No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 15
Arya siguió con la mirada la silueta de Edward hasta que desapareció. El viento movía apenas las hojas de los árboles y, sin embargo, en su pecho todo parecía inquietantemente inmóvil. Se obligó a parpadear.
Cada vez es más distante.
No recordaba haber tenido con él una cercanía real. Y, aun así, esa transformación la inquietaba. No había ocurrido nada concreto, nada que pudiera señalar con precisión —como le gustaba hacer con todo—, pero la percepción persistía.
—Tal vez lo estoy sobrepensando...
—¡Arya! ¿Está todo bien?
La voz la atravesó como si emergiera desde muy lejos. Giró el rostro con un leve sobresalto. August estaba a pocos centímetros, observándola con una mezcla de atención y preocupación que la hizo sentirse expuesta.
—Oh… sí, lo siento, me distraje —respondió con rapidez, como si necesitara cerrar cualquier posibilidad de pregunta adicional—. Pero ya es momento de irme.
Se puso de pie demasiado deprisa. El movimiento brusco la traicionó; el mundo pareció inclinarse apenas bajo sus pies.
No alcanzó a dar un paso.
Los dedos de August rodearon su mano con firmeza. El contacto fue cálido, seguro. Arya bajó la vista hacia sus manos unidas, incapaz de comprender por qué un gesto tan simple podía alterar tanto su respiración.
—¿Tan pronto…? —murmuró él.
Había en su voz algo contenido, como si esa sola palabra cargara más significado del que se atrevía a expresar.
El corazón de Arya golpeaba con fuerza contra sus costillas. Sentía el pulso en las sienes, en las muñecas. Si él acercaba un poco más el rostro, pensó con vergüenza, podría escucharlo.
—Yo… mis clases de la orientación ya van a iniciar —dijo, tropezando con cada palabra—. No es bueno llegar tarde.
August la observó un instante más, como si evaluara si insistir o no. Finalmente aflojó la presión de sus dedos.
—Tienes razón —concedió con una leve inclinación de cabeza—. Que tengas un buen día. Espero poder hablar contigo pronto.
—Tú también… ten un buen día.
Arya retiró la mano con suavidad, casi con cuidado, y se alejó.
El aula del tercer año "A" estaba envuelta en un murmullo constante cuando August regresó. Apenas se sentó, el banco frente a él fue ocupado con naturalidad impecable.
Silvana von Bauer.
Su presencia era siempre pulcra, medida. Dejó sus guantes sobre la mesa y apoyó los codos con elegancia, inclinándose lo justo para invadir el espacio sin parecer descortés.
—Hace tiempo que no coincidimos en el almuerzo —comentó con ligereza—. Pensé que quizá estabas demasiado ocupado.
August sostuvo su mirada con cortesía aprendida desde la infancia.
—Las clases exigen más este año.
—¿Solo las clases? —preguntó ella, ladeando apenas la cabeza.
Él no respondió de inmediato. Tomó su cuaderno, alineó la pluma, gestos mínimos que le otorgaban tiempo.
Silvana sonrió.
—Entonces era con esa chica… —dijo como si recordara algo trivial—. La del año pasado. Cuando desaparecías sin avisar.
August frunció apenas el ceño.
—¿De qué hablas?
—La joven de cabello negro con la que estabas en el patio hace unos minutos —precisó ella con suavidad calculada—. No es estudiante de la orientación de leyes, ¿verdad?
La pregunta no era inocente. No en su círculo.
August dejó escapar una exhalación casi imperceptible.
—No —respondió con una sonrisa medida—. No lo es.
—Oh.
La sorpresa en el tono de Silvana era deliberada. Sus ojos brillaron con una audacia apenas contenida.
—Eso es… interesante.
El murmullo del aula disminuyó de golpe cuando el profesor cruzó la puerta. August aprovechó la interrupción.
—Deberías tomar asiento —indicó con amabilidad firme—. La clase está por comenzar.
Silvana sostuvo su mirada un segundo más, como si evaluara cuánto había logrado extraer de él. Luego asintió y se acomodó en su lugar con compostura perfecta.
August dirigió la vista al frente. El profesor comenzó a hablar, pero durante unos instantes las palabras le resultaron lejanas.
La imagen de Arya retirando su mano con delicadeza volvió a su mente.
El receso llenó los pasillos de murmullos y pasos acompasados. Entre el flujo ordenado de estudiantes, Silvana caminaba junto a Natalie con naturalidad. Sus voces, sin embargo, se mantenían en un tono bajo y preciso.
—No es estudiante de leyes —dijo Silvana, casi como si enumerara datos de un informe—. No es de artes… mucho menos del área militar. Entonces es esa joven… la primera en incorporarse a la orientación de medicina.
Natalie no respondió de inmediato. Su porte era sereno; el cabello color miel recogido con sobriedad, la mirada dorada fija al frente. Silvana la observó de reojo, esperando alguna reacción.
