácea. El cuarto de materiales era un lugar olvidado, lleno de colchonetas viejas, vallas de atletismo y el olor persistente a caucho y polvo.
Entró y cerró la puerta con suavidad. El silencio allí dentro era absoluto, un contraste violento con el beat sordo que retumbaba en las paredes desde el gimnasio.
—¿Estás aquí? —susurró Mateo al vacío.
Nadie respondió. Se sentó sobre una de las colchonetas apiladas, con las manos entrelazadas para ocultar el temblor. Pasaron cinco minutos. Diez. El miedo empezó a mutar en una esperanza dolorosa. Quizás Adrián no vendría. Quizás era mejor así.
Entonces, el pomo de la puerta giró.
La figura de Adrián se recortó contra la luz del pasillo antes de cerrarse tras él. La oscuridad volvió a reinar, rota solo por una pequeña rendija de luz que entraba por un respiradero alto.
—Viniste —dijo Mateo, poniéndose de pie. Su voz sonó más firme de lo que se sentía.
—Soy un tipo curioso, Mateo. Y tu nota... bueno, tenía un tono bastante dramático —Adrián se acercó con pasos lentos, rítmicos. En la penumbra, sus ojos parecían dos pozos de petróleo—. ¿Quién eres "realmente"? Porque hasta ahora, solo eres el chico que saca buenas notas y que finge que le gustan las chicas tanto como a los demás.
Mateo sintió el golpe de esa verdad. Adrián lo sabía. Siempre lo había sabido.
—No finjo porque quiera —respondió Mateo, acortando la distancia hasta que solo un suspiro los separaba—. Lo hago porque este lugar es una carnicería para alguien como yo. Pero contigo... contigo siento que no tengo que esconderme.
El silencio que siguió fue asfixiante. Mateo pudo oler el alcohol en el aliento de Adrián, mezclado con ese sándalo que lo volvía loco. Sin pensarlo, llevado por un impulso que era más necesidad que valentía, Mateo extendió la mano y rozó la mejilla de Adrián. Esperaba un rechazo, un golpe, un insulto.
Pero Adrián no se movió. Al contrario, ladeó la cabeza, aceptando el contacto.
—¿Me quieres, Mateo? —preguntó Adrián en un susurro peligrosamente suave.
—Más de lo que puedo explicar.
—Entonces demuéstralo.
Lo que siguió fue un beso que Mateo había ensayado mil veces en su mente. Fue rudo, cargado de una urgencia eléctrica que le hizo olvidar dónde estaba. Por un momento fugaz, Mateo creyó que había ganado. Creyó que el chico más popular del colegio, el inalcanzable Adrián, sentía lo mismo. Sus manos se aferraron a la espalda de Adrián, perdiéndose en la textura de su traje, sintiendo el calor de su cuerpo.
Fue entonces cuando escuchó el clic.
El sonido de la traición
No fue un clic metálico, sino el sonido inconfundible de una cámara de teléfono activándose.
Mateo se separó de golpe, con el corazón saltándole en el pecho. Adrián no se veía sorprendido. Al contrario, dio un paso atrás y se limpió los labios con el dorso de la mano, con una expresión de asco que le heló la sangre a Mateo.
—Vaya, vaya... —una voz surgió de detrás de las colchonetas apiladas en el fondo.
Era Javier, el mejor amigo de Adrián, sosteniendo un iPhone con la linterna encendida. A su lado, otros dos chicos del equipo de fútbol salieron de las sombras, riendo entre dientes.
—Lo tenemos, Adri. Oro puro —dijo Javier, mostrando la pantalla donde se veía, con perfecta claridad, a Mateo entregado al beso.
Mateo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Miró a Adrián, buscando una explicación, una señal de que él también era una víctima. Pero Adrián solo se encogió de hombros, recuperando su máscara de arrogancia.
—Te lo dije, Mateo —dijo Adrián, con una frialdad que cortaba como un bisturí—. Este lugar es una carnicería. Y hoy, tú eres la presa.
—¿Por qué? —la voz de Mateo se rompió—. Me besaste... tú respondiste.
—Necesitaba que fuera real para que la foto fuera buena —Adrián se acercó y le dio un golpe suave en el hombro, como si fueran amigos—. No te lo tomes personal. Es solo que alguien como tú, intentando actuar como si estuviera a mi nivel... era molesto. Necesitabas una lección de humildad.
La ejecución pública
Antes de que Mateo pudiera reaccionar, Javier ya estaba tecleando en su teléfono.
—Enviado al grupo de la generación —anunció con una sonrisa depredadora—. En 3, 2, 1...
Un coro de notificaciones empezó a sonar desde el gimnasio. Fue un efecto dominó aterrador. El eco de cientos de teléfonos recibiendo el mensaje vibró a través de las paredes. Mateo salió corriendo del cuarto, impulsado por el pánico puro, rezando para que no fuera cierto.
Al entrar de nuevo al gimnasio, la música se había detenido. Cientos de rostros estaban iluminados por las pantallas de sus teléfonos. Y luego, todos los ojos se clavaron en él.
Las risas empezaron como un murmullo y crecieron hasta convertirse en un rugido. Lucía lo miraba con una mezcla de horror y desprecio antes de alejarse de él como si fuera un leproso. Los dedos apuntaban, las bocas susurraban insultos que Mateo sentía como latigazos.
Buscó a Adrián. Él estaba allí, de pie junto a Javier, con una bebida en la mano, observando el espectáculo con la indiferencia de un dios que acaba de destruir un mundo por puro aburrimiento.
Mateo no lloró. No allí. Algo dentro de él, algo que había sido suave y lleno de luz, se quebró con un sonido seco y definitivo. El dolor fue tan intenso que, en un punto exacto, dejó de doler para convertirse en un frío glacial.
Caminó hacia la salida, atravesando el pasillo de burlas con la cabeza en alto, no por dignidad, sino por la rigidez de un cadáver andante. Al cruzar las puertas dobles hacia la noche fría, Mateo se detuvo y miró hacia atrás por última vez.
Ya no veía a Adrián como el objeto de su deseo. Lo veía como un objetivo.
“Me diste a elegir entre el amor y el miedo, Adrián,” pensó Mateo, mientras la lluvia de la noche empezaba a caer sobre su traje arruinado. “Y elegiste enseñarme a tener miedo. Ahora, voy a enseñarte yo lo que sucede cuando alguien que no tiene nada que perder decide jugar a tu mismo juego.”
El baile de clausura había terminado. Pero la verdadera función, la que requeriría máscaras mucho más oscuras, apenas comenzaba.