A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.
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Capítulo 20
Kuang sonrió de una manera que la hizo sentir pequeña, como si él supiera un secreto que ella no estaba lista para escuchar.
—Él es el anfitrión, Zhi Zhi. Pero un rey siempre llega al final, cuando todos los peones ya han tomado su posición.
—No juegues conmigo —gruñó ella, bajando la voz—. Me dejó. Se fue sin decir nada. Me rompió de una forma que ni siquiera mi padre pudo lograr. ¿Y ahora regresa como un magnate? Es un chiste de mal gusto.
—Él no te dejó porque quisiera —dijo Kuang, y por un momento, la burla desapareció de su rostro, reemplazada por una lealtad feroz—. Te dejó porque era la única forma de que no te cortaran las alas. Pero los halcones siempre vuelven a casa, incluso si han tenido que cruzar el infierno para hacerlo.
En ese momento, las luces del salón bajaron de intensidad. El murmullo de la multitud cesó de golpe. Lin Feng se acercó a Zhi Zhi, tratando de tomar su brazo, pero ella lo apartó instintivamente. Sus ojos estaban fijos en las grandes puertas dobles al final del salón.
El silencio en *L'Elysée* se volvió ensordecedor. Solo se escuchaba el crepitar de la leña y el latido desbocado de Zhi Zhi. Podía olerlo. Antes de verlo, podía jurar que el aire había cambiado. Ya no olía a lirios, ni a champán caro, ni al perfume rancio de la aristocracia.
Olía a ozono. Olía a tormenta. Olía a la azotea de la academia después de la lluvia.
Las puertas se abrieron lentamente. Dos hombres de seguridad, vestidos de negro, flanquearon la entrada. Y entonces, él entró.
Zhi Zhi sintió que sus rodillas fallaban. La figura que avanzaba por la alfombra roja no era la del chico con la chaqueta de cuero remendada. Era un hombre que irradiaba un poder casi tangible. Vestía un traje de tres piezas negro medianoche, tan perfecto que parecía una extensión de su propia piel. Su cabello estaba peinado hacia atrás, revelando una frente despejada y una mandíbula que parecía tallada en granito.
Pero eran sus ojos lo que la detuvo en seco. Esos ojos que una vez la miraron con una ternura infinita bajo la luna, ahora eran de un gris acero, implacables, gélidos. Eran los ojos de un hombre que había visto el abismo y le había devuelto la mirada hasta que el abismo parpadeó.
—No puede ser... —susurró Vivienne detrás de ella, su voz llena de un asombro que rayaba en el temor.
JiNian no miró a la multitud. No saludó a los antiguos compañeros que alguna vez se burlaron de sus botas sucias. Caminó con paso firme, ignorando los murmullos que se extendían como pólvora por la sala.
Él no estaba allí para una reunión de ex-alumnos. Estaba allí para reclamar algo.
Se detuvo en el centro del salón, a pocos metros de donde Zhi Zhi se encontraba. La distancia entre ellos, que una vez fue de clases sociales y prejuicios, ahora era de solo cinco pasos, pero se sentía como un precipicio de mil kilómetros de recuerdos no dichos y heridas abiertas.
JiNian finalmente giró la cabeza y sus ojos se clavaron en los de Zhi Zhi.
Ella esperaba ver odio. Esperaba ver indiferencia. O tal vez un rastro de la antigua pasión. Pero lo que encontró fue algo mucho más peligroso: una calma absoluta. El tipo de calma que precede al impacto de un rayo.
—Buenas noches a todos —dijo JiNian. Su voz era más profunda, con una vibración que resonó en el pecho de Zhi Zhi como un trueno lejano—. Gracias por venir. Veo que algunos de ustedes han prosperado. Otros... siguen siendo exactamente iguales.
Sus ojos volvieron a Zhi Zhi, bajando por su cuello hasta sus manos, que ella mantenía apretadas contra su costado para ocultar su temblor.
—Zhi Zhi —dijo él. Su nombre en sus labios sonó como una maldición y una oración al mismo tiempo—. Te dije que el negro te sentaría bien cuando fueras mujer. Me alegra ver que no te has olvidado de cómo usar una armadura.
Zhi Zhi dio un paso adelante, la rabia empezando a quemar el hielo de su parálisis emocional.
—¿Cómo te atreves? —susurró ella, con la voz cargada de siete años de veneno acumulado—. ¿Cómo te atreves a aparecer aquí así, después de lo que hiciste?
JiNian dio un paso hacia ella, ignorando los jadeos de la audiencia y la mirada asesina de Lin Feng. Se inclinó ligeramente, solo para que ella pudiera sentir el calor de su aliento contra su oreja, un calor que la quemó más que cualquier fuego.
—No he venido a pedir perdón, Princesa —susurró él, y por un segundo, la frialdad de su voz se quebró para revelar un dolor tan crudo que le cortó la respiración—. He venido a cobrar los intereses de la deuda que tu padre me obligó a contraer. Y la primera cuota... eres tú.
Zhi Zhi retrocedió, sus ojos llenos de una mezcla de terror y un deseo prohibido que pensó haber matado hace mucho tiempo. La cena apenas comenzaba, pero ella sabía que el mundo que había construido con tanto cuidado se estaba desmoronando bajo el peso de la mirada de acero del chico de barro que ahora era rey.
El silencio volvió a caer sobre el salón, pero esta vez era diferente. Era el silencio de una presa ante un cazador que ya no tiene miedo de mostrar los dientes. Siete inviernos habían pasado, pero en ese restaurante de lujo, el aire volvía a arder con la intensidad de mil rosas quemándose en una azotea olvidada.