"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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El peso de la calumnia
El despacho de Damian se sentía como una celda de cristal. Durante horas, el único sonido fue el rasgueo de la pluma de Damian sobre el papel y el tic-tac rítmico del reloj de pared. Él no le dirigió la palabra; se limitaba a señalarle una silla en el rincón y a lanzarle miradas cargadas de una sospecha que a Alessandra le quemaba más que cualquier insulto.
Al caer la noche, Damian se levantó, visiblemente agotado.
—Quédate aquí. Voy a buscar unos expedientes de las rutas al archivo de la planta baja —dijo con voz seca—. No te muevas.
Alessandra solo apretó los dientes. En cuanto Damian cerró la puerta, el silencio se volvió pesado, pero no duró mucho. Apenas unos minutos después, la puerta se abrió de nuevo. No era Damian. Era Stefan.
Entró con paso lento, cerrando la puerta tras de sí con un clic que hizo que a Alessandra se le erizara la piel. Su sonrisa era depredadora.
—Vaya, vaya... la princesita en su torre —siseó Stefan, acercándose a ella hasta invadir su espacio—. ¿Cómo se siente saber que mi hermano ya no confía en ti? Basta una palabra mía para que te encierre en el sótano, o algo peor.
—Eres un mentiroso, Stefan —respondió Alessandra, poniéndose de pie para no sentirse vulnerable—. Sabes perfectamente que yo no toqué esos radios.
Stefan soltó una carcajada y la acorraló contra el escritorio, apoyando las manos a cada lado de ella.
—Claro que lo sé. Yo mismo puse ese auricular cerca de tu cuarto. Pero aquí el que manda soy yo, o al menos, yo soy quien decide qué verdades cree Damian. Él está demasiado cegado por tu cara bonita, pero yo no.
Stefan se inclinó hacia su oído, bajando la voz a un tono amenazante.
—Más te vale colaborar conmigo, Alessandra. Si intentas decir la verdad, me encargaré de que Damian crea que eres una espía de los Falier. Haz lo que yo diga, mantén la cabeza baja y quizás deje de intentar destruirte. Aquí, mi palabra es la ley.
Lo que Stefan no sabía era que Damian había olvidado la llave del archivo y estaba justo detrás de la puerta, que no se había cerrado del todo. Damian escuchó cada palabra: la confesión de la trampa, la amenaza y la arrogancia de su hermano intentando usurpar su autoridad sobre Alessandra.
La puerta se abrió de golpe. El estruendo hizo que Stefan diera un salto, alejándose de Alessandra como si se hubiera quemado.
Damian entró como una tormenta negra. Su rostro no mostraba ira, sino una frialdad absoluta que era mucho más aterradora. Ignoró a Stefan por un segundo y fijó sus ojos en Alessandra, que estaba temblando de rabia y alivio.
—Fuera —dijo Damian, con una voz que vibraba con una amenaza mortal.
—Damian, puedo explicarlo, yo solo estaba... —balbuceó Stefan, perdiendo toda su valentía.
—He dicho que te largues, Stefan. Antes de que decida que la única forma de que aprendas respeto es enviándote a los Falier como un regalo de paz —Damian dio un paso hacia él, y Stefan, viendo que su hermano estaba a punto de estallar, salió del despacho casi corriendo.
Cuando se quedaron solos, el silencio fue distinto. Damian se acercó a Alessandra. Ella esperaba una disculpa, pero él seguía siendo un Volkov. Se detuvo a centímetros de ella, observando cómo su pecho subía y bajaba por la agitación.
—Te debo una disculpa por haber creído en su juego —admitió él, su voz era un susurro ronco—. Stefan ha cruzado una línea que no tiene retorno.
Alessandra lo miró con los ojos empañados por la injusticia.
—Me tuviste aquí encerrada como a una criminal por su culpa. Me dijiste que me protegías, pero me dejaste a merced de su veneno.
Damian tomó el rostro de Alessandra entre sus manos. Sus pulgares acariciaron sus mejillas con una suavidad que la confundió por completo.
—No volverá a pasar. A partir de ahora, nadie en esta casa pondrá en duda tu palabra. Pero no olvides esto, Alessandra... —él se inclinó, rozando sus labios con los de ella en un beso que no llegó a serlo—. El hecho de que seas inocente de esto no te hace libre. Ahora que sé que mi hermano es tu enemigo, tengo una razón más para no dejarte salir nunca de mi vista.