Amar es lindo, que te ame y elija vez tras vez la misma persona que amas, es inexplicable. Pero lamentablemente, en este mundo, hay demasiadas personas rotas, demasiadas personas tratando de curar sus heridas, demasiadas personas sin saber reconocer cuando son amadas y cuando solamente son un paso en la vida. Y muchas personas olvidan lo más importante, para amar a otros sin lastimar, primero debemos amarnos nosotros mismos
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CAPÍTULO 12 La verdad detrás de la traición
Ana Laura no habló durante las primeras dos horas del viaje.
No porque estuviera tranquila.
Todo lo contrario.
La rabia era tan intensa que sentía que cualquier palabra que saliera de su boca terminaría convertida en un grito.
Miraba por la ventana sin ver realmente el paisaje.
Montañas.
Bosques.
Carreteras vacías.
Todo pasaba frente a sus ojos como una mancha borrosa.
Solo había una imagen que permanecía clara.
Jared.
El hombre que había aparecido en la biblioteca cuando ella más necesitaba ayuda.
El hombre que había escuchado sus dudas.
Que había investigado junto a ella.
Que la había acompañado a conocer a Valentina.
Y que ahora la estaba secuestrando.
La ironía era tan cruel que casi dolía físicamente.
Finalmente no pudo soportarlo más.
—Te odio.
La voz rompió el silencio dentro del vehículo.
Jared mantuvo la vista fija en la carretera.
Pero sus manos se tensaron sobre el volante.
—Lo sé.
Ana soltó una risa amarga.
—No. No lo sabes.
Él guardó silencio.
—Confié en ti.
—Lo sé.
—Deja de repetir eso.
—Porque es verdad.
Ana se giró bruscamente hacia él.
—¿Verdad? ¿Quieres hablar de verdad?
Jared apretó la mandíbula.
—Ana...
—¿Desde cuándo?
Él no respondió.
—¿Desde cuándo me mentías?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Jared exhaló lentamente.
Y por primera vez desde que comenzó el viaje, respondió.
—Desde el principio.
Las palabras golpearon a Ana como una bofetada.
Por un momento sintió que le faltaba el aire.
Porque aunque ya lo sospechaba...
Escucharlo era diferente.
Mucho peor.
—¿Qué?
—Cuando te encontré en la biblioteca.
Ana sintió un nudo doloroso en la garganta.
—No fue casualidad.
—No.
—Ya me estabas observando.
—Sí.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
No por debilidad.
Por rabia.
Por humillación.
—Todo fue mentira.
Jared cerró brevemente los ojos.
—No todo.
—¡No te atrevas!
Su grito llenó el vehículo.
—No te atrevas a decirme eso.
Jared volvió a mirar la carretera.
—Tienes derecho a odiarme.
—Eso es exactamente lo que hago.
El silencio regresó.
Pero esta vez era distinto.
Más pesado.
Más doloroso.
Porque estaba lleno de verdades.
Cuando finalmente llegaron a una vieja cabaña escondida entre montañas, ya comenzaba a oscurecer.
El lugar estaba aislado.
Demasiado aislado.
Bosques por todas partes.
Ninguna casa cercana.
Ninguna señal de civilización.
Ana bajó del vehículo.
Observó el paisaje.
Y sintió un escalofrío.
—¿Dónde estamos?
—Seguros.
—No me interesa estar segura.
Jared abrió la puerta de la cabaña.
—Lo sé.
Ana lo siguió únicamente porque no tenía otra opción.
El interior era sencillo pero cómodo.
Una sala pequeña.
Una cocina.
Dos habitaciones.
Todo perfectamente organizado.
Como si alguien utilizara aquel lugar regularmente.
Aquello hizo que una nueva sospecha naciera en su mente.
—Ya habías planeado esto.
Jared no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
—Dios mío...
Ana comenzó a retroceder.
—Ya lo habías planeado.
—Ana...
—¡Ya habías planeado secuestrarme!
La furia estalló.
Tomó el primer objeto que encontró sobre una mesa y se lo lanzó.
Jared apenas logró esquivarlo.
El florero se hizo añicos contra la pared.
—¡Mírame!
Él levantó la vista.
Y encontró lágrimas en los ojos de Ana.
Lágrimas que le dolieron más de lo que deberían.
—¿Qué era yo para ti?
La pregunta lo dejó inmóvil.
Porque tenía demasiadas respuestas.
Y ninguna era sencilla.
—Al principio...
Ana soltó una carcajada amarga.
—Claro.
Al principio.
—Déjame terminar.
—No.
—Ana.
—No quiero escucharte.
Jared pasó una mano por su rostro.
Cansado.
Agotado.
Porque había sabido desde el inicio que este momento llegaría.
Y que sería horrible.