—Recuerdo —, Natalie habló por fin, con voz suave, sin alterar el ritmo de sus pasos— cuando éramos pequeños y el circo llegó por primera vez al Reino. August quedó fascinado. Le atraía lo extraño… lo poco habitual.
Hizo una pausa deliberada.
—Parece que sentirse atraído por lo… particular… es algo constante en él.
La comparación flotó en el aire con una cortesía tan fina que resultaba casi elegante, aunque el filo estaba ahí.
Silvana rió con discreción.
—Pero por ahora tiene su atención.
Natalie respondió.
—Bastó una visita al circo para que perdiera el interés.
Se detuvieron al doblar la esquina. La coincidencia fue tan precisa que parecía ensayada.
Frente a ellas avanzaban Arya y Annie, sumergidas en su propia conversación. Annie relataba algo con entusiasmo; Arya escuchaba con una sonrisa leve.
No advirtieron la presencia de las otras dos.
El cruce habría sido intrascendente si no fuera porque, en un instante mínimo, el pie de Arya se trabó con algo. Tal vez el borde de una baldosa mal alineada, tal vez un pequeño relieve del suelo.
No tuvo tiempo de reaccionar.
El mundo se inclinó abruptamente y el golpe contra el mármol resonó seco. El libro cayó, otros cuadernos se dispersaron.
—¡Arya! —exclamó Annie, agachándose de inmediato—. ¿Estás bien?
Arya tardó un segundo en ubicarse. El ardor en las rodillas fue lo primero que registró; luego la punzada en el tobillo.
—Sí… creo que sí —respondió, aunque el ceño fruncido la delataba.
Annie le ofreció la mano. Arya la tomó y se puso de pie, apenas apoyando el pie afectado. El escozor en la piel raspada era tolerable. El dolor profundo no.
—Vamos a la enfermería —insistió Annie.
Antes de que Arya contestara, una voz serena intervino.
—Disculpa, ¿estás bien?
Frente a ella, Natalie sostenía un libro con ambas manos. Era el que se le había caído. El mismo que August le había regalado el año anterior.
Arya lo reconoció de inmediato.
—Oh… sí. Gracias —dijo, tomándolo con cuidado.
Al alzar la vista se encontró con esos ojos dorados que transmitían una calma estudiada.
—¿Segura? No te ves bien —añadió Natalie—. Deberías ir a la enfermería.
—Agradezco su preocupación… —respondió Arya con una leve inclinación de cabeza.
Silvana llamó a Natalie desde unos pasos más atrás. Ambas se retiraron sin añadir nada más.
Pareció una interacción cortés, sin peso.
—Annie, ¿puedo pedirte un favor? —dijo entonces.
—Claro.
—¿Podrías llevar mis libros? Iré a la enfermería.
Annie dudó.
—Puedo acompañarte.
—Estoy bien. Solo serán las curaciones y luego iré al comedor. Adelántate y dile a los demás que pronto iré.
Tras insistir un poco más, Annie accedió y se alejó cargando las cosas.
El pasillo quedó en silencio.
Arya respiró hondo y giró para avanzar hacia la enfermería. Apenas dio un paso, el dolor explotó en su tobillo. Se estremeció. Intentó otra vez.
Imposible.
Bajó la mirada. La inflamación comenzaba a notarse bajo la media.
— Ridículo…
A simple vista, y por la intensidad del dolor al apoyar, todo indicaba un esguince. Nada extraordinario. Algo común. Y, sin embargo, la frustración la atravesó con fuerza.
Nunca se había quebrado un hueso. Siempre se había considerado resistente. Más fuerte que la mayoria de las jóvenes de su edad o similar, ya que se había criado en un campo, y la forma de vivir ahí era más rústica, convirtiendolos de algún modo en algo más resistentes que las personas de ciudad.
Intentó de nuevo.
El dolor fue tan agudo que tuvo que aferrarse a la pared.
Error.
Fue un error enviar a Annie.
Miró a ambos lados del pasillo. Silencio absoluto. El comedor debía estar lleno; nadie pasaría por allí en un buen rato.
¿Esperar? ¿Gritar?
No.
Lo más factible era avanzar apoyándose solo en el otro pie. Saltando si era necesario.
Frunció el ceño, decidida. Si dolía, dolería. No iba a quedarse allí.
Pero antes de que pudiera impulsarse, una mano firme la sujetó del brazo.
La fuerza inesperada la desestabilizó. Perdió el equilibrio hacia atrás.
Cerró los ojos, esperando el impacto contra el suelo.
No llegó.
Chocó contra algo sólido, inmóvil. Como una pared de piedra.
Abrió los ojos lentamente.
Azul.
Unos ojos azules la observaban con seriedad contenida.
—¿Qué intentas hacer? —preguntó una voz baja, cargada de reproche.
Arya parpadeó, aún sintiendo la cercanía, el brazo sujeto con firmeza para que no cayera.
—Tú… ¿Edward? —balbuceó.