En las frías calles de Ottawa, Alexandra Morozov es una fuerza de la naturaleza: una Alfa rusa, calculadora y letal, cuyo aroma a café amargo mantiene a todos a una distancia prudente. Ella no cree en el destino, solo en el control y en los negocios de su poderosa familia.
Pero todo cambia en una noche de nieve espesa, cuando la voz de una chica rompe su armadura de hielo. Rosalie, una joven canadiense de espíritu libre e hiperactiva, emana un aroma a miel y vainilla que despierta los instintos más posesivos de la Alfa. Rosalie no es una Omega común; es una Gama, una jerarquía tan rara como impredecible, y su naturaleza rebelde no está dispuesta a doblegarse ante nadie.
Alexandra ha decidido que Rosalie le pertenece, pero ¿podrá su amor tóxico y controlador atrapar a una chica que nació para ser libre? En este juego de poder, el café más amargo está a punto de mezclarse con la dulzura más peligrosa.
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capítulo 9 :
La tormenta parecía haber quedado atrás, reemplazada por el suave sonido de los cubiertos contra los platos. Alex y Rosalie desayunaban en una paz que se sentía casi irreal, un oasis de calma en medio de tanto caos. Sin embargo, el destino no estaba listo para darles tregua.
Un golpe seco y autoritario en la puerta rompió el encanto. Antes de que Rosalie pudiera levantarse, un aroma pesado y asfixiante se filtró por las rendijas: tabaco de la más alta calidad y cuero rancio. A Alex se le heló la sangre; conocía ese olor tan bien como su propio nombre. Era el perfume del poder y la crueldad.
Al abrir la puerta, una figura borrosa por el ímpetu entró a toda prisa, envolviendo a Alex en un abrazo posesivo.
—¡Mi amor! ¡Mi chiquistriquis! —exclamó la voz aguda, cargada de un acento ruso refinado—. Pensé que mantendrías la comunicación conmigo, pero desde que te fuiste de Rusia para hacer negocios aquí, me dejaste abandonada.
Era Anya Mishka. Una joven de una belleza impecable, con cabello rubio platino y ojos azules claros que brillaban con una falsa inocencia. Su aroma, una mezcla de flores frescas y leche de almendras, chocó violentamente con el ambiente del apartamento.
Detrás de ella, en el umbral, apareció el señor Morozov. Su sonrisa era gélida, una mueca ensayada para las cámaras.
—Hija, es de mala educación no saludar a la señorita Anya después de que tomó un vuelo solo para buscarte —dijo su padre con voz de trueno—. ¿Por qué no hablas con ella un momento afuera? Yo necesito hablar a solas con la señorita Rosalie.
Sin esperar respuesta, Morozov empujó suavemente a Alex fuera del apartamento, cerrando la puerta tras de ellos.
Dentro, el aire se volvió pesado. El padre de Alex se paseó por la pequeña estancia con una sonrisa engreída, mirando con desprecio las partituras sobre la mesa.
—Señorita Rosalie, asumo que mi hija ya le informó que estoy a punto de comprar este… club —dijo, arrastrando las palabras—. Si no es así, prefiero decírselo yo mismo.
Rosalie no bajó la mirada. Se mantuvo firme, con la barbilla en alto.
—Ya sé que lo ha comprado, señor Morozov. Y para serle honesta, no me preocupa en lo absoluto.
Morozov soltó una carcajada seca que no llegó a sus ojos. Se acercó a ella de golpe, invadiendo su espacio personal.
—Para ser una gama, no eres lo que esperaba. Parecías una chica débil, boba y confiada… me da risa. Pero no te confundas —su voz bajó a un susurro amenazante—. No creas que mi hija se fijará en alguien como tú. Ella ya tiene a alguien, y esa es Anya. Ve despidiéndote de ella, porque mañana mismo regresamos a Rusia.
Mientras tanto, en el pasillo, Alex trataba de procesar las palabras de Anya. La rubia no paraba de parlotear sobre su viaje, quejándose de lo mucho que la había extrañado y de lo poco que Alex se había preocupado por ella. Anya notó que la mirada de la heredera estaba clavada en la puerta del apartamento y la sujetó del brazo con fuerza.
—¡Amor! ¿Por qué no me prestas atención? —hizo un puchero infantil, pero sus ojos azules brillaron con sospecha—. Te estoy contando algo importante.
—Perdóname, Anya —Alex se soltó con cuidado pero con firmeza—. Ya vuelvo, necesito decirle algo final a Rosalie.
En ese momento, la puerta se abrió. El señor Morozov salió con aire triunfal y, tras él, apareció Rosalie. Sus ojos se encontraron con los de Alex por un breve segundo.
—¡Alex! —exclamó Rosalie, alzando la voz para que todos escucharan—. Recuerda que mañana debes venir temprano para firmar el contrato.
El padre de Alex y Anya se giraron al unísono. Alex, confundida, se acercó al oído de Rosalie y susurró:
—¿Cuál contrato?
—Sígueme la corriente —le devolvió Rosalie en un susurro apenas audible.
Alex se irguió, recuperando su máscara de frialdad Morozov frente a Anya.
—No te preocupes, Rosalie. Estaré aquí mañana para cerrar eso.
Anya soltó un bufido de impaciencia y volvió a jalar del brazo de Alex, arrastrándola hacia el ascensor. Alex se dejó llevar, pero antes de que las puertas se cerraran, le lanzó una última mirada a Rosalie; una mirada que decía más que cualquier contrato inventado.