Charlotte, doncella bastarda de la casa Elara. su destino está maldito por su hermana. la única manera de salvarse es casándose con el hombre más malvado del reino. Nathaniel Cyrus.
Las reencarnaciones tiene a sus favoritos y a sus mejores guerreros.
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Capitulo 8: Espejo.
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Charlotte permaneció acostada en la cama grande, sosteniendo entre los brazos la prenda que Nathaniel le había arrojado unos minutos antes con esa brusquedad que usaba para todo lo que en realidad le importaba. La tela era pesada, aún conserva un olor a limón y canela que no se parecía a los perfumes caros de los nobles, era único. Ella hundió la nariz sin vergüenza, respiró hondo y cerró los ojos, no por romanticismo sino porque su pecho por fin se sentía menos apretado y los mareos habían disminuido desde que la crisis pasó.
Le resultaba absurdo que algo tan simple funcionara mejor que todos los tónicos médicos que me bebía habían.
Se iba a incorporar cuando alguien tocó la puerta dos veces y entró sin esperar respuesta.
La sirvienta de la mañana, la misma que le había advertido que no provocara al duque, se quedó inmóvil en el umbral al verla sentada en la cama con la chaqueta pegada al rostro.
La mujer parpadeó varias veces.
—Disculpe, su gracia… yo venía a… —calló y miró la prenda—. ¿Está usted…?
Charlotte la observó con tranquilidad y bajó la tela despacio.
—¿Oliendo la ropa de mi esposo?
La sirvienta se puso roja.
—Yo no quise insinuar…
—Pues lo estoy haciendo —dijo Charlotte con tono serio, luego añadió con la voz más seca—. Pasé la noche con el duque, me gustó tanto que ahora no puedo separarme de sus cosas y me metí a su habitación para aspirar su aroma como una loca.
La sirvienta abrió la boca, cerró la boca, luego se llevó una mano al delantal.
—Ah…
Charlotte mantuvo la expresión impasible unos segundos y después sonrió apenas.
—Era broma.
La mujer soltó el aire de golpe y terminó riéndose con cuidado, esa risa educada que usan los sirvientes cuando no saben si pueden hacerlo de verdad.
—Me asustó, su gracia. Pensé que iba a regañarme por entrar.
—Si yo fuera de ese tipo, ya habrían despedido a medio personal por mirarme mal.
—Bueno… —la sirvienta carraspeó—. Sigue siendo la habitación del duque.
—También es la mía ahora. Soy su esposa. Eso incluye invadir su cama cuando pueda.
—Supongo que tiene razón. Vendré luego a limpiar. Solo quería cambiar las sábanas.
—Hágalo cuando guste. De todas maneras, ya me iba.
—Gracias, su gracia.
Charlotte ladeó la cabeza.
—Puedes llamarme Charlotte cuando estemos solas. Me cansa que me hablen como si fuera una clase de diosa.
La sirvienta dudó.
—No es correcto…
—No. Aunque tampoco soy una duquesa correcta.
La mujer asintió con complicidad.
—Está bien… Charlotte. Descanse. El duque regresa tarde casi siempre.
Cuando la sirvienta salió, Charlotte volvió a oler la tela una última vez y la dobló con cuidado. No quería que pareciera que la había usado como medicina improvisada.
Mientras tanto, lejos de la mansión, Nathaniel bajó del carruaje frente a una calle comercial discreta. Caminó sin escolta, con el abrigo abrochado hasta el cuello.
Entró en una tienda estrecha con ventanas cubiertas de polvo donde se vendían espejos, marcos y cristales traídos del extranjero.
El dueño levantó la vista.
—Bienvenido… —se quedó callado al reconocerlo—. Su excelencia.
Nathaniel fue directo al mostrador.
—Necesito un espejo grande. De cuerpo completo. Que no distorsione la imagen.
—Claro, claro. ¿Algún modelo en particular?
—Uno simple. Marco oscuro. Sin adornos.
—¿Para su despacho?
—Para mi casa. Envíelo esta noche.
El hombre asintió rápido.
—Se hará.
