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Las Veredas Del Alma

Las Veredas Del Alma

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Romance / Amor eterno
Popularitas:185
Nilai: 5
nombre de autor: marig

Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.

NovelToon tiene autorización de marig para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: El secreto de Benjamín y la red de la mentira

Transcurrió un mes entero desde el accidente cuando Benjamín y su padre pusieron los pies en la terminal de ómnibus de aquel pueblo del interior. El cirujano se había dirigido a las oficinas comerciales de la empresa de transportes para realizar unos complejos trámites de traslado médico, ya que la familia estaba en las vísperas de mudarse de forma definitiva e irreversible a los Estados Unidos, donde el doctor asumiría formalmente la dirección general de un importante complejo hospitalario en la costa este. Benjamín se quedó esperando de pie en la vereda, observando el movimiento de la gente, y fue justo en ese instante cuando sus ojos se toparon con la verdad.

Pegado sobre el vidrio texturado y sucio de la boletería número tres, visiblemente desgastado por la acción del sol y el polvo, se encontraba uno de los tantos carteles con el rostro de la chica que él cuidaba devotamente todos los días en la habitación de la clínica.

Benjamín se acercó despacio y leyó los nombres impresos con tinta negra: Camila. Desvió la mirada hacia el número de contacto de ese tal Bruno, quien se anunciaba en el papel como el novio desesperado que no paraba de buscarla por toda la provincia. En ese momento, un frío helado y cortante le recorrió el espinazo al muchacho, pero no sintió miedo ni culpa; sintió un egoísmo posesivo y ciego. Durante todo ese mes en el que Camila había permanecido en estado de coma, Benjamín no se había separado de su camilla ni una sola tarde. Le había limpiado las heridas con gasas, le había hablado en susurros en la penumbra del cuarto de hospital y se había enamorado perdidamente de su absoluta vulnerabilidad, de esa chica sin pasado ni nombre que el destino le había puesto en el camino de la montaña. No quería que nadie se la sacara de las manos. No iba a permitir bajo ningún concepto que ese chico de barrio apareciera para devolverla a una vida mundana donde él ya no tendría ningún papel que jugar.

Con un movimiento rápido, disimulado y preciso, Benjamín estiró el brazo, arrancó el cartel de papel del vidrio, lo hizo un bollo apretado con el puño y lo metió en el bolsillo profundo de su campera de abrigo. En ese segundo tomó la decisión de callar para siempre. Le ocultó la existencia de los carteles de búsqueda tanto a su padre como a la propia Camila, quien milagrosamente despertó del coma dos días después de ese episodio.

Cuando Camila abrió lentamente los ojos, la realidad se le presentó como una inmensa pared blanca y vacía. Miró con desconcierto el techo de la clínica, los aparatos médicos y luego detuvo la vista en el rostro del chico desconocido que le sostenía firmemente la mano derecha.

—¿Quién... quién soy yo? ¿Dónde estoy? —alcanzó a murmurar con una voz sumamente débil, casi inaudible.

La caída le había provocado una amnesia lacunar severa. No recordaba su propio nombre, ni los senderos de la barda, ni los ojos verdes de Bruno, ni los domingos en la plaza con su familia. Nada de nada. Su mente se había transformado en un lienzo completamente borrado por el trauma.

—Tranquila, no te esfuerces. Tuviste un accidente en la montaña muy grave, pero ya estás a salvo de todo peligro —le dijo Benjamín, forzando una sonrisa ensayada y mirándola fijamente a los ojos, que eran la única facción de su cara que quedaba visible detrás de las densas capas de vendas médicas—. Estás acá conmigo, yo te voy a cuidar.

Aprovechando la mudanza internacional inminente y el descomunal poder económico y de influencias que poseía su apellido, Benjamín empezó a tejer de inmediato su red de manipulación silenciosa. Habló con su padre esa misma noche, a solas en la confitería del hotel del pueblo, midiendo cada una de sus palabras:

—Papá, la chica despertó pero no recuerda absolutamente nada de su vida anterior. Los médicos del hospital revisaron minuciosamente las denuncias locales de la zona y ninguna persona con sus características físicas actuales figura como desaparecida en los registros —mintió Benjamín con una frialdad asombrosa, sabiendo perfectamente que las cirugías reconstructivas iniciales le habían modificado tanto los rasgos del rostro que nadie en su sano juicio la asociaría con la fotografía del cartel—. No tiene a nadie en el mundo, papá. Si la dejamos sola en este hospital de provincia, va a terminar en un reformatorio estatal o directamente en la calle. Llevémosla con nosotros a Estados Unidos. En tus clínicas de allá podés terminar de reconstruirle la cara con los mejores especialistas y nosotros podemos darle una vida de verdad. La adoptamos legalmente.

El médico cirujano, observando la inusual obsesión de su hijo y disponiendo de los recursos financieros suficientes para falsificar papeles de traslado médico humanitario de urgencia, terminó cediendo ante la petición. Para el veterano médico, el caso de la chica representaba un fascinante desafío de reconstrucción clínica; para Benjamín, era la oportunidad perfecta de moldear, desde el absoluto anonimato, a la mujer de su vida. Una semana más tarde, mientras Bruno lloraba de impotencia en el filo del Pico del Diablo creyendo que su novia estaba enterrada para siempre bajo toneladas de piedra arcillosa, un avión privado de la empresa médica despegaba con destino a Miami. En su interior viajaba Camila, ahora rebautizada legalmente como Amelia, con el rostro cubierto de gasas y la mente en blanco, directo hacia una nueva vida de opulencia, gratitud forzada y una mentira monumental que tardaría cuatro años en estallarles en la cara.

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