A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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Planes arruinados
Camila Sandoval sintió que el mundo se detenía. El eco de la palabra "abuelo" resonó en el vestíbulo como una sentencia de muerte para su arrogancia. Margaret y Alberto intercambiaron miradas de puro terror; habían humillado a la heredera de los Alcázar en su propia puerta, y lo habían hecho frente al patriarca que sostenía sus maltrechas finanzas.
—¿Abuelo? —susurró Camila, palideciendo mientras su mano caía flácida al costado, soltando el brazo de Diego como si quemara.
—¿Algún problema con eso, señorita Sandoval? —preguntó don Valerio con una ceja alzada y una voz que destilaba una autoridad gélida. Luego, se volvió hacia su nieta con total calidez—. Alicia, querida, no sabía que vendrías tan bien acompañada.
Alicia dio un paso al frente, rodeando los hombros de Giselle con un brazo en un gesto de orgullo absoluto.
—Abuelo, quiero presentarte formalmente a la mujer que me sostuvo durante estos años. Ella es mi hermana de vida, la Doctora Giselle Sandoval. Es la cirujana estrella de la que te hablé, y la razón por la que hoy soy la administradora que tanto deseabas.
Diego, que observaba la escena con una intensidad peligrosa, clavó sus ojos en Giselle. El apellido "Sandoval" finalmente cobró sentido en su cabeza: ella era la hija de la que estos parásitos hablaban con desprecio. La ira de Diego por el desplante en la clínica empezó a mezclarse con una extraña curiosidad.
Don Valerio se acercó a Giselle y, para sorpresa de los presentes, tomó su mano con un respeto que nunca le había mostrado a los padres de ella.
—Es un honor, Doctora. Mi nieta le tiene una devoción que ahora comprendo. Su elegancia y porte hablan por usted —dijo el anciano, lanzando una mirada de advertencia a Margaret, quien parecía a punto de un colapso nervioso.
—El honor es mío, señor Alcázar. Alicia es una mujer extraordinaria y le debo mucho —respondió Giselle con voz firme, ignorando olímpicamente la presencia de sus padres y su hermana, quienes la miraban con una mezcla de odio y codicia.
—Bueno, no nos quedemos aquí afuera —ordenó don Valerio—. Pasemos al comedor. Tenemos mucho de qué hablar.
Mientras caminaban hacia el lujoso comedor, Diego se las ingenió para quedar a la par de Giselle. Se inclinó ligeramente hacia ella, permitiendo que su presencia la envolviera.
—Vaya, Doctora Sandoval... parece que el mundo es muy pequeño —susurró Diego con una sonrisa enigmática—. Quién diría que la "empleada" que me desafió en la clínica era la protegida de mi hermana.
Giselle se detuvo un segundo y lo miró de arriba abajo, sin dejarse intimidar por su estatura ni por su magnetismo.
—El mundo no es pequeño, señor Alcázar, es simplemente justo —respondió ella con una sonrisa gélida—. Y le agradecería que no confunda mi lealtad hacia su hermana con algún tipo de sumisión hacia usted.
Diego soltó una carcajada baja, fascinado por la audacia de esa mujer que, aunque no recordaba su rostro, seguía desafiándolo con la misma pasión de aquella noche.
La cena comenzó bajo una lluvia de dagas invisibles. Giselle estaba sentada frente a sus padres, quienes no dejaban de lanzarle miradas cargadas de veneno, mientras Diego, desde la cabecera, la observaba como un cazador que acaba de descubrir que su presa es mucho más valiosa —y peligrosa— de lo que jamás imaginó.
—¿Entonces también es una Sandoval? —preguntó Diego, fijando sus ojos en Giselle con una intensidad que pretendía desarmarla.
—Esa respuesta se la darían mejor mis padres... o mejor dicho, los señores Sandoval —respondió Giselle con una calma desconcertante, cortando cualquier lazo emocional con los presentes.
Los Sandoval se quedaron de piedra. Habían llegado a la mansión con el ego por las nubes, planeando vender a su hija mayor como el trofeo perfecto, pero la confrontación con la verdad los había dejado mudos.
—Pienso que no es una conversación para esta noche —intervino Camila, tratando de desviar la atención del abismo que se abría bajo sus pies.
—Tienes razón, aunque saben que no olvidaré este detalle —aseguró don Valerio con una voz que prometía consecuencias.
El patriarca dirigió toda su atención hacia Giselle. Inicialmente, su plan era unir a su nieto con la primogénita de los Sandoval para fortalecer alianzas, pero al conocer a Giselle, sus planes cambiaron drásticamente. La mujer frente a él no solo era hermosa, sino que su éxito e inteligencia opacaban por completo la banalidad de su hermana.
—Bien, Giselle, cuénteme: ¿Qué piensa hacer con el ala de pediatría? —preguntó el anciano, genuinamente interesado.
Giselle sonrió, y por primera vez en la noche, su rostro se iluminó. Hablar de su vocación era lo único que la hacía olvidar la incomodidad de la cena. Explicó sus planes con una pasión técnica que dejó a Diego, Alicia y Valerio cautivados. Por el contrario, Margaret y Alberto la miraban con un desprecio mal disimulado, mientras Camila se retorcía de envidia al verse ignorada.
—Eres una joven brillante, querida. Cada centavo invertido en tu formación valió la pena —alagó el abuelo, visiblemente complacido.
—Además de inteligente, es usted una mujer muy hermosa, señorita Sandoval —comentó Diego, inclinándose hacia delante como un depredador que analiza a su presa—. Imagino que tiene un novio, un esposo o... alguien que la espera en casa con impaciencia.
Diego la escudriñó, buscando una grieta en su armadura profesional. Quería confirmar quién era aquel "cariño" que escuchó por teléfono.
—Te equivocas, hermano. Giselle es soltera, aunque... —Alicia se detuvo justo a tiempo, recordando que el secreto de Ana Sofía no le pertenecía.
—¿Aunque qué? —preguntó Diego, con una impaciencia que rozaba lo posesivo.
—Creo que mi nieto está más interesado en su vida privada que en su talento —intervino Valerio con ironía, salvando a Giselle del interrogatorio.
—Solo es curiosidad, abuelo —aclaró Diego, aunque la tensión en su mandíbula decía lo contrario.
La cena terminó con un sabor amargo para los Sandoval. Sus planes de grandeza se habían desmoronado ante la imponente presencia de la hija que una vez desecharon. Al despedirse, Alicia y Giselle se prepararon para marchar.
—Ya pedimos el taxi que nos llevará a casa —comentó Alicia.
—No es necesario, hija. Mis choferes pueden llevarlas, aunque me encantaría que pasaran la noche aquí —propuso Valerio.
Alicia sonrió, pero el recuerdo de su "sobrina" esperándolas la hizo declinar con suavidad.
—Abuelo, yo puedo quedarme para desayunar contigo mañana, pero Giselle debe regresar a su apartamento. Tiene responsabilidades que no pueden esperar.
—Entonces no se hable más. Giselle irá con el chófer y tú te quedas conmigo —sentenció el anciano.
Giselle le lanzó una mirada de agradecimiento a su amiga. Necesitaba huir de la mirada de Diego y volver al refugio de los brazos de Ana Sofía. Sin embargo, mientras caminaba hacia el coche, no pudo evitar sentir que los ojos de Diego Alcázar la seguían desde la entrada, grabándose en su espalda como una promesa de que esto estaba muy lejos de terminar.