—Yo me acerqué a ti por una razón.
Ana lo observó con frialdad.
—Finalmente.
—Buscaba información.
—¿Sobre mí?
—Sobre los Montenegro.
El corazón de Ana dio un vuelco.
—¿Por qué?
Jared permaneció unos segundos en silencio.
Luego habló.
—Porque destruyeron a mi familia.
La joven frunció el ceño.
—¿Qué?
—Hace veintidós años desapareció alguien.
Ana sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Quién?
La mirada de Jared se endureció.
Llena de dolor.
De resentimiento.
De años acumulados.
—Mi tío.
El silencio cayó entre ambos.
—¿Tu tío?
—Era el mejor hombre que he conocido.
Ana observó la emoción en sus ojos.
Y comprendió que aquello era real.
Profundamente real.
—¿Qué le ocurrió?
Jared soltó una risa amarga.
—Eso llevo años intentando descubrirlo.
—¿Y qué tienen que ver los Montenegro?
—Todo.
Ana sintió un escalofrío.
—Explícate.
Jared caminó hasta la ventana.
Permaneció unos segundos observando la oscuridad exterior.
Y luego habló.
—Mi tío trabajaba para ellos.
—¿Para Horacio?
—Sí.
—¿Y después?
—Desapareció.
Ana tragó saliva.
—¿Sin más?
—Sin más.
—¿La policía?
Jared sonrió con ironía.
—¿La policía contra Horacio Montenegro?
Aquello era una respuesta en sí misma.
—Nadie investigó.
—No.
—¿Y tú crees que ellos tuvieron algo que ver?
Jared se giró hacia ella.
—No lo creo.
Pausa.
—Lo sé.
La intensidad de aquellas palabras hizo que Ana sintiera un escalofrío.
—Entonces me utilizaste.
Jared cerró los ojos.
—Sí.
La sinceridad fue brutal.
Sin adornos.
Sin excusas.
—Sabía quién eras antes de acercarme a ti.
Ana sintió que el corazón se rompía un poco más.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de la biblioteca.
—¿Me estabas vigilando?
—Sí.
Las lágrimas regresaron.
Y esta vez no pudo contenerlas.
—Dios mío...
Se sentó lentamente en una silla.
Porque sentía que las piernas ya no podían sostenerla.
Todo.
Absolutamente todo.
Había sido una mentira.
O al menos eso creía.
Hasta que Jared volvió a hablar.
—Pero algo salió mal.
Ana levantó la mirada.
—¿Qué?
La respuesta llegó apenas en un susurro.
—Tú.
Silencio.
—¿Qué significa eso?
Jared la observó.
Y por primera vez desde que lo conocía, parecía vulnerable.
Realmente vulnerable.
—Significa que nunca pensé que me importaras.
El corazón de Ana se aceleró.
Pero la rabia seguía siendo más fuerte.
—No me importa.
—Lo sé.
—No me importa lo que sientas.
—Lo sé.
—Porque me usaste.
Jared bajó la mirada.
—Sí.
Ana sintió que las lágrimas seguían cayendo.
—¿Y ahora qué?
—Ahora intentamos sobrevivir.
—¿Nosotros?
—Sí.
Ana se puso de pie de golpe.
—No existe un nosotros.
Aquellas palabras dolieron.
Y ambos lo supieron.
—No existe.
Jared asintió lentamente.
—Entiendo.
—No. No entiendes nada.
Ella lo señaló con el dedo.
—Me mentiste.
—Sí.
—Manipulaste mi confianza.
—Sí.
—Me convertiste en una herramienta para tu venganza.
Jared cerró los ojos.
—Sí.
Ana respiró agitadamente.
—Entonces no vuelvas a hablarme como si fueras mi aliado.
El silencio llenó la habitación.
Largo.
Doloroso.
Hasta que Jared habló por última vez.
—Quizás tengas razón.
Ana lo observó.
—Quizás.
Pausa.
—Pero si hubiera querido usarte solamente...
Levantó la mirada.
—Te habría dejado en la ciudad.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Porque ambos sabían exactamente lo que significaban.
Ramiro.
Emilio.
Los hombres que habían intentado capturarla.
La amenaza seguía existiendo.
Y aunque Ana quería odiarlo...
Había una verdad imposible de ignorar.
Jared había tenido la oportunidad de abandonarla.
Y no lo había hecho.
Lo que ella no sabía era que Jared estaba librando una batalla mucho más difícil.
Porque la venganza que había alimentado durante años comenzaba a perder fuerza.
Y algo mucho más peligroso estaba ocupando su lugar.
Un sentimiento que jamás había planeado sentir.
Un sentimiento que podía destruir todos sus planes.
Y que llevaba el nombre de Ana Laura.