Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Las cláusulas de la propiedad
El interior de la camioneta blindada era una caja de seguridad de cuero negro y absoluto aislamiento. El rumor del tráfico de la ciudad quedaba reducido a un zumbido imperceptible tras los cristales gruesos y ahumados. Isabel permanecía sentada junto a la ventanilla, con la espalda rígida y la mirada perdida en las calles que desfilaban a toda velocidad, negándose a girar la cabeza hacia el hombre que compartía el asiento trasero con ella. El ambiente dentro del vehículo era sofocante, cargado de una hostilidad silenciosa que parecía consumir el oxígeno.
Gael Sotomayor rompió la calma con una calma calculadora. Mantenía una tablet sobre sus piernas regazadas, pero sus ojos oscuros no leían los gráficos de la pantalla; estaban fijos en el perfil aristocrático de su ahora esposa.
Con un movimiento pausado, bloqueó el dispositivo y lo dejó a un lado.
—Estuvo muy emotiva tu despedida con el abogado —soltó Gael. Su voz, grave y aterciopelada, arrastraba un matiz de ironía que cortó el aire como un bisturí.
Isabel no se movió. Sostuvo la mirada hacia el exterior por unos segundos más, apretando los puños sobre su regazo hasta que los nudillos se le tiñeron de blanco, antes de girarse lentamente para encararlo.
—Felipe es el abogado de mi familia y el único amigo leal que nos queda —respondió ella, sosteniéndole la mirada color miel con un orgullo que se negaba a doblegar—. No tengo por qué darte explicaciones sobre mis afectos, Sotomayor.
Gael soltó una risa seca, una mueca carente de calidez que ensombreció aún más sus facciones. Se inclinó levemente hacia ella, invadiendo su espacio personal con la confianza de quien se sabe dueño absoluto de la situación.
—Te equivocas, Isabel. A partir de hoy, me debes explicaciones de cada respiro que des —le espetó, con un siseo letal—. No me interesa el drama sentimental de los Villarreal, pero sí me interesa lo que por derecho me pertenece. Firmaste un contrato civil y legalizamos un matrimonio ante la ley. Mi apellido está ahora ligado al tuyo, y con él, mi reputación.
Isabel levantó el mentón, desafiante, a pesar de que la cercanía del magnate aceleraba el ritmo de su pulso.
—Cumplí mi parte. Firmé el acta y estoy aquí, metida en este auto contigo rumbo a tu casa. ¿Qué más quieres de mí? —respondió con amargura.
—Quiero que entiendas muy bien las reglas de este juego para que no cometas un error fatal —sentenció Gael, fijando sus ojos negros en ella con una intensidad que prometía tormenta—. Va el primer y único ultimátum que vas a recibir de mi parte, señora Sotomayor: exige que respetes nuestro contrato al pie de la letra. Ante el mundo, ante los medios de comunicación y ante la alta sociedad que devorará cada uno de nuestros pasos, vas a actuar como la esposa ejemplar de Gael Sotomayor.
Gael extendió una mano y, con una lentitud exasperante, tomó la barbilla de Isabel, obligándola a sostener el peso de su mirada implacable. Su agarre era firme, una caricia de hierro que congeló la sangre de la joven.
—Que no se te ocurra dejarme en ridículo con una traición —advirtió, bajando la voz a un susurro peligroso—. Sé perfectamente cómo te miraba ese abogado en el pasillo de la clínica y sé el tipo de consuelo que buscabas en él. Pero te lo advierto: un solo desliz, una sola mirada equívoca fuera de lugar que manche mi nombre o ponga en duda tu fidelidad, y reactivaré todas y cada una de las órdenes de arresto contra tu padre en menos de lo que te toma pestañear. Destruiré la constructora de forma definitiva y verás a Leonardo Villarreal pasar sus últimos días tras las rejas de una prisión común.
Isabel sintió un nudo asfixiante en la garganta. La amenaza era directa, brutal y completamente real. El poder de Gael no conocía límites y ella era la única barrera que protegía a su convaleciente padre de la ruina absoluta. Con un movimiento brusco, apartó el rostro de su agarre, manteniendo los ojos encendidos en una furia silenciosa.
—Eres un monstruo despiadado —escupió Isabel entre dientes.
—Soy un hombre de negocios que protege sus inversiones, Isabel —retrucó Gael, recostándose de nuevo en su asiento con una sonrisa gélida y triunfante mientras la camioneta frenaba ante los enormes portones de hierro de la mansión Sotomayor—. Bienvenida a tu nuevo hogar. Espero que aprendas a seguir las reglas muy rápido.
Isabel miro la imponente mansión frente a ella, se sintió pequeña ante la majestuosidad que ahora la rodeaba. A pesar de haber crecido con lujos y despilfarros por parte de Samanta y francisca, Isabel siempre se caracterizó por ser discreta y humilde y este cambio tan radical la tenía abrumada.