Nathaniel dejó el pago exacto y salió sin decir más. Mientras volvía al carruaje pensó en lo mismo que llevaba días rondándole la cabeza.
Desde que había despertado de niño en ese cuerpo, había aprendido mucho por el maltrato de su padre. A no confiar. A prepararse. Sabía cosas que otros no sabían, fechas, enfermedades, caídas de negocios, traiciones. Eso le había permitido sobrevivir y hacerse fuerte durante años. Pero había algo que no podía prever.
Charlotte.
Su forma de hablar, sus expresiones raras, la manera de cocinar, el modo en que lo miraba sin miedo. Nada encajaba con una joven criada para complacer. Y cuando habló de otra vida, las piezas encajaron perfectamente. Porque se parecía demasiado a él.
Al llegar a la mansión ya era de noche. Bajó del carruaje con la intención clara de ir a la biblioteca y revisar documentos pendientes, pero apenas cruzó el vestíbulo se detuvo.
Había un olor diferente.
No era el pan fino de los chefs ni la carne asada. Era dulce. Y ligeramente quemado. Frunció el ceño y giró hacia la cocina.
Las voces se oían desde el pasillo.
—Le dije que el fuego estaba muy alto.
—¡Lo bajé!
—Pues se quemó igual.
—Solo un poco, no exageren.
Había risas.
Nathaniel abrió la puerta.
Los cocineros estaban rodeando la mesa central y Charlotte, con las mangas arremangadas y harina en la mejilla, sostenía un molde negro por debajo.
—Mírenla —dijo uno—. Una duquesa haciendo desastre.
—Si el duque nos ve, nos mata. No dejaría que la señora estuviera aquí.
—Eso ya está muerto, mi señora.— dijo otro chef.
—No está muerto, está tostado.
—Está carbonizado.
Charlotte soltó una carcajada.
—En mi defensa, la receta decía veinte minutos. Aquí pasan diez y todo se quema. Sus hornos son violentos.
—Los hornos no tienen la culpa —dijo el chef principal—. Usted se quedó hablando.
—Porque me estaban contando chismes. ¿Sabían que hay un romance entre el jardinero y la jefa de sirvientas? Y que...
Nathaniel carraspeó. El silencio fue inmediato. Los cocineros se pusieron rígidos.
Charlotte giró la cabeza y al verlo parpadeó, luego levantó el molde como si fuera un trofeo.
—Buenas noches. Creo que incendié su cocina.
—No la incendió —dijo el chef rápido—. Solo fue un error menor, su excelencia.
Nathaniel miró el humo tenue, la mesa llena de masa y azúcar.
—¿Qué está haciendo?
Charlotte bajó el molde.
—Estaba aburrida. Quise hacer una torta.
—Los cocineros ya lo hacen.
—Sí, pero no esta.
—¿Qué tiene de especial?
—Por que la hice yo.
Nathaniel notó algo extraño. Nadie parecía incómodo con ella. No la evitaban. Se reían incluso. Como si fuera una más del grupo.
—¿Y sabe igual? —preguntó.
Charlotte observó el borde quemado y luego lo miró de frente.
— Si evita la parte quemada.
Hubo un silencio breve. Luego ella añadió con naturalidad.
—¿Quiere probar?
Los chefs casi se desmayan por el atrevimiento.
—¡Su excelencia no puede comer eso!
—Podría enfermarse.
—No sea imprudente.
Nathaniel extendió la mano tomando el desafío.
—Deme un trozo.
Charlotte cortó un pedazo pequeño. Quitó la corteza un tanto quemada.
Lo probó.
—No sabe tan mal. Incluso no se siente quemado. Podría quitarle tods la corteza y darle una cobertura de chocolate
Ella sonrió.
—Asi será.
Los cocineros se miraron, sorprendidos de que no hubiera gritos ni castigos. Al contrario, hubo sugerencia.
Nathaniel se limpió los dedos con un pañuelo.
— Charlotte. Ven conmigo.
—Sí.
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Viene otro maratón de 7 capítulos. por favor, apoyen está novela para más maratones. 🌞
buen Charlotte muestra tus💪