El destino teje hilos oscuros, pero el poder verdadero reside en decidir qué nudos desatar y cuáles cortar con tu propia voluntad
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Capítulo 19
A su lado, Valerius, el Lobo Negro, montaba un semental negro cuyas pezuñas dejaban huellas de escarcha en el suelo. Su mirada estaba fija en las murallas blancas de Vyrwel, esas murallas que él mismo había ayudado a defender años atrás y que ahora se disponía a derribar.
—Es el fin de un mundo, Alessia —dijo Valerius, su voz resonando con una gravedad metálica—. ¿Estás lista para lo que vendrá después? Una vez que el fuego comience, no habrá forma de apagarlo hasta que no quede nada de lo que una vez conociste.
Alessia giró la cabeza lentamente para mirarlo. En ese momento, Valerius no vio a la niña que Caleb había traicionado, sino a la soberana del caos que él mismo había ayudado a forjar.
—Vyrwel no necesita un extintor, Valerius. Necesita una purga —respondió ella, y su voz fue un susurro que el viento llevó hasta las filas de sus soldados—. No busco reconstruir sobre cimientos podridos. Quiero que la tierra misma olvide el nombre de los Ashworth y de los Reyes de Oro. Hoy, el único fuego que importa es el que arde en mi sangre.
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El Despertar de la Furia
Silas, el comandante de los renegados, se acercó al galope, deteniendo su caballo con un movimiento brusco. Su rostro estaba marcado por la anticipación y el sudor.
—Mi señora, las catapultas están listas. Los desertores dentro de la ciudad informan que la Guardia Real ha sellado las puertas de la Ciudad Baja, dejando a los civiles a su suerte entre nosotros y la muralla. Caleb planea usarlos como escudos humanos.
Alessia apretó los dientes, sintiendo una punzada de náusea. La cobardía de Caleb seguía sin tener límites.
—¿Cree que su propia gente detendrá mi avance? —preguntó Alessia, más para sí misma que para Silas—. Silas, da la orden. Que las catapultas no lancen piedras. Que lancen las esferas de fuego griego que preparamos. No apuntéis a las casas de los pobres. Apuntad a los cuarteles, a los graneros reales y a las torres de vigilancia.
—¿Y los civiles, mi señora? —preguntó Silas, con una sombra de duda en sus ojos.
Alessia miró hacia la Ciudad Baja, donde miles de inocentes estaban atrapados tras las puertas cerradas por su propio rey.
—Valerius —dijo ella, con firmeza—, toma a la caballería ligera. No ataquéis la muralla principal. Id a la Puerta del Agua. Está menos protegida. Abridla desde fuera y dejad que la gente huya hacia el bosque. Si Caleb quiere que mueran, yo les daré una salida. Pero si un solo soldado real levanta su espada contra un civil, no dejéis ni uno vivo para que cuente la historia.
Valerius asintió, golpeando su pecho en un saludo marcial.
—Se hará como ordenas, mi Reina.
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La Caída de las Mentiras
A una señal de Alessia, el asedio comenzó. Pero no fue un asedio convencional. Alessia desmontó y caminó hacia el borde del precipicio que dominaba el valle de Vyrwel. Extendió sus manos y cerró los ojos, conectando su esencia con el contrato que todavía latía en el núcleo de la ciudad.
—*Oídme, piedras de Vyrwel* —susurró, y su voz fue amplificada por el Abismo, retumbando como un trueno en los oídos de cada habitante de la capital—. *Fuisteis bendecidas con mi vida. Fuisteis protegidas con mi sangre. Pero el pago ha sido rechazado. El contrato está roto. Yo retiro mi protección. Yo retiro mi luz.*
En las murallas de la ciudad, los magos reales gritaron de horror. Los escudos dorados que habían protegido la capital durante siglos empezaron a resquebrajarse. La luz sagrada que emanaba de las agujas del palacio se volvió gris, luego negra, y finalmente estalló en una lluvia de ceniza fría.
Caleb, observando desde el balcón de su torre, vio con incredulidad cómo la magia que creía suya se desvanecía. La corona en su cabeza se sintió de repente como un peso insoportable, quemándole la frente.
—¡No! —rugió Caleb, golpeando el antepecho de mármol—. ¡Traed a los sacerdotes! ¡Inmolad a los prisioneros si es necesario! ¡Esa bruja no puede entrar aquí!
Pero ya era tarde. Con un estruendo que sacudió los cimientos del mundo, la Gran Puerta de Vyrwel, imbuida de magia antigua, se deshizo en polvo. No fue derribada por un ariete; simplemente dejó de existir porque Alessia así lo quiso.
—¡ATAQUE! —gritó Silas, y la marea de proscritos se lanzó colina abajo.
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El Incendio de la Ciudad Baja
La batalla fue una carnicería de emociones. Mientras Valerius lograba abrir la Puerta del Agua y evacuar a cientos de ciudadanos aterrorizados, los Sombríos de Alessia entraban por la brecha principal. No eran soldados; eran pesadillas encarnadas. Atravesaban las filas de la Guardia Real como si fueran humo, dejando tras de sí solo cuerpos fríos y rostros congelados en un rictus de terror absoluto.