Renace en la novela que estaba leyendo.. el día de la boda con el conde mudo.. Pero ella cambiará su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Esa noche
La noche avanzó en silencio.
La luna se desplazó lentamente por el cielo, filtrando su luz plateada a través de las cortinas entreabiertas. La habitación estaba en calma, apenas interrumpida por la respiración acompasada de ambos.
Daniel despertó primero.
No supo exactamente qué lo había sacado del sueño.
Tal vez el peso.
O el calor.
O la sensación de no estar solo… en absoluto.
Abrió los ojos con lentitud.
Y tardó apenas un segundo en entender.
Emma estaba prácticamente encima de él.
No cerca.
No a su lado.
Encima.
Su cabeza descansaba sobre su pecho, el cabello rubio desordenado cayendo en mechones suaves sobre su clavícula y su hombro. Una de sus piernas estaba pasada por encima de la cadera de él, como si lo hubiera atrapado inconscientemente en medio del sueño.
Incluso tenía la boca apenas entreabierta, respirando profundo, completamente ajena al mundo.
Daniel se quedó inmóvil.
Por un instante pensó que quizá fingía.
Que era otra de sus jugadas inesperadas.
Pero al observarla con más atención, notó los pequeños detalles imposibles de simular.. la relajación absoluta de sus facciones, el leve sonido de su respiración, el peso real y descuidado de su cuerpo rendido al sueño.
Suspiró.
Intentó moverse con cuidado.
Intentó deslizar su brazo con suavidad para crear espacio.
Pero aunque Emma era delgada, ligera a simple vista… dormida parecía pesar el doble. Su cuerpo no colaboraba en absoluto.. se aferraba inconscientemente a él como si fuera una almohada cómoda.
Daniel hizo un segundo intento.
Colocó una mano en su cintura para levantarla ligeramente.
La otra en su pierna, tratando de apartarla con delicadeza.
En ese preciso momento, Emma abrió los ojos.
Parpadeó.
Tardó un segundo en enfocar.
Y lo primero que vio fue a Daniel con una mano en su cintura… y la otra en su pierna.
Sonrió.
Una sonrisa lenta, divertida.
—Vaya… Pensé que mi esposo no me daría una noche de bodas… pero, solo era tímido.
Daniel abrió los ojos con sobresalto.
Negó rápidamente con la cabeza, intentando retirar las manos como si quemaran.
Pero Emma fue más rápida.
Se incorporó con agilidad inesperada y lo besó.
No fue un beso inocente.
Fue cálido.
Intenso.
Sus labios buscaron los de él con decisión.
Antes de que Daniel pudiera reaccionar del todo, Emma se acomodó sobre él, a horcajadas, el cabello cayendo en cascada alrededor de sus rostros.
—ahora no me puedes decir que no te toque —susurró entre besos, con una risa suave que vibró contra su boca.
Sus manos se deslizaron hasta sus hombros, firmes, mientras lo besaba una y otra vez.
Daniel permanecía quieto.
No la apartaba.
Pero tampoco tomaba la iniciativa.
Emma se detuvo apenas.
Lo miró.
Tomó su rostro entre ambas manos.
Sus ojos verdes ya no estaban burlones.
Había algo más serio allí.
—¿No me deseas?
Daniel la sostuvo con la mirada.
Sus ojos claros eran profundos, intensos.
Y no negó.
No apartó la vista.
No la empujó.
Para Emma, eso fue suficiente.
Una sonrisa suave curvó sus labios.
Volvió a inclinarse y lo besó, esta vez más lento, más consciente.
Ya no era solo provocación.
Era decisión.
Era elección.
Asi que el cuerpo de Daniel comenzó a responder a cada beso y a cada caricia de Emma, primero con rigidez contenida, con ese temblor casi imperceptible que delata el deseo reprimido. Cuando ella, sin vacilar, dejó caer el camisón y quedó desnuda bajo las sábanas, él comprendió que no se trataba de un juego caprichoso ni de una provocación ingenua. Sus ojos no mostraban burla, sino una decisión ardiente, una necesidad sincera que lo miraba sin titubeos.
Emma no apartó la mirada. Su respiración era más profunda, sus mejillas encendidas, el pecho subiendo y bajando con una mezcla de nervios y anhelo. Daniel entendió entonces que ella no estaba tanteando el terreno.. estaba invitándolo a cruzar un límite.
Algo cambió en él.
La sorpresa dio paso a una determinación silenciosa. Sus manos, que hasta ese momento habían permanecido cautelosas, se movieron con mayor firmeza. La tomó por la cintura y la giró con suavidad pero sin duda, quedando él encima. Emma sonrió, una sonrisa satisfecha, casi desafiante, como si hubiese estado esperando exactamente ese instante.
Los besos dejaron de ser tímidos. Ya no eran roces exploratorios, sino encuentros intensos, hambrientos. No eran delicados ni ceremoniosos como los de una pareja que apenas comienza a amarse con ternura.. eran besos de dos personas que, habiendo resistido el impulso, finalmente decidían rendirse a él.
Bajo las sábanas el aire se volvió denso, cargado de respiraciones entrecortadas y movimientos decididos. Daniel la besó el cuello, los hombros, descendiendo con una seguridad que no había mostrado antes. Sus manos recorrieron la piel de Emma con firmeza, marcando territorio, reclamando su respuesta. Y ella respondió sin reservas, aferrándose a él, arqueándose, susurrando su nombre con una mezcla de placer y urgencia.
No había confesiones románticas en ese momento. No había promesas ni palabras dulces. Solo deseo. Solo la elección consciente de entregarse a la lujuria..
La intensidad dejó huellas. Al final, cuando el ímpetu cedió y el silencio regresó poco a poco a la habitación, Emma quedó tendida sobre las sábanas desordenadas, la piel enrojecida en algunos puntos donde los dedos y los labios de Daniel habían sido más firmes, el cabello extendido como un halo oscuro alrededor de su rostro. Estaba agotada, el pecho subiendo lentamente mientras recuperaba el aliento.
Pero sonreía.
Había en su expresión una satisfacción plena, una seguridad nueva. Daniel, aún inclinándose sobre ella, notó esa sonrisa. Notó también cómo su propio orgullo se inflamaba al verla así, complacida, saciada. No era solo el deseo satisfecho lo que vibraba en él, sino la certeza de haber sido capaz de responderle, de igualar su intensidad.
Emma abrió los ojos y lo miró, todavía brillante por el calor del momento. No dijo nada. No hacía falta. Entre ambos quedó flotando una tensión distinta, más densa, más peligrosa que antes.
Ya no eran simplemente un matrimonio reciente compartiendo una cama.
Ahora compartían una realidad ardiente.
Maravilloso Daniel sigue asi